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miércoles, 8 de mayo de 2019

ROCK'N ROLL


Siempre que veo a Jurgen Klopp pienso lo mismo: que es un tío con el que me gustaría irme de cañas. Los que lo conocen insisten en que en su vida privada es tal y como se muestra en su puesta en escena pública. De él me gusta todo: que vista en chandal y con el chubasquero del equipo. Que luzca una barba descuidada. Cómo exhibe el puño cuando celebra un gol. Esa sonrisa burlona cuando está en desacuerdo con una decisión arbitral. Y ese abrazo efusivo con sus soldados tras una gran función.


El carisma no se alquila ni se adquiere por Amazon. Se tiene o no se tiene. Y este entrenador alemán derrocha carisma por arrobas. Conecta tan bien con el público que podría vender desde un crecepelo hasta una colonia pasando por un seguro de vida o un viaje en globo. Le basta una sonrisa para camelarse al receptor más congelado del planeta. Como decíamos cuando éramos muchachos (supongo que ahora sonará a prehistoria) Jurgen mola mazo.

Bien, todo esto esta muy bien. De cine. Pero lo más importante es que Klopp es un pedazo de entrenador como la copa de un pino. Nacido en Stuttgart, desarrolló su carrera como futbolista en el Mainz (nuestro Maguncia). Manager de proyectos largos, estuvo ocho temporadas allí como entrenador, luego viajó a Dortmund para recorrer de amarillo otros ocho kilómetros y ahora contagia pasión red desde el año 2015. Su palmarés exhibe dos Bundesligas, una Copa alemana y dos Supercopas germanas. Algunos lo tildan de perdedor, algo que resulta hilarante. ¿Perdedor? Jajaja.


El jefazo teutón acaba de meter a su equipo en la tercera final de Champions. Súmenle otra de Europa League. Aún no ha ganado ninguna. ¿Y? Siempre ha mejorado a sus equipos, siempre ha dejado en la cuneta a enemigos mejores. Y lo más importante: siempre ha impregnado a sus escuadras de un estilo propio. Estilo que se podría desarrollar en varios artículos, pero que a mi juicio se resume en una palabra que en la vida siempre suma. Valentía. Ir, ir e ir. Y volver a ir. E ir otra vez. Y otra. Y otra más. Siempre. "Klopo" es una bendición para el fútbol.

Circula por Internet un vídeo en el que Jurgen entra en un pub y, pinta de cerveza en mano, termina cantando canciones del Liverpool junto a los hinchas reds. Transmite una naturalidad poco habitual en el fútbol profesional. Puro rock’n roll. Agitar la guitarra eléctrica mientras el flequillo enloquece. Aporrear la batería mientras tu gente corea con emoción el estribillo más hermoso del mundo. Interiorizar y exteriorizar la pasión de un hincha. Vivir como un scouser más. Comprometerse. En el fútbol, en la política y en la vida. Klopp es un crack. Me da igual que pierda la Premier por un soplido, con una sola derrota y sumando 97 puntos. Le espera el Metropolitano. Y si no levanta la copa, irá a por la siguiente. Siempre abrazado al rock’n roll.

jueves, 2 de mayo de 2019

Y SI...


El descenso a Segunda está prácticamente consumado. La salvación se ubica a seis puntos, con otro equipo entre medias que saca cuatro, y otro por detrás echando el aliento en el cogote. Quedan solamente tres partidos, dos de ellos fuera de casa, donde el equipo no gana un partido desde el mes de enero. Hinchas y periodistas sacaron la calculadora el pasado fin de semana para ver qué cuentas descendían matemáticamente a la franja roja con aún tres fechas por delante. Y encima el Girona le gana al Sevilla. Y con Raúl de Tomás fuera dos partidos seguidos. Y con Javi Guerra, casi rescindido en el último minuto del último día de mercado, como único delantero disponible en la convocatoria.

Y va el Rayo y le gana al Madrid. Dos décadas después, en el momento más agónico de los últimos tiempos. Con dos pelotas… de fútbol. Venga, a comprar pilas, que la calculadora echa humo. O mejor, a comprar otra nueva, que esta ya está delirando después de tanto trajín. Juro por los dioses del balompié que el domingo a última hora Vallekanfield volvió a entrar en ebullición. No es que la gente piense que el Rayo se vaya a salvar, sino simplemente está orgullosa de reconocer a su equipo, ese que se deja todo lo que tiene al margen del resultado final. Veladas como la del otro día atestiguan que la afición del Rayo es muy fácil. Un imperceptible guiño de ojo les sirve para convertirlo en la conexión más profunda del mundo. Son un tesoro. Y la presidencia los está perdiendo.



Bueno, regresemos al planeta Tierra. Es rematadamente imposible que el Rayo se salve. Un amigo muy pirao dice que bajará el sábado en Orriols con un gol de Coke Andújar en el minuto 96. El destino es así de cabrón. Incluso la ciencia ficción de sumar los últimos 12 puntos de la Liga de una tacada no garantizaría la anhelada salvación. El Levante también se la juega y va a reventar su campo, con 353 irreductibles vallecanos que cogerán la A3 con la certeza de que cuando acabe la excursión solo existirán dos escenarios posibles: o la ilusión o el funeral. Creo que no hay nada más duro para un hincha que asistir al descenso de su equipo.

