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lunes, 22 de febrero de 2016

NO DUDARÁS


    Pablo Laso ha dormido muy pocas horas. Sergio Llull, menos todavía. Y el Chacho. Y Felipe. Y por supuesto Nocioni, que quizá se haya vuelto a escabullir a última hora de la noche (o primera hora de la mañana) para alimentar su ritual de bañarse en Cibeles. Ellos, y algunos más, están haciendo historia. “Estamos en una edad perfecta para seguir ganando títulos”, advirtió Sergio Rodríguez 10 segundos después de coronarse campeón de Copa por tercer año consecutivo. Sí, escribir “han hecho historia” sería una temeridad porque es evidente que este equipo campeón aspira a seguir engordando su leyenda.




    Ninguno de los entrenadores de los equipos no clasificados para la Copa apostó por un Madrid campeón en el pronóstico previo al evento. Yo, tampoco. Menuda panda de ilusos, servidor el primero, que soy el que menos conocimientos poseo. Este Real Madrid de Laso ha cimentado el 11º mandamiento, un imperativo que en caso de no cumplir a rajatabla provocará un inmediato descenso a los infiernos. “No dudarás”. Un mandamiento que queda grabado para siempre a sangre y fuego en la frente de todos los que sentimos pasión por este maravilloso deporte llamado baloncesto.
    
     Yo veía esta Copa muy abierta, muy equilibrada, muy ajustada. Con margen por fin para las sorpresas después de más de un lustro de tiranía de los equipos más grandes. Ni Barcelona ni Valencia aterrizaron en A Coruña en su mejor momento, por lo que me la jugué por Baskonia, un equipo que me está enamorando en el Top 16 y con enormes cualidades para competir durante 3 días de máxima exigencia. Sergio Llull, en un par de minutos mágicos, se encargó de dinamitar las opciones baskonistas de volver a reinar en el torneo copero. Llull, el ídolo del madridismo. Un ganador impenitente.




    Sí, definitivamente este Real Madrid es un equipo ganador. Muy ganador. Insultantemente ganador. Porque esta vez ha levantado el título lejos de su mejor nivel. De los jugadores que forman la plantilla merengue, considero que sólo 3 exhiben ahora mismo su versión más completa: Gustavo Ayón (estratosférico), Jonas Maciulis y KC Rivers. Podría incluirse en esa remesa Jaycee Carroll, aunque con matices. Pero si analizamos fríamente la cuestión, actores capitales como los Sergios, Felipe o incluso Nocioni no muestran en este primaveral febrero su mejor baloncesto. ¡Y sin Rudy, ojo, un jugador decisivo en ambos lados de la cancha! No importa porque son ganadores. Se han acostumbrado a ganar. Saben cómo ganar. Saben cuándo ganar. Y lo hacen. Porque esta Copa la comenzaron a cimentar en Sao Paulo, allí se celebró una reunión en el vestuario para acordar llegar lo mejor posible al Coliseum de Coruña. Valencia Basket ha ganado 32 partidos y ha perdido sólo 5. El Real Madrid ha ganado 28 y ha perdido 13. Insisto, sabe cuándo ganar. Un argumento que sirve también para la Copa de Europa.




    La Copa 2016 es un éxito gigantesco para un grupo que ha conseguido paliar el escaso impacto de jugadores como Ndour, Thompkins o Taylor. Mérito infinito para los pesos pesados del vestuario. Y también para los dirigentes, que en su momento supieron ver que los Rivers, Nocioni o Maciulis ganan más campeonatos que partidos. Y eso en el baloncesto de élite no tiene precio. Pablo Laso acaba de conquistar su 11º título, los mismos en 4 años y medio que la sección en los 5 lustros anteriores. Pablo Laso y sus muchachos han alzado su 4ª Copa en 5 años, cuando antes de llegar él al banquillo el último título copero databa de 1993. “No dudarás”. Porque mientras incumples ese sagrado mandamiento, existe un equipo legendario que se sabe de memoria, venda en los ojos incluida, el camino a la Comunidad y el Ayuntamiento. Porque son ganadores como la madre que los parió. 




lunes, 18 de mayo de 2015

UN EQUIPO ALEGRE



           ¡Qué fin de semana más extraño! Lo pensaba esta pasada madrugada, cuando terminaba de ver el Real Madrid – Olympiacos grabado. Me siento muy orgulloso de haber estado vinculado a la información de baloncesto en Onda Madrid durante 15 años. Muy, muy, muy orgulloso. Joder (perdón), infinitamente orgulloso.  Fue para mí un proyecto inolvidable que aguantó más allá de los resultados de los equipos madrileños.  La vida gira rápido y ayer me tocó ver la final por la tele y de madrugada. Gajes del oficio. Y además esto es lo de menos, qué demonios. Porque estas líneas son para reconocer y dignificar a un equipo alegre.

