Habitualmente
utilizo este blog para opinar, para sacar lo que llevo dentro, para compartir con
todos vosotros inquietudes, sensaciones y alguna que otra certeza. Estas líneas
van a ser una excepción. Mi deseo es que no estén sazonadas con ninguna dosis
de opinión, o al menos que los hechos (carne) se impongan a las opiniones
(salsa). Quizás hoy recurro a mi blog para explicar el “caso Mirotic” sólo
porque el lugar en el que trabajo ya ni siquiera acoge espacios de deportes en
los que poder compartir este tipo de historias.
Mirotic ha rechazado la
invitación para estar con España en el Europeo de Eslovenia. Su decisión estaba
tomada desde hace algún tiempo. La realidad es que él se siente “traicionado”,
o si queremos rechazar un adjetivo tan severo, considera que es un “segundo
plato”. Quienes conocen a “Muñequita de seda” saben que es un deportista
comprometido con su profesión y, sobre todo, un tipo comprometido con sus
valores. Una frase que puede sonar hueca hasta que se traduce en decenas de
ejemplos cotidianos. Mirotic anhela ser el mejor, llegar a lo más alto, y para
eso se va en verano a las montañas de Montenegro para aislarse y “matarse” a
entrenar con su técnico de toda la vida. O le pide al utillero del Real Madrid
las llaves del pabellón del Valle de las Cañas después del primer partido de la
final ACB para, con nocturnidad, lanzar a canasta durante dos horas. O se
mantiene fiel a los amigos que le han ayudado en España desde que era un
imberbe. Tiene compromiso con el baloncesto y con la vida, eso es innegociable.
Pero Mirotic, como buen
balcánico, es muy orgulloso. Mucho. El orgullo lleva al ser humano a
equivocarse muchas veces, pero también a abrazar la etiqueta de ganador para
intentar siempre llegar a la cima de la montaña más alta. El
montenegrino-español sueña despierto cada día con ser el número 1, con seguir
mejorando, con alcanzar el tope de su potencial, que muchos no sabemos cuán
lejos puede estar. ¿Es eso ser un ganador? Yo creo que sí. Su principal reto no
es defender la camiseta de un país en un gran evento, sino triunfar a lo grande
con un club al que ama con pasión de aficionado, el Real Madrid.
Él estaba preparado e ilusionado con participar con España en los Juegos Olímpicos de Londres. Absorbió la seguridad que le transmitió durante meses la Federación de que contaban con él para esa cita. Tenía decidido elegir la camiseta de la Selección Española, cerrar el debate, arrancar su camino como internacional en el verano de 2012. Pero la irrupción de Ibaka y, sobre todo, la imposibilidad de contar con ambos por mor de las leyes, propició el descarte del jugador del Real Madrid. Aquí aparece el orgullo… y la rabia. No quiere ser “segundo plato”, no le agrada que “este año sí porque Ibaka anda tocado y el año que viene en el Mundial 2014, no”, no soporta ser tenido en cuenta sólo cuando las bajas asolan al combinado nacional. Orgullo. Convicciones. Decisiones. Ni siquiera es una cuestión de elegir entre España y Montenegro, una escuadra que, por cierto, muchas veces es tratada como una ruina y para mí es (y será) un equipazo, sobre todo por dentro. Mirotic tenía (y tiene) clara su renuncia al equipo balcánico porque su deseo, más allá de patrias e himnos, era (y creo que sigue siendo) competir con España. Su dedicación en las inferiores siempre ha sido máxima, incluso arriesgando su tobillo en algún campeonato en contra de la opinión de su club. Pero tiene el sentimiento de que la Federación no ha apostado por él, que no ha sido fiel con los mensajes que durante meses le transmitieron. Esa es la clave, el núcleo de una decisión muy trascendente.
Estas son las razones de Mirotic. Más allá de opiniones, iniciativas populares de hinchas en las redes sociales, filias y fobias, filtraciones y presiones, que las ha habido y muchas durante los últimos días, incluso de despacho top federativo a despacho top de club. Nikola Mirotic está por encima de eso. Volvemos al orgullo. Su decisión estaba tomada y nadie la iba a cambiar. Por eso le ha dicho “no” a la Federación Española de Baloncesto.