Nada, es cuestión de tiempo. Pero y si… Que no, que son castillos en el aire. Ya, pero quizás… ¡Mira la clasificación, demonios! La he mirado muchas veces, demasiadas. Tienes razón. Pero como por algún acontecimiento paranormal, milagroso e imposible el Rayo se quede este año en Primera División, lo del día del Tamudazo quedará en anécdota. Vallecas implosiona.

Posdata. A veces uno tiene que hacer cuatro triples mortales y siete tirabuzones para estar donde desea. Busca combinaciones imposibles y complicidades especiales para al menos saborear una pequeña dosis del Rayito ligado a su profesión. Hay días que uno siente y sabe que tiene que estar. Sí, estaremos el sábado en el Ciudad de Valencia.

miércoles, 4 de octubre de 2017

BANDERAS, PERSONAS Y RELATOS


Desgraciadamente para la tranquilidad de los seres humanos, hoy en día los grupos de whatsapp son un termómetro, no sé si demasiado fiable, para al menos escenificar lo cotidiano. Durante las últimas horas he recibido muchos mensajes en esos chats en los que a veces uno ya ni sabe quién o quiénes están. De esos mensajes, dos han llamado poderosamente mi atención. Uno defendía la necesidad de volver al franquismo, que "además según cuentan no se vivía tan mal". Otro dejaba claro, sin matiz alguno, que todos los policías nacionales son unos hijos de puta.

Posiblemente estos pensamientos sean minoría en España. Pero existen. Y votan, por supuesto. Y su voto vale lo mismo que el tuyo o el mío. Como existen personajes como Rafael Hernando o Gabriel Rufián, políticos que no saben orar sin provocar y que jamás abandonan su polo, situado siempre en el extremo. Como existen en 2017 niñatos menores de edad, acompañados de adultos, que cantan el "Cara el sol" con la mano derecha alzada en plena vía pública. Como existen padres que son capaces de llevar a su nene a hombros en medio de una batalla, quizá porque piensen que el independentismo merece que un niño haga de escudo.




En esta vida el relato de los hechos siempre puede ser tartufo. Impostor en el sentido de elegir solo las piezas que encajan en el puzzle que nosotros queremos ver, o vender, o sentir, o defender. Una manipulación que se ha agudizado con las redes sociales, ideales también para la veneración de la mentira y la propaganda. Estoy cansado de ver tuits y retuits unidireccionales durante estos días. Personas sin un solo gris que obvian lo que no les interesa y exageran lo que casa con sus ideas. Es acojonante la seguridad que desprenden estos seres humanos. Da miedo que tengan todo tan claro, que no duden, que no puedan cambiar de opinión. Muy parecidos a esos políticos que imponen su "no se vota ni se votará por mis cojones" o amenazan con un "ojo al que no entre en esta batalla contra el Estado español porque Roma no paga traidores".

Yo me siento español. Y elijo el camino que considero más adecuado para canalizar ese sentimiento, que por cierto no tiene por qué ser el mismo que hace 20 años. Pero por delante de cualquier bandera están las personas, algo que creo me ha ayudado a entender el privilegio de haber viajado a muchos lugares diferentes del planeta. Quién coño soy yo para rebatir a un catalán que no se sienta español. Y quién coño soy yo para intimidar a un catalán que luzca con orgullo una enseña nacional. Que un sector de las fuerzas de seguridad se haya excedido hasta el punto de arrastrar por el suelo a gente indefensa no es motivo para escupir insultos contra un colectivo, entre otras cosas porque ahí dentro habrá gente que este jodida con lo que sucedió el pasado domingo. Que un hotel de Calella eche a la Guardia Civil o un grupo de delincuentes lance vallas contra una lechera no significa que los ciudadanos de Cataluña sean violentos.

Hoy mismo ha habido peleas en las calles de Barcelona entre, disculpad por la simpleza de los términos, indepedentistas y nacionalistas españoles. ¿Quién ha tenido la culpa? Depende de si preguntas a un miembro de la CUP o a la vicepresidenta del Gobierno. Depende de lo que tengas metido en tus grupos de whatsapp. Depende más de lo que uno quiera ver o defender que de la misma realidad, como casi todo en esta vida repleta de extremismos y de colores oscuros.




Hay que dialogar. Hay que hacer política. Hay que hablar con la gente. Hay que leer. Hay que preguntar. No obviemos que en Cataluña existe un sentimiento de pertenencia excepcional y tampoco que los cambios hay que canalizarlos en el Parlamento y a través de las leyes. No todo lo legal es lícito, ni todo lo lícito legal, pero no puede haber barra libre para defender las ideas o los deseos de cada uno. Los fanatismos, aquí, allí y más allá, son lo más peligroso del mundo. Dan miedo, provocan terror, sacan lo peor de los seres humanos. Abrazarse al conflicto es lo más fácil. Conducen al delirio, como convertir a Arnaldo Otegi en un hombre de paz que se hace fotos con cientos de ciudadanos como si fuera una estrella de rock.