Este Real Madrid es una excelente noticia para el baloncesto. Escrito está en la derrota, pues con más motivo ahora que acaba de elevar al cielo la Copa más importante de todas. Este título esconde un enorme mérito porque muchos, yo el primero, pensábamos en diciembre de 2014 que este éxito era prácticamente una utopía. Pero el Madrid de Laso, y de Llull, y de Rudy, y del Chacho, y de Felipe, y de Nocioni, y de Ayón, y de Campazzo, y de todos los que estuvieron durante los últimos años y ya no están, ha  podido con todo… y con todos.

          
                 Un equipo alegre. En el juego y en todo lo demás. Un grupo de trabajo que se ha levantado después de algunos golpes bestiales, sobre todo aquella final perdida hace un año en Milán. Ese directo al mentón hubiera mandado a la lona a cualquier púgil. Pero no, este equipo se levantó y siguió buscando la gloria. Este curso puede hacer pleno, Copa de Europa incluida. Mérito infinito. 8 títulos para Pablo Laso y 12 finales de 15 posibles desde que se sentó (es un decir, desde luego) en el banquillo del Real Madrid.
           Este equipazo ha podido con todos. Con las decepciones, con las 2 finales de Euroliga perdidas de manera consecutiva, con las dudas de fuera… con las dudas de dentro. Porque me reafirmo en que Pablo Laso ha trabajado con un equipo en el que, de partida, creía menos que en el de la campaña anterior. Y en verano el kilómetro 0 mostraba unos dirigentes con escasa confianza en el técnico vitoriano. Y como he escrito en el amanecer de este artículo, antes de que el calendario cambiara el 14 por el 15 este enorme éxito rozaba lo quimérico. El Madrid ha manejado de maravilla los pequeños detalles, esos que al final te permiten campeonar. Con Bourousis y Mejri fuera de la rotación. Con Nocioni jugando su mejor partido siempre el día D. Con su mejor jugador durante el año, Felipe, protagonizando las 2 peores funciones del curso en la Final Four. Con Slaughter como actor secundario imprescindible. Sin salvadores y con mucha pizarra del entrenador. Una gestión de los pequeños detalles sencillamente espectacular.

        
              No lo hago en la derrota, tampoco quiero abrazarme sólo a los resultados cuando llega la victoria de un equipo ganador. Quiero insistir una vez más en que el Real Madrid de Pablo Laso, que está a punto de culminar su cuarta temporada como entrenador, es una bendición para el baloncesto y para el deporte  en general. Ha ganado. Ha ganado mucho. Y encima no ha ganado de cualquier manera, sino abrazándose a un estilo que durante muchos momentos ha convertido la sagrada cesta en una actividad de ocio. Como periodista cercano al baloncesto madrileño, he tenido el enorme privilegio de conocer a un grupo de empleados que merece la felicidad. El vozarrón del doctor, la bondad del preparador físico, la nobleza de los utileros, la simpatía de los fisios, el cariño del delegado o la amistad del jefe de prensa. Creedme, esos también son equipo. Un equipo alegre. Un equipo que después de levantar la Novena regala felicidad.

lunes, 23 de febrero de 2015

UN EQUIPO GANADOR


 Hace 2 meses escribí un artículo en este mismo blog ("Callejón sin salida"). Los periodistas, aunque a veces tengamos fobia a las disculpas, nos equivocamos a menudo. Diría incluso que más que los demás porque en muchas ocasiones cometemos el error de abrazarnos a diagnósticos y predicciones absolutas. Por eso considero necesario enlazar aquel artículo antes de utilizar el bisturí para armar éste. Yo, en aquel texto, me equivoqué. Erré porque jamás pensé que el Real Madrid se fuera a levantar tan pronto, ni que fuera capaz de exhibir este gran nivel en 2015. Atisbaba evidentes síntomas de agotamiento en el proyecto, pero jugadores y entrenador me han demostrado que estaba equivocado. Porque el Madrid ha ganado la Copa. Pero no sólo eso, sino que ha conquistado el trofeo sacando su vena ganadora, su etiqueta de grupo competitivo. El Real Madrid de hace 5 años, o 6, o 10 siempre hubiera perdido una final con este guión.
     
 Nunca me he escondido, siempre he transmitido mi admiración y reconocimiento por el trabajo de Pablo Laso, a menudo debatiendo con muchos de vosotros que le tenéis cogida la matrícula. Lo que contamos durante el verano y refrescamos en Navidad está ahí, no se ha evaporado con los 2 nuevos títulos que adornan las vitrinas del estadio Santiago Bernabéu. Lo contado, contado está. Y son verdades como puños. Pero el que escribe pensaba que en ese escenario a este equipo le costaría mucho levantar el vuelo. Me han callado la bocaza, un zas en toda regla. Laso suma y sigue. Séptimo título, 11 finales de 14 posibles, 2 subcampeonatos europeos y ojo, para mí lo más importante, un baloncesto hermoso que será recordado por todos los amantes de este maravilloso deporte. No sé si este Real Madrid debería ganarlo todo. Lo único que sé es que el anterior, y nos remontamos a varios lustros, ganaba muy poco. Y hasta le costaba llegar a la última recta. "Lo que me deja satisfecho es demostrar que llegamos a las finales, que somos un equipo que compite siempre. Eso es lo importante porque en el deporte no se puede ganar siempre". Lo dijo el técnico vitoriano con la Copa de campeón entre sus manos. Qué razón tiene.




  Quizás le cueste reconocerlo, pero Laso también ha sido más Laso en los últimos tiempos. Porque en un equipo de Laso siempre jugará un Slaughter. Antes no aparecía, ahora sí. El "cotonou" con pasaporte de la República Democrática de Masacre es un virus que contagia rápido y se propaga por la pista, por el vestuario y por la vida. Qué importantes son esos actores en un equipo de baloncesto. Energía, actividad, compromiso, huevos. Fundamental sin ni siquiera mirar a la cesta. El Madrid ha llegado a la Copa en el mejor momento de la temporada. Rudy en su versión crack, Chacho con su varita inoculada por la magia, Felipe como toda la vida, Llull con su etiqueta de ganador incrustada con clavos en el alma. Y luego dos tipos que han sido capitales en el triunfo merengue.

  Gustavo Ayón y Andrés Nocioni. Soberbio el torneo del mejicano, que cuajó una final sobresaliente, acercándose al factor diferencial para el que fue contratado por su equipo sobre la bocina. Heroico Andrés Nocioni, el hombre que más fotografías y sonidos dejó en la tarde grancanaria. Jugó cojo, con el tobillo como una bota y con más energía que una bomba letal. Tapones de póster, alaridos de bestia, apretones de dientes para soportar el dolor. El Chapu celebró el título como si fuera el primero... o el último. Ser un ganador es ser Nocioni. El Madrid lo fichó para esto, para que fuera determinante en 4 ó 5 veladas señaladas. En la primera no ha fallado. "Respecto a mi lesión en el tobillo sólo le pido a mi mujer que estos días me permita descansar y no me deje a los niños", decía tras la final en Onda Madrid con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en los labios. El deporte necesita "piraos" como este tipo. Qué bendición.



   
  El Madrid ha levantado los dos títulos oficiales del curso 14/15. Y el de Copa lo celebró por todo lo alto, como debe ser, huyendo de esas fiestas funcionariales de muchos equipos que ya han triunfado demasiado. Los blancos apretaron la tecla de la unión y la solidaridad en aquel cercano (y lejano) último partido de 2014 perdido en el Carpena. A pesar de la derrota, los jugadores dejaron Málaga convencidos de que habían enderezado la nave hacia la ruta correcta. Ahora toca atizar a Xavi Pascual, olvidando una vez más que el deporte casi siempre son pequeños detalles. Esta vez Navarro (se apaga su incombustible luz) la falló y el genio canario la metió. Pudo ganar cualquiera porque son dos equipazos, pero la gloria se la llevó el Madrid. Jugadores como Felipe Reyes y Sergio Llull (-9 en la final) "¿Sólo? Dentro de la pista tenía la sensación de que era mucho peor", se reía a carcajada limpia tras el partido, llevan impresa a fuego la obsesión de la Copa de Europa. En Madrid, en mayo. Quizá otra vez con el Barça en el camino. Dos equipos ganadores que han demostrado muchas veces que se saben levantar. Este Real Madrid lo ha hecho. Y eso tiene mucho, muchísimo valor. 



lunes, 10 de febrero de 2014

ÍDOLO DEL MADRIDISMO



     El baloncesto es hermoso. Jodidamente hermoso. Tan hermoso que un ser humano puede pasar de la mayor de las euforias a la más cruel de las tristezas en apenas un segundo. O de una congoja inefable a una de las mayores alegrías de su vida. Ese ser humano puede ser Llull, Oleson, Sergio Rodríguez, Papanikolau, un berserker, el aficionado que luce una camiseta del Barça en el palco situado justo detrás de la posición de las radios, Hugo López, Bartomeu o ese seguidor merengue que vive en la calle Menéndez Pelayo de Madrid. Todos a la vez, todo en un segundo. Eso es el baloncesto, un deporte sencillamente acojonante.

     El baloncesto es radio. Ayer tuve el privilegio de narrar la final a través de las ondas. Lo hice al lado de mis compañeros de Catalunya Radio. Yo 1, ellos 5. Os va a parecer una gilipollez, pero desde el 12 de enero de 2012 y hasta que el capricho quiera, yo sigo sintiendo en cada narración el calor y las vibraciones de mis compañeros, los que me enseñaron que era posible hacer de la Copa del Rey de baloncesto el plato principal (y muy sabroso) de una programación radiofónica. La radio es la leche. Tú narras para los oyentes, los únicos imprescindibles en este show. Muchos de los míos son del Madrid, muchos de los de Catalunya Radio son del Barcelona. Ellos se desgañitaban con la remontada, nosotros trasmitíamos la frustración de un último minuto inefable. Una cesta lo cambió todo. En 1987 fue justo al revés, con el triplazo de Solozábal. Eso es la radio, eso es magia pura, eso son sensaciones que recibe el oyente... y que el baloncesto regala a todos los que somos fanáticos de este bendito deporte.
 