Queridos lectores. Perdonad mi atrevimiento de escribir sobre este asunto que, como a muchos de vosotros, me duele. Y no olvidéis la enorme cantidad de políticos infames e interesados que viven de esta mierda que, por cierto, en muchos casos les permite esconder hechos mucho más graves debajo de la alfombra de la corrupción. En Cataluña y en España. Respetemos a los que no piensan como nosotros. No acosemos al que piensa diferente. No impongamos. Hablemos. Dialoguemos. Rebajemos el tono. Y sobre todo, tratemos de detener y combatir esta fractura social que es nociva hasta consecuencias incalculables.









viernes, 3 de febrero de 2017

ZOZULYA Y LA AFICIÓN DEL RAYO VALLECANO


    Yo no sé si Zozulya es nazi. No conozco qué sentimientos tiene cuando ve un documental de Hitler o charla con sus amigos sobre blancos, negros, judíos o rusos. Lo que sí sé es que Zozulya, consciente y públicamente, se ha posicionado a favor de colectivos que exhiben simbología nazi, como son el batallón Azov o el grupo ultra del Dnipro, White Boys, formaciones con líderes claramente embarcados en la extrema derecha. Esto son evidencias, ahí están las fotografías para documentar esta realidad. Es una evidencia, sin más.
     Como también es evidente que Ucrania está en guerra y que muy poca gente en España conoce el verdadero contexto de un conflicto que alimenta irremisiblemente el ultranacionalismo. Para muchos civiles ucranianos los soldados son héroes porque consideran que evitan la invasión rusa. Quizá por eso numerosas celebridades ucranias, entre ellos Zozulya, activan rifas y ayudas para combatientes heridos o familias de caídos en combate. Queramos entenderlo o no, en un país en guerra una foto posando con un arma embutido en una casaca militar no tiene la misma connotación que en España.



    El que escribe y la inmensa mayoría de los que estáis leyendo este texto no hemos vivido una guerra. Es muy enriquecedor hablar con personas que están en Ucrania y que te ofrecen una visión más profunda de lo que ocurre allí. Como bien enseña la Historia, la propaganda también es un fusil dañino porque dispara falsedades, estigmas y clichés que acaban convirtiéndose en apellidos. Insisto: no sé si Zozulya es neonazi, pero sí que se ha abrazado públicamente a grupos que escenifican abiertamente esa simbología.
    Los asuntos trascendentes retratan al periodismo actual. El asqueroso amarillismo, el obsesivo click, la compulsiva búsqueda de mierda banal y los vídeos con más música de suspense que información veraz se adueñan de una historia que en lo puramente periodístico resulta fascinante. Sobre el asunto Zozulya se leen, escuchan y ven auténticos disparates. Es curioso cómo los contertulios hablan de nazis, rayistas y futbolistas como hablarían de expulsiones, derbis y árbitros. Gente que no se ha arrimado a Vallecas ni para tomar un café, exige con su tono y talante que lo que sale por su boca sea considerado palabra de Dios. Se falta a la verdad sin rubor y se miente sin sonrojo. Y creedme que no es lo mismo una cosa que la otra.



      La inmensa mayoría de los hinchas del Rayo Vallecano no desean que Zozulya vista la franja. Y la inmensa mayoría de los hinchas del Rayo Vallecano lo ha expresado con argumentos y con respeto. Y muchos de ellos, a los cuales tengo el enorme privilegio de conocer y empaparme de sus enseñanzas, están infinitamente más formados que la inmensa mayoría de los periodistas. Bukaneros es Bukaneros y la afición del Rayo es la afición del Rayo. Para hablar de esto hay que conocerlo, por eso duele la cantidad de opiniones gratuitas y hasta irrespetuosas que se han vertido en las últimas horas. Dos tipos que insultan a Zozulya, que intentan amedrentar con métodos mafiosos no representan a la masa social del Rayo. A Bukaneros, como les he trasmitido muchas veces a algunos de ellos, les falla la puesta en escena. Pero la única verdad es que contra el fichaje de  Zozulya se han posicionado cientos de peñistas y aficionados del Rayo. Y lo han hecho con máximo respeto. Aunque eso no venda.
      Para la mayoría de ellos realmente no es una cuestión de izquierdas o derechas. Ni de política. Es una cuestión de valores. No quieren que alguien que ellos consideran filonazi juegue en su equipo. Y así lo expresan. Como estoy seguro que harían con un lateral maltratador de mujeres, un defensa que presumiera de racista o un mediocentro xenófobo. Son cuestiones mucho más trascendentes que una afiliación política. Decir que Raúl Martín Presa se pliega a sus ultras o a sus socios es una barbaridad, porque si algo ha demostrado su gestión es precisamente todo lo contrario. Presa tiene un defecto básico: no escucha. Y esta vez tampoco ha escuchado a aquellos que, desde dentro del club, le advirtieron de las consecuencias del fichaje de Zozulya.