 
 
 
     Escribo esto de vuelta a Madrid en el tren mientras repasó crónicas, periódicos y fotos. Me encanta hacerlo, se aprende mucho de otros compañeros que tienen el enorme talento de plasmar con lucidez en unas cuantas líneas una final histórica. El objetivo de brillantes fotógrafos captó justo el momento en el que la bola sale de la muñeca de Llull. Tensión máxima en cada hincha, en cada jugador, en cada técnico... en cada corazón. El tiempo de detiene. La gloria o el fracaso. La fiesta o el funeral. Todo eso en un segundo y medio, lo que tarda la pelota en taladrar la canasta rival. Busquen otra cosa ajena al deporte que sea capaz de condensar tantas emociones, tantos sentimientos, tantos nervios en una sola acción. BA-LON-CES-TO, sin más.

     Qué pedazo de partido, que grandioso duelo entre dos bestias. Enorme el Barcelona con superávit de orgullo y de pizarra. Quizás un simple chispazo de Navarro le hubiera válido al cuadro azulgrana para campeonar, pero las leyendas también ejecutan actuaciones deficientes. El Barça remontó lo que tenía perdido y terminó llorando a lágrima viva la cesta herreriana de Llull. Algún día, en algún partido, me salió de forma espontánea lo de "ídolo del madridismo" para definir a Llull. Para lucir la difícil etiqueta de ídolo es necesario conectar con la gente. Llull acelera, corre, salta, grita, gesticula, se sube a la mesa de anotadores, provoca ese grito desgarrado de "Llull, Llull, Llull" cada vez que clava un triple. "Ídolo del madridismo". Creo que le queda bien. Después de su canasta ganadora sobre la bocina esa denominación ha pasado a ser eterna. Su hinchada no lo olvidará jamás... como no olvidan la cesta de Herreros en Vitoria. Y como los culés guardan en el alma la de Solozábal en Pucela hace 27 años. 

 

     Me imagino a Llull esta noche, sentado en el sofá de su casa, con un cansancio infinito, con el ordenador encima, dándole al play y reviviendo la última jugada. Esa sonrisa de satisfacción, ese gusanillo en el estómago, esa vanidad privada de pensar "soy el puto amo". Esa veneración para siempre de sus aficionados. Saber que has hecho historia, que de tu muñeca salió aquel balón que reventó la gran final de la Copa del Rey en la última respiración. El culpable de los abrazos del banquillo, de la desolación rival, de los alaridos de decenas de locutores de radio, del cabreo de muchos aficionados, de la euforia de muchos otros, de la boca abierta de los que ven la final por la tele, del mosqueo de Pascual con Papanikolau, de la incontenible alegría del utillero Óscar, de los directos del gran Nacho Jouve, del recuerdo para toda la vida de un partido del que siempre presumiremos los enfermos de este maravilloso deporte. Todos hemos soñado algún día con encestar una canasta ganadora en el último segundo. Sergio Llull lo ha conseguido. "Siempre las fallaba, siempre las fallaba", gritaba a garganta viva delante de la cámara de TUBASKET un segundo después del bocinazo final. Palabra de ídolo. Del ídolo del madridismo. 
 
 

miércoles, 8 de enero de 2014

LA COMPARACIÓN MÁS ATREVIDA


     No sé si este artículo que comienzo ahora será malo o regular, pero lo que es seguro es que incluso antes de nacer es una idea atrevida. Voy a comparar, así sin anestesia, el Real Madrid de Pablo Laso y el Barcelona de Pep Guardiola. Ayer le pedí a mi socio Jesús Ruiz que me echara un cable con la fotografía (yo soy un tarugo y él no) y me dijo: “Menudo kilombo vas a montar con ese artículo”. Intuyo que esta comparación no os agrada ni a merengues ni a culés, pero quizás desde un análisis frío compartáis mi certeza de que ambas escuadras se parecen. Sobre todo en lo más importante, porque más allá de los resultados, aquel Barcelona y este Real Madrid son una inyección de optimismo y diversión para el deporte.
     Pep Guardiola conquistó 14 títulos en 4 años. Desde lo más grande, 2 Copas de Europa, hasta lo más pequeño, 3 Supercopas de España. Pablo Laso cumple su tercera temporada en el Madrid, con un balance en dos años de 1 Liga, 1 Copa del Rey y 2 Supercopas. Es una tendencia más cercana de lo que parece, ya que en baloncesto los clubes no pueden aspirar a entorchados como la Supercopa de Europa o el Mundial de Clubes, ambos conquistados por Pep en su proyecto barcelonista. El curso pasado el Madrid acarició la Euroliga y esta campaña se postula como claro candidato a conquistar todos los títulos en juego. ¿Logrará el entrenador vitoriano levantar el mismo número de trofeos que Guardiola?
     Pep dirigió 246 partidos desde el banquillo azulgrana, con 178 triunfos, 47 empates y sólo 21 derrotas. Un registro bárbaro que conduce al 72% de victorias. Pablo Laso se ha sentado hasta la fecha 149 veces en el banquillo merengue, con un registro victorias-derrotas de 123-26, es decir, un 82 % de éxitos (en basket no hay empates, matiz importante). Un balance soberbio que alimenta este mismo año, en el que su equipo aún no conoce cómo sabe perder (27-0 en partidos oficiales). Sé que son deportes muy diferentes y que en baloncesto el calendario está más saturado, pero al final son dos trasatlánticos que pelean por lo mismo: ganar cada partido que jueguen. Es curiosos comprobar cómo los guarismos son bastante similares.
 