     

lunes, 17 de octubre de 2016

HISTORIAS DE ABUELOS




     Cecilia se baja del autobús a las 5.42 pm. La misma hora de cada día, minuto arriba, minuto abajo. Depende de la puntualidad del 54, que en verano, cuando el sol calienta hasta las paredes del alma, se hace mucho de rogar. Se pasa un momento por el chino, compra las chocolatinas que le gustan a su madre (en realidad en cuestión de dulces no hay nada que no le guste), baja los 70 metros que le separan de la puerta gris metálico, llama al timbre y entra. En ese momento comienzan las múltiples historias de abuelos.
     La rutina contagia complicidades. Como el saludo diario con el recepcionista, que siempre recibe a Cecilia con su nombre de pila aunque ella nunca le haya preguntado el suyo. Es un tipo majísimo, tanto que el día que no está, lo echa de menos.
     “Hola, Carmen. Hace días que no veo a Pablo y su mujer, ¿cómo están?”.
     “Pablo murió anoche”.
     Pablo estaba estupendo la semana anterior, siempre cariñoso con su peinado a lo Anasagasti. Desde su sillón (era suyo porque siempre se acomodaba en el mismo), junto a su mujer, postrada en una silla de ruedas, controlaba el tráfico de todos los humanos que accedían al edificio. Pablo ya no está. Impacta de primeras, pero al rato la muerte también se convierte en algo rutinario para compañeros, empleados y familiares de los residentes.
     Cecilia llama al ascensor. El de la izquierda, siempre el de la izquierda, que es el que nunca se estropea. Esta vez sube junto a Marisa, una mujer enjuta y consumida por los sinsabores de una vida que no merece. Con 83 años y toneladas de sufrimiento en la mochila, Marisa cumple escrupulosamente sus turnos de amor: llega a las 10, se va a las 13.30 horas. Vuelve a las 17, abandona el recinto pasadas las 20 horas. Así cada día desde hace una década. Su marido apenas habla y rara vez la reconoce. Pero los enfermos de Alzheimer sienten mucho. Las palabras, las caricias, los besos. Marisa lleva ya más de un mes entre la enfermería de dentro y el hospital de fuera. “Estoy un poco cansada”, reconoce cuando la única realidad es que ya no se tiene en pie. Por eso le da las gracias una y mil veces a ese joven muchacho que de vez en cuando le acerca en coche hasta la puerta de su hogar. Si realmente vamos a algún lado cuando nuestro corazón deja de latir, Marisa merece el sofá más cómodo del cielo.
     “No he comido”.
     “Pero… ¿cómo que no has comido, mamá?”
     “Te lo juro. No he comido”.
     María ha comido hace 5 minutos. Sirven una comida muy rica. Y también cenan, claro. Y desayunan y meriendan. Descafeinados para todos y depende del día, magdalenas o galletas ricas. ¡Ah! Y zumos a las 11 y a las 18 horas. Los hay de muchos sabores: piña, melocotón, manzana, naranja y multifrutas, el favorito de María. Cómo lo goza cuando su hija lo acompaña con esas chocolatinas redondas que cada día están más ricas. “No podemos arriesgar mucho con el azúcar, pero es que lo disfruta tanto…” Claro que sí, qué menos que activar una pequeña dosis de dulzura en el desgastado cuerpo de nuestros mayores.
     “¿Cómo está la pequeña?”
     “¿Qué pequeña, mamá?”
     “Tu hija”.
     “Yo sólo tengo un hijo, tu nieto Pedro, que viene mucho a verte”.
      “Ah”.
 
 
 
 
      Diez minutos después se repite la misma conversación. Y veinte. Y cuarenta. Y un día. Y otro. Cecilia y el resto de parientes y amigos que visitan a los abuelos ríen y lloran a la vez. Así son los males de la mente, que provocan situaciones desternillantes al mismo tiempo que te parten el corazón en mil pedazos. A Paquita se le iluminan los ojos cuando su madre le contesta con un monosílabo. Antonio se emociona cuando su mujer le sonríe durante 10 segundos. Maite canta una copla cuando su hermano por fin se deja afeitar. Y Charo comparte su alegría en voz alta cuando Tomás consigue tragar la gelatina, un ejercicio aparentemente simple que la mayoría de las veces se convierte en una lucha con final infeliz. Todos ellos han formado una pequeña familia que en ocasiones desemboca incluso en profundas amistades. Preguntan unos por otros, se preocupan unos por otros, sufren unos por otros, se cubren unos a otros, ayudan unos a otros. Hasta celebran los cumpleaños al calor de unos pasteles y unos chocolates líquidos extraídos de las máquinas de la segunda planta. Charlan y ríen con los lloros y los gritos como sintonía interminable de un lugar propenso a las paradojas.  
     “Hay que pelar las patatas para la cena”.
     “Tu tranquila, que las pelo yo”.
     “Las ponemos con judías verdes”.
      “Estupendo”.
      “¿Come hoy el niño con nosotros?”
      “Hoy no puede, está trabajando. Pero te manda muchos besos, mamá”.
     No hay patatas, ni judías. Ya no está ninguno de los familiares por los que pregunta María. Unos que a veces son hermanos, otras, hijos y otras… nada. Ella al menos tiene la suerte de recordarlos. Hay abuelos en el módulo que llevan años sin recibir la visita de un ser querido. Echan de menos besos y caricias. Aunque a menudo su cabeza está lejos de allí, necesitan y sienten esos besos y caricias. Emociona asistir al enorme cariño con el que la mayoría de los auxiliares tratan a los ancianos. Ellos y ellas (mayoría de mujeres), como los enfermeros y enfermeras (mayoría de mujeres también) trabajan muchas veces en condiciones lejanas a la idoneidad. Qué hermosa fue la despedida de Luz, que se jubiló hace menos de un mes tras toda una vida dedicada a las sonrisas. El sonoro aplauso de los compañeros, jefes, abuelos y familiares fue un pequeñísimo reconocimiento a su impagable labor durante varias décadas. La mayoría de los residentes son muy dependientes. Casos como el de Mari Cruz, que a sus 101 años se vale por sí sola, hasta el punto de dar varios paseos al día, son excepcionales.  
 