 
     Bien, llegados a este punto tiremos la calculadora a la basura (¡qué alivio!) y hablemos de sensaciones, de corazón, de sentidos, de pasión. Tanto el Barcelona de Guardiola como el Real Madrid de Pablo Laso son una oferta de ocio, más allá de los colores que defienda cada hincha. Ambos superan con creces el reto de ganar, jugar bien y bonito. De enganchar a propios y provocar la admiración y envidia (no siempre sana) de extraños. De llenar recintos deportivos propios y ajenos. De provocar líneas y líneas de páginas deportivas en los periódicos, aquí y más allá de las fronteras. De llamar la atención de todos. De congregar a una parroquia amplia delante de la televisión. De ENAMORAR, una palabra que es bestialmente hermosa cuando se asocia al deporte. Aquel irrepetible Barcelona de Guardiola es uno de los mejores equipos de la historia del fútbol. Este Real Madrid de Pablo Laso quizás sea ya el mejor en la historia del club y, títulos mediante, asaltará en breve el olimpo de escuadras inolvidables del deporte de la cesta. Insisto. Ambos proyectos guardan muchas similitudes, todas ellas buenas.
       Porque disparando la imaginación Iniesta podría Sergio Rodríguez: imaginación, talento, desparpajo, solidaridad, hacer mejores a los demás. Pedro podría ser Llull: velocidad, verticalidad, cambios de ritmo, cohetes, agitación en la tribuna. Felipe Reyes encuentra su doble en Busquets: equilibrio, colocación, defensa y ataque, brega, etiqueta eterna de siempre en mi equipo. Y quizás Rudy sea como Alves: indiscutibles, cancheros, dolor de cabeza para el rival, ofensivos... y hasta con ese puntito de teatro que desespera al rival. Darden podría ser Mascherano: hacer de todo y hacerlo bien. Y seguramente Mirotic sea como Messi: los fuoriclasse, los mejores, los desequilibrantes, los ambiciosos sin límites, los de mirada asesina, los números 1.
     El deporte es lo mejor del mundo porque permite cosas como esta, que un pirao como yo con un café delante se permita el lujo de comparar dos secciones tan diferentes de los rivales más encarnizados del mundo… y en dos épocas distintas. ¿Un sacrilegio? Si es así, házmelo saber, por favor.


martes, 17 de diciembre de 2013

LOS 10 CRACKS DE EUROPA... EN BALONCESTO



     La semana pasada elegíamos a los 10 mejores futbolistas de Europa desde el arranque de la temporada hasta ahora http://www.elgoldemadriz.com/los-10-cracks-de-europa/. Hoy vamos a hacer lo mismo con el baloncesto. Persigo el mismo fin, que no es otro que me aticéis, critiquéis y zarandéis hasta la extenuación. No olvidéis que esta lista es muy subjetiva y que me he estado estrujando el cerebro durante horas… qué digo horas, días… qué digo días, semanas. Me da un apuro terrible haber dejado fuera a fenómenos como Rudy, Diamantidis, Bjelica, Delaney, Hopson o Tomic, pero hay que tomar decisiones. No me enrolló más, estos son mis 10 cracks de Europa… en baloncesto.
 

10. ALEXIS AJINCA. He dudado mucho, pero lo meto en el top 10. Su virtud es la misma que su defecto, que juega en un equipo muy débil para medir exactamente su peso en la competición. Es el máximo anotador de la Euroliga por minutos jugados. Más allá de los números, me parece un jugador bestial. Muy alto, muy físico, muy atlético, pero no exento de buena mano y capaz de regalar 5 o 6 jugadas de museo por partido. Su exhibición contra el Madrid en Francia fue colosal. Anhelo verlo en un equipo con más aspiraciones. Carne de NBA. De la buena, de la que se corta con tenedor.

9. ANDRÉS NOCIONI. El Chapu es un jugador eterno. Su peso en el Baskonia es infinito. En puntos, en rebotes… y en huevos. Tiró del carro en el amanecer del curso cuando la bola quemaba en las manos de cualquier otro jugador del cuadro vitoriano. Un lujo para Liga ACB y para la Euroliga, un lujo para sus compañeros y un lujo para los que disfrutamos con este maravilloso deporte. Nocioni, siempre en mi equipo.