 
 
 
     Maldigo a los que han robado el dinero destinado a causas sociales. Los aborrezco. Me dan asco. Y admiro a todos los que cruzáis la puerta gris metálico cada día. Detrás se esconden mil historias. La vida es contradictoria. Hay abuelos que reciben más de lo que han ofrecido, otros que reciben mucho menos de lo que han regalado… y algunos que desgraciadamente no reciben nada porque ahora ya son una pesada mochila con la que nadie quiere cargar.
      Marta se acerca a María y le dice al oído:
      “María, acuérdate, que me has prometido que un sábado de estos salimos las dos a bailar”.
       María llora de la risa y cuando Marta se va, dice:
        “Esta chica está loca”.
        Marta, una voluntaria que cada martes toca la guitarra, juega y abraza a los abuelos, volverá dentro de una semana para invitar una vez más a María a un baile. Sí, está loca. Rematadamente loca. Bendita locura. El mundo necesita muchos locos como estos.

 
 
 

viernes, 5 de agosto de 2016

DEPORTE


     Los JJOO son deporte. Deporte en estado puro. Del 6 al 21 de agosto. Es el único momento en que los JJOO son deporte. Antes y después es todo menos deporte. Las Olimpiadas (literalmente el período de 4 años que transcurre entre uno y otro evento) es lobby, estómagos llenos, inversiones sospechosas, promesas incumplidas, plazos que no se cumplen, corrupción, intereses, dinosaurios, despachos y billetes. Siempre he defendido que el olimpismo es una gran mentira, salvo para todos aquellos deportistas que consagran su vida y sus sueños al agotador trabajo diario. El espíritu olímpico queda enterrado en el momento en el que emerge la primera corbata. Con las corbatas en acción, el olimpismo se convierte en un enorme bazar en el que todo tiene un precio desorbitado. El deporte son sus deportistas, no ese Comité Olímpico Internacional que no hace justicia ni cuando el maldito Putin activó un dopaje gubernamental.

     No me interesan mucho las ceremonias de inauguración ni de clausura que abren y cierran los grandes acontecimientos deportivos, pero en los JJOO me encanta ver a los deportistas desfilar. La mayor frustración de mi vida es no haber sido profesional del deporte, por eso cuando veo sus sonrisas, sus caras de emoción, sus lágrimas y sus selfies siento una enorme alegría. Ellos son el espíritu olímpico. No concibo que un deportista no ocupe su modesta habitación en la Villa durante los Juegos, por eso me reconcilia con la bonhomía y la calidad humana comprobar como Rafa Nadal dedica mucho tiempo cada día a hacerse fotos con aquellos que le consideran un ídolo. Como cada 4 años, durante los próximos 15 días dormiré poco, soñaré mucho, radio y televisión activadas día y noche y a empaparse de pruebas, partidos, rondas, carreras, tiros, lanzamientos, regatas, combates y, sobre todo, historias. Historias de deportistas menos conocidos, hombres y mejores que persiguen la gloria. Y no olvidéis, por favor, que la gloria no es solamente la medalla. La gloria es superarse a uno mismo.






     Más del 50% de los cariocas no quieren los JJOO en casa. Brasil atraviesa una gravísima crisis económica que se agudizará cuando haya pasado el impostor torbellino del Mundial de Fútbol y el este evento de los 5 aros. Las inversiones favorecerán a los que más tienen y hundirán aún más a los que ya poseen nada. Este periodista que escribe se colgó hace unos años la mochila de la impopularidad al afirmar que no quería los Juegos en Madrid. Lo que quería y quiero, como amante apasionado del deporte, es inversión para la base, polideportivos, pistas y medios para los que empiezan y para que los terminan. No confundamos eso con los pantagruélicos presupuestos fallidos que engordaron la tripa de los políticos y de los votantes pero adelgazaron el monedero de los contribuyentes. Si en España fue un bochorno, me puedo imaginar lo que habrá sido para los brasileños.

     Del 6 al 21 de agosto. Deporte en estado puro. Nada me haría más feliz en mi vida profesional que poder cubrir unos Juegos, una cita tan mayúscula que es capaz de convertir al fútbol en un deporte menor. Debe de ser delicioso portar un micrófono en la mano y convertir en héroe a un deportista modesto,
incluso anónimo. Asomarse a disciplinas menos conocidas, consolar al que siente que ha fracasado. Quién sabe lo que nos deparará el caprichoso futuro, pero el presente es disfrutar con mis compañeros de profesión y con esas maravillosas historias que nos van a contar desde Río de Janeiro. Qué hermoso es el deporte.



jueves, 30 de junio de 2016

NI UNIÓN NI RAYO



     Hace muchos años un periodista al que quiero muchísimo me dijo que priorizaba la bondad al talento. Que prefería una buena persona con talento por pulir a un periodista con superávit de talento pero déficit de bonhomía. Aquella enseñanza se me quedó grabada a sangre y fuego, y el paso de los años no ha hecho sino reafirmarla como un mandamiento. Me he encontrado con gente que comunica muy bien a la que nunca reclamaría para mi grupo de trabajo. Y he conocido a periodistas sin aparente brillantez que siempre jugarían en mi equipo. Es más, a mis 37 años ya puedo afirmar con absoluta firmeza que para ser un buen periodista hay que intentar ser una buena persona. Sin esa cualidad es imposible cerrar el círculo.

     Abro con este párrafo porque quiero empezar por lo más importante. Necesito empezar por lo más importante. David Briz, Javier Boned y Antonio Morillo son buenas personas. Muy buenas personas. Iba a añadir que son demasiado buenas personas, pero para mí nunca es demasiado, aunque eso suponga que la vida te espere con su mano abierta para darte una y otra hostia. Desde el 29 de noviembre de 2012, el primer día que Unión Rayo lanzó su ilusión al aire, han tratado con respeto a todo el mundo, han sido humildes, han compartido su ilusión con todo el que aparecía por allí, han trabajado sin hacer ruido y han tropezado en todas las zancadillas que les ha puesto el Rayo Vallecano. Sí, el Rayo Vallecano. Porque los que lo han hecho trabajan y representan al club, basta ya de paños calientes y de rodeos que confunden al aficionado. Se han portado muy bien, incluso demasiado bien teniendo en cuenta el trato que han recibido. Se llevan el reconocimiento de muchísimos empleados, jugadores, técnicos, auxiliares, periodistas y aficionados. Casi 4 años en la cotidianidad del Rayo dan para mucho, y sé que Briz, Boned, Morillo y el resto de compañeros son queridos por el que hace los vídeos, el que sirve un café entre vaciles o el que acude con su libreta a cubrir una rueda de prensa. El cariño no da dinero, pero es imprescindible para sonreír y para no detener la fábrica de nuestras emociones.

     Sigo con lo personal. Imaginemos que profesionalmente Unión Rayo lo hubiera hecho todo mal, rematadamente mal. Todo. Bueno, pues sólo por lo escrito en el párrafo anterior tampoco se merecen el trato que han recibido por parte del presidente, Raúl Martín Presa. No les ha cogido el teléfono, no les ha recibido, no se ha tomado un café con ellos, no se ha dignado a charlar 10 minutos con ellos. Delegó en una persona que se comió el marrón porque de tanto que quiere al Rayo a veces es "tonto". Como lo son muchos de los empleados de este bendito club que, ojo, llegaron mucho antes que Presa, que sienten ese escudo sin haber jugado nunca al fútbol y que algún día rebasarán el límite de aguante a una gestión humana patética. Ayer, mientras David Briz y Javier Boned recogían los bártulos y desalojaban la habitación desde la que hacían sus programas de radio, Raúl Martín Presa agachó la cabeza y ni les dijo adiós. Qué pena, de verdad. Qué alejado de los valores que debe tener el número 1 de una entidad como el Rayo Vallecano. 


    
     Y ahora, lo estrictamente profesional. La decisión empresarial del Rayo Vallecano de prescindir de Unión Rayo es nefasta. Pero lo más grave es que ni siquiera está argumentada con criterios profesionales ni enmarcada en un contexto de seriedad y respeto. El club le ofrecía a mis compañeros “seguir en las mismas condiciones”. Bueno, pues es necesario que vosotros sepáis cuáles eran esas condiciones. No existían salarios de ningún tipo, no les pagaban los desplazamientos ni los hoteles, no podían viajar en el autobús del primer equipo, no tenían la posibilidad de entrevistar a los nuevos jugadores antes de presentarlos al resto de medios de comunicación y no les echaban un cable en tareas comerciales. ¿Sabéis que el acuerdo incluía difusión a través de las redes sociales del club? Hablo de algo que se firmó por escrito. Os invito a repasar el perfil de Twitter del Rayo Vallecano, a ver dónde coño encontráis algo de Unión Rayo. En casi 4 años de existencia, lo que el Rayo le ha dado a su radio “oficial” es un pequeño despacho en la Ciudad Deportiva, una valla de publicidad en el estadio y el privilegio de no tener que abonar el canon que pagan las emisoras de radio por transmitir cada partido. Nada más. La supuesta radio oficial del club. Unión Rayo no le ha costado ni un euro al Rayo, ésa es la verdad del barquero. Pero ni uno. Meo y no echo gota, de verdad.