8. EMIR PRELDZIC. Siempre me enamoró este jugador turco de origen esloveno. Pero ha roto esta temporada, con 26 años y el maestro Obradovic en el banquillo. Ha pasado de jugar unos minutos a jugar los minutos importantes. Y de no mirar el aro a jugarse las bolas calientes. Como ejemplo, la exhibición en su último partido continental con 21 puntos, 7 capturas y 6 asistencias. Hace de todo. Y es tan elegante que en ocasiones hasta parece flotar. Muy, muy, bueno. Al top 10 de cabeza.

7. SONNY WEEMS. No representa el perfil de mis jugadores favoritos, pero tras un sesudo análisis conmigo mismo he considerado que lo justo es que el americano esté en esta lista. Destaca en un equipo con actores como Teodosic, Pargo, Khryapa o Krstic. Muy tirón, éste se juega las bolas calientes, las templadas, las frías y las congeladas. Pero este curso le está sacando a Messina de más de un laberinto. Admirable su capacidad de romper al defensor en el 1x1  con piernas y cintura.
 
 
6. KEITH LANGFORD. Parecido a Weems en su querencia por lanzar mucho a canasta. Este año le vale para estar en el podio de máximos artilleros de la Copa de Europa. Cuando coge la racha es imparable, mola ver esa muñeca zurda taladrando una y otra vez la cesta del rival. La estrella del Olimpia de Milán, cuyas opciones de alcanzar los cuartos de final pasan por este anotador compulsivo. Su irregularidad le impide estar incluso más arriba.

5. BOJAN BOGDANOVIC. ¡Cómo ha crecido este jugador! Una metamorfosis consumada en el Europeo de Eslovenia y en este primer tramo de la campaña 13-14. Lejos queda aquella etapa en el Real Madrid en la que el croata colocó el basket demasiado lejos de sus prioridades. Ha madurado en la cancha… y fuera de ella. Básico para Zeljko, de hecho es el que más minutos juega en el Fenerbahce. Pide de manera compulsiva las bolas decisivas. Enorme jugador. Su capacidad de progresión asusta. En el top 5 por méritos propios.

4. DANIEL HACKETT. Su gran temporada ha provocado que un amplio abanico de equipos lo quieran fichar, incluida alguna franquicia de la NBA. Este multitatuado escolta que no llega a los 2 metros se mudó a Siena para crecer, y a fe que lo ha conseguido. Anota mucho y no rebotea poco. Siempre valora por encima de 20, lo que demuestra su capacidad de sumar en  muchos departamentos sin la necesidad de alcanzar los 20 tantos por velada. Y qué coño, esas rastas molan mucho.  ¿Lo he situado demasiado arriba?
 
 
3. VASSILIS SPANOULIS. Hoy por hoy este tío es el dios del baloncesto. Capaz de asesinar al equipo rival con una ráfaga de triples consecutivos sin que se le mueva un solo pelo de su poblada barba. Él solito ganó el partido en Málaga, él solito lo remontó ante Siena, como él solito machacó al Madrid en la final de Londres con una segunda parte sencillamente antológica. Es insultantemente bueno. Y nunca se ríe, eso me encanta. ¿Será capaz de ganar 3 títulos seguidos con Olympiacos?

2. SERGIO RODRÍGUEZ. Talento, descaro, imaginación, acierto en el tiro, origen de alley-oops, bombas, cestas a aro pasado, diversión, BALONCESTO. En el mejor momento de su carrera, el canario se ha convertido en el mejor base de Europa. Ahora mismo es capaz de cambiar la dinámica de un encuentro o de levantar de sus asientos a 12.000 espectadores que se rompen las palmas para aplaudir a este genio. Juega en la pista como juega en sus sueños. Una bendición para vender este deporte, para convencer a los incrédulos de que el baloncesto es una maravilla.

1. NIKOLA MIROTIC. El mejor jugador de Europa. Y punto. Le bastan veintipico minutos para reventar todas las estadísticas. Anota, rebotea y saca faltas para ir al 4.60 cuando su equipo (pocas veces) se atasca en ataque. Ambicioso sin límites, alimenta dos obsesiones: ser el mejor y levantar la Copa de Europa con el equipo de su corazón. Ni siquiera se puede atisbar el techo de Muñequita de seda, un jugón de dimensiones bíblicas. Dentro de un lustro estará en el top 10 de la NBA. Un jugador celestial.
 
 

lunes, 21 de octubre de 2013

GANAR Y ENAMORAR


     En el deporte ganar es muy difícil. Mucho, muchísimo. Incluso para los mejores equipos, para los que gozan de más recursos, para los más poderosos. Degustar el  sabor de la victoria requiere meses de trabajo, de dedicación, de saber digerir los tropiezos, de cambios de humor, de constancia… incluso de suerte, un factor decisivo en cualquier competición deportiva. Ganar es muy difícil. Ganar y enamorar es casi imposible. Sólo unos cuantos equipos han conseguido mezclar en la misma frase el triunfo y el amor. Equipos que han ocupado una o varias páginas en los libros de historia. Hoy y ahora hay un grupo de profesionales que lo está consiguiendo: el Real Madrid de baloncesto.  