     Kilometradas en coche, de día y de noche. Excursión interminable para llegar a Ceuta y poder contar la Copa del Rey del equipo juvenil. Programas de más de una hora ¡diarios!, con el esfuerzo y el desgaste que supone esa labor. Stages de pretemporada por cuenta propia. Unión Rayo ha estado cerca del equipo cuando ninguna otra radio lo hacía. Era un servicio público para los hinchas del equipo. Imprescindible e insultantemente barato incluso con un sueldo y con un poco más de ayuda. Pero para mí es infinitamente más importante denunciar el trato que han recibido mis compañeros. Como humilde periodista que ni puede ni quiere vivir sin el Rayo Vallecano, me avergüenzo. Me avergüenzo profundamente de asistir a esta patada en el culo. Me avergüenzo de cómo ha gestionado este asunto el presidente del club. Y me avergüenzo de que no sea una excepción, sino una tendencia alimentada por muchísimas otras cosas.

     Reconozco que no se lo dije a ellos porque no quería que sufrieran más. Pero mientras ellos peleaban su continuidad, yo sabía que era imposible. Porque nunca les dieron cariño, nunca apostaron por ellos, nunca quitaron el pie cuando iban caminando al baño, nunca se preocuparon por lo que hacían, nunca los quisieron ahí dentro. Como decisión de empresa, muy equivocada porque Unión Rayo es un proyecto útil y necesario para el club. Como gestión personal, todo bochornoso. Salvo por mis amigos, que se han vaciado y lo han intentado todo, aquí nunca hubo ni Unión ni Rayo. El qué es incomprensible, pero el cómo es muy doloroso.

martes, 24 de mayo de 2016

LA RAQUETA DE NICO


     El mundo de Nico giraba en torno a Mortadelo y Filemón cuando su madre entró en la habitación. Soltó un respingo, de esos sustos que te llevas cuando tu concentración no admite soslayos ni perfiles. Para Nico sumergirse en los tomos del SuperHumor era una bendición, lo mejor que le podía pasar durante el día. El Superintendente Vicente le recordaba muchísimo a su abuelo, por el cual Nico sentía devoción. Esa cara de bonachón, ese bigote innegociable, esos ojos de amor cuando jugaba con él al baloncesto en aquella vieja canasta del pueblo. "Cariño, te han aceptado en el campamento, acaban de llamar y me lo han dicho". "¡Vivaaaaaaaaaaaaa!". Nico se lanzó a los brazos de su mamá y la mató a besos. Cada beso suponía una lágrima de emoción para esa madre coraje que durante muchos años hizo de madre... y de padre.
   
     Menudo campamento más chuli. 25 días de actividades, aprendizaje y aventuras en torno a su gran pasión, el tenis. Sí, este muchachín de sólo 12 años jugaba de maravilla, aunque a esas edades nunca se sabe qué pasará en el futuro. Pero Nicolás (así le llamaba su abuelita) cogió una raqueta con 3 años y hasta ahora no la había soltado. Era muy responsable, asombrosamente responsable para ser tan jovencito. Su madre lo acompañaba a todos los torneos, pero nunca había abandonado el discurso de diversión, de hobby, de esa responsabilidad descargada de presión. Si llegaba, estupendo. Si no, que nunca odiara el deporte, que nunca aborreciera la raqueta que ahora tanto le entusiasmaba. Nico se sabía de memoria todos los partidos de los grandes torneos, desde la previa hasta la gran final. Sus amigos del colegio (y los padres de sus amigos) alucinaban cuando era capaz de recitar quiénes habían ganado Australia, USA, Roland Garros y Wimbledon en, por poner un ejemplo, 1986. "Joder con este niño, qué máquina", murmuraban los profesores por los pasillos de ese colegio ubicado en el barrio madrileño de Usera.

 
     Durante las noches anteriores al campamento, Nico durmió muy mal. Estaba nervioso, pero no era más que ese gusanillo de emoción que recorre nuestras entrañas cuando la fábrica de ilusiones que habita en nuestro interior trabaja a pleno rendimiento. En mitad de la madrugada Nico simulaba partidos de tenis que sólo existían en su imaginación... y en el movimiento de su cuerpo imitando golpes increíbles. Se hizo esperar, pero por fin llegó el día de presentarse en Villaralbo, ese pueblecito de Zamora que acogería el campamento que cambiaría para siempre la vida de nuestro niño.
   
     No tardó más de unas horas en hacer amigos. Nico era muy extrovertido, simpático a rabiar, con unas ocurrencias asombrosas. No tenía madera de líder porque era incapaz de evadirse de las preocupaciones de los demás. Estaba pendiente de los pequeños detalles, inconscientemente sabía quién necesitaba una broma, quién una caricia, quién una gominola, quién una invitación a charlar un rato o quién ayuda para recoger las decenas de pelotas que se quedaban esparcidas por las pistas. Se sentía inmensamente dichoso buscando las sonrisas de los demás. Eso le hacía infinitamente más feliz que llegar a la final de un torneo o enganchar un paralelo demoledor desde el fondo de la pista.
   
     Nicolás (otro guiño a la abuela, a la que ahora el Alzheimer le hacía dudar hasta de su reflejo en el espejo) era disciplinado a rabiar. Muy organizado, obsesivamente organizado. Lo apuntaba todo en una pequeña agenda que custodiaba como si fuera el mayor de los tesoros. Horarios de partidos, turnos de limpieza, tiempo libre para poder leer los cómics o días para ver duelos tenísticos en la pequeña televisión de esa cantina en la que servían el mejor zumo multifrutas del mundo. Y Nico era, sobre todo, muy inocente. Ayudaba de corazón. Y nunca pensó que hubiera gente que pudiera albergar sentimientos como la envidia o el egoísmo. Sentimientos que seguro él mismo tenía también guardados en una esquinita de su alma, desactivados hasta que la vida le hiciera desprenderse de algunos saquitos de ese elixir de la inocencia.
   
    El campamento fue genial. Nico era inmensamente feliz. Tan, tan feliz que la mismísima felicidad hubiera detenido el tiempo para congelar esa sonrisa en la eternidad. Progresaba mucho en el tenis, había conocido muchísimos amigos nuevos y los monitores habían quedado encantados con él. Pero en la intimidad Nico sufría porque era muy autocrítico, enfermizamente autocrítico. Nunca estaba satisfecho con lo hecho, aunque ganara el partido de forma apabullante. "Se puede mejorar", le repetía una y otra vez a Javi, un ex tenista profesional que era tutor, profesor, padrino y casi "papá" del protagonista de nuestra historia.



 
    Nico creció. Ya a mitad de abrazo de la adolescencia, ingresó en un Centro de Alto Rendimiento para jóvenes tenistas. Le gustaba, se le daba bien, no se creía nadie, interiorizaba consejos y reprimendas con una madurez impropia de su edad. Su vida era tenis, estudios, amigos del CAR, mamá y sueños. Sí, los sueños alimentaban la mente de Nicolás, que agradecía al destino que esos anhelos se fueran cumpliendo casi sin darse cuenta. Sus compañeros de entrenamientos eran su familia, con ellos pasaba más tiempo que con cualquier otra persona que compartiera su sangre. Formaban un buen grupo, aunque fueran muy diferentes. Nico hablaba poco y abrazaba mucho, una definición aparentemente simplista que sin embargo esconde un buen corazón humano. Él, en general, se sentía muy querido, lo cual le reconfortaba más que cualquier victoria con la raqueta. Todo cambió aquel día gélido y ventoso de finales de enero.
   
     Echaron a varios compañeros de Nico. Y echaron a Javi. Fue él mismo el que se lo contó todo. Con dulzura y tranquilidad, sin reproches. Javi no quería envenenar a Nico, aunque conocía la razón real de las decisiones y los movimientos internos y externos que se habían producido para ejecutar esa sinrazón. Nico, que adoraba a Javi, no tenía consuelo. No quería seguir allí ni un minuto más. No quería volver a jugar al tenis nunca jamás. No entendía nada, no podía parar de llorar. No celebró ni su 16º cumpleaños, preso de un disgusto inconsolable. Nico desconocía en ese momento que lo peor estaba por venir.
   
     Cambió. Seguía volcado en intentar ayudar a los demás, en perseguir sonrisas como modo de vida. Una actitud que, paradójicamente, le hizo descuidar por momentos a los que más le querían, aunque de eso se dio cuenta mucho más tarde. Pero cuando entraba en el Centro de Alto Rendimiento, gestionado ahora de manera desastrosa y anclado en una mediocridad que corroía las entrañas, se ponía una coraza impropia de su carácter risueño. Se entrenaba muy bien, con ganas porque él no sabía dejarse llevar, la autocrítica siempre ganaba a la decepción. Pero más allá de sus obligaciones como tenista, no entendía cómo los supervivientes no se habían unido para construir una resistencia que, con argumentos y hechos, peleara por hacer justicia. Se reprochaba día tras día no haber luchado más, no haber buscado soluciones para aquella tremenda injusticia, no haber empujado un poquito más para que lo sucedido no estuviera ya en el fondo del océano de los olvidos. Pero eso no era lo que más le dolía a Nico. Lo que más le encogía el corazón era saber que las caricias, los abrazos, las conversaciones, los guiños, los mensajes, los síes sin condiciones, los marrones que para él no eran tales se quedaron en el país de la indiferencia. Eso le jodía de verdad.


 
     A Nico le gustaría ser otra vez el muchacho más inocente del planeta. Pero ya no puede. Se sigue esmerando por perseguir sonrisas, por que su gente esté orgullosa de él, por no permitir que unos ojos cerrados ignoren uno de esos pequeños detalles que siempre consideró básicos. Es inconformista, es inquieto, es soñador. Pero sabe que en uno de los pilares de su vida ha dejado de ser él para seguir siendo él. Una antinaturalidad que quema. Una paradoja que sólo se palía pegando raquetazos.