     Este Real Madrid, el de Pablo Laso, gana y enamora. Suma 5 triunfos en otros tantos choques oficiales, ya con un título incluido, la Supercopa. Un trofeo que ha revalidado el técnico vitoriano, que todavía en el amanecer de su tercer curso como boss suma además una Liga, una Copa y un subcampeonato de Europa. Basta con acudir al bagaje de los últimos 15 años para darse cuenta de que ha sido Pablo Laso el que ha devuelto la etiqueta de ganador a un equipo que la había perdido después de suculentos banquetes durante décadas y décadas. El Madrid ha ganado mucho durante su historia. El Madrid había ganado muy poco en los últimos lustros. Pablo Laso está invirtiendo una tendencia que apunta a un cortoplacismo con más éxitos.

     Ganar. Una palabra, cinco letras que incluyen un manual de teorías, de sensaciones, de caminos, de sistemas, de apuestas. Para un deportista ganar lo es todo. Para un actor de un equipo que aspira a títulos ganar es abrazar la Gloria, perder el control, sonreír hasta que el siguiente reto te invada el alma. Ganar es un destino. Llegar a ese destino ya es en sí mismo un éxito. Pero no todos los caminos son iguales. Este Real Madrid ha elegido la senda más difícil, la más abrupta, la que despierta más críticas, la que nunca acaba de convencer. La del amor. Enamorar nunca es fácil, pero si lo consigues la satisfacción del receptor es infinita. Enamorar es ser feliz y hacer felices a los demás, en este caso a los aficionados de tu equipo… y a los aficionados al baloncesto en general, como éste que escribe. Si consigues enamorar tu huella permanece, ya nunca te van olvidar. “¿Te acuerdas cómo jugaba al baloncesto aquel equipo de Pablo Laso?”, recordarán los basketmaniacos dentro de unos años.
 
 
 

     El Real Madrid enamora con el interminable talento del Chacho, el orgasmo triplista de Carroll (ya sabéis, Yeisi es amor), la explosividad de Llull, los mates en el cielo de Rudy, los saltos de Slaughter, el posteo de Darden, la mala leche de Borousis, los robos del ladronzuelo Draper, la báscula del Monarca Felipe y la seda de Mirotic. Hasta los recién llegados Mejri y Díez se están acoplando a una maquinaria que no chirría en ningún momento del proceso. Porque todo lo anterior junto es una bomba. Enamorar es sentarte en la butaca y asistir a la sociedad Sergio-Rudy. Pero enamorar también es flipar con 3 defensas seguidas en las que el rival ni siquiera puede lanzar a canasta. La gran virtud de Pablo Laso es haber organizado de forma coral el inmenso talento que atesora su plantilla. Eso no es otra cosa que formar un EQUIPO, con mayúsculas.

     La memoria es corta. Y en el deporte, la memoria es tan corta que algunos ni se acuerdan de lo que pasó hace 5 minutos. Pues hace 5 minutos Pablo Laso estaba muy cuestionado. Fuera y dentro. Tengo la convicción de que si el Madrid no hubiera alzado el título liguero, el entrenador no hubiera continuado. De hecho, he de pensar que sigue cuestionado cuando finaliza contrato en 8 meses y la sección ni siquiera se ha acercado a él para tantearle con su renovación. Laso cobra poco dinero, Laso estaría encantado de continuar su proyecto más allá de cuestiones económicas… pero necesita recibir la fuerza y el apoyo de los que mandan. Laso se podría haber marchado este verano pagándole al Real Madrid una cantidad casi insignificante. Laso decidió quedarse a pesar de que le llenaban la cartera de billetes en Turquía y en Rusia. Y su Real Madrid sigue ganando… y enamorando. Todos en la sección son conscientes de que este grupo de jugadores tiene una gran oportunidad de hacer historia, de levantar títulos, incluso de conquistar la tan anhelada por los hinchas novena Copa de Europa. Los jugadores saben que son muy buenos y que se ha ensamblado un proyecto con pocos límites. Todos los actores se encomiendan al triunfo, pero también al amor. Ya sabéis, GANAR Y ENAMORAR. Laso regala amor en forma de baloncesto. De momento, el que debería de ser su principal pretendiente, el club, le regala una colección de calabazas. La victoria y el amor no sirven para firmar la renovación ¿Por qué?
 
 

domingo, 9 de junio de 2013

LA JUGADA


     Cuando he mirado el reloj marcaba las 17.08 horas. Habían transcurrido 2 horas y 36 minutos desde LA JUGADA. En ese tiempo he bajado a los vestuarios para recabar declaraciones, he cogido el coche para recorrer el trayecto Palacio de los Deportes – Ciudad de la Imagen, me he metido en una cabina para extraer los sonidos indispensables para nuestros oyentes y me he puesto delante del ordenador para ver con máxima atención todas las imágenes, tomas y repeticiones de LA JUGADA. Absorbido por la pasión periodística de momentos como este, he caído en la cuenta de que se me había olvidado comer. Joder con LA JUGADA.

     En directo, desde la cabina 13 del Palacio, me ha parecido una personal como una “catedral”. Tras repasar las imágenes concluyo que no hay falta de Sergio Rodríguez, que Llull toca la pelota y que la posesión debería haber sido desde de fondo para el Barcelona con 2,3 segundos en el reloj y un punto abajo. Sergio Rodríguez dice que pudo hacer falta, Llull que él toca la bola, Sada que ha visto la acción en su teléfono móvil y ha comprobado que Llull le hace falta, Laso que a Sada se le escapa el balón y Navarro que el arbitraje global ha sido “escandaloso”. Las redes sociales, en estas ocasiones tan útiles como propagadoras de delirios, amplían el espectro de posibilidades a unos posibles pasos del base del Barça antes de cualquier acción punible. Vaya con LA JUGADA.
 
 
     Huí, huyo e huiré de aquellos fanatismos que ensucian el baloncesto y el periodismo. Quienes siguen el basket a menudo saben que en muchas ocasiones la primera impresión de una acción resulta ser errónea. Esto vale para los que están viendo el partido, in situ o a través de la tele, y también para los propios actores de la escena.  Arbitrar es muy difícil, arbitrar un Madrid-Barça es difícil al cuadrado y arbitrar un Madrid-Barça por un título es difícil a la enésima. Por eso, un día más asisto con rabia al “bufandeo” de informadores que siempre observan la realidad con el cristal del mismo color. En ocasiones ni siquiera les gusta el baloncesto, simplemente aprovechan el morbo reinante para engordar esa cansina e insoportable guerra futbolera. Forofos con pluma o micrófono que vociferan que lo de esta mañana ha sido un atraco o que la ACB es más culé que Navarro. Ya sabéis, según el color del famoso cristal. Debe de ser que el populismo da seguidores en Twitter, debe de ser que está más de moda decir lo que se quiere oír que lo que se piensa de verdad. LA JUGADA ha sido una excusa perfecta para armar el cañón y disparar.

     A mí lo que me encanta es que se hable de baloncesto. Un Real Madrid – Barcelona es una pasada, un duelo con infinidad de alicientes y rivalidades. La polémica arbitral es un ingrediente más para una deliciosa ensalada repleta de manjares y aderezada con todos los aliños del mundo.  Demos la bienvenida a LA JUGADA porque nos va a regalar una semana de baloncesto inefable, pero no golpeemos con saña la vieja brújula porque si no demasiada gente terminará perdiendo de vista cualquier punto cardinal. Por cierto, ¿cómo habéis visto vosotros LA JUGADA?
               

lunes, 18 de febrero de 2013

FROM LA LAGUNA

     Conocí a Sergio Rodríguez hace 9 años. En junio de 2004 el Estudiantes se coló en la final de la Liga ACB. Una final inolvidable que los colegiales alargaron hasta el quinto partido tras dos choques en los que el Palacio Vistalegre entró en ebullición. El Barça salió campeón en el asalto final, con Pepu Hernández y Svetislav Pesic en los banquillos. En esa cita debutó Sergio Rodríguez, que disputó los últimos 26 segundos. Anotó un canastón. Su primer canastón como jugador de élite. El DNI del “Chacho” indicaba 18 añitos recién cumplidos.
     Han transcurrido ya 9 años desde aquel primer partido, desde aquella primera cesta. Casi una década en la que Sergio ha perdido pelo, ha ganado dinero, ha aprendido un idioma, ha viajado en avión centenares de veces y ha madurado hasta convertirse en un grandioso jugador de baloncesto. 4 temporadas en la NBA con 3 franquicias diferentes (Portland, Sacramento y Nueva York) en las que la irregularidad se adueñó de su trayectoria. Algunos siempre pensamos que el canario hizo demasiado pronto las “Américas”, pero él siempre ha mantenido que fueron 4 años fantásticos, vitales para su carrera deportiva.
      Sergio Rodríguez es buenísimo. Y su gran virtud es demostrarlo desde su etiqueta de “especial”. Porque el “Chacho” no es un jugador cualquiera. Necesita exhibir su talento, que para él es simplemente su manera natural de jugar al basket. Así jugaba de pequeño en Tenerife, así juega ahora, así jugará con sus nietos dentro de muchos años. Es un jugador de calle. Con su show, con sus fintas, con su manejo sazonado de dosis de birlibirloque, con sus “alley-oops”, con sus riesgos, con su diversión, con sus carreras… con su innato y enorme talento para jugar al baloncesto. Porque tengo muy claro que el base canario ha nacido para tener entre sus manos una pelota grande.


     A sus 26 años Sergio ha alcanzado un nivel de madurez elogiable. Sus rituales pre partido son hipnotizantes, siempre fijo la mirada en las decenas de tiros que realiza dos horas antes de cada partido con la inestimable ayuda de Juan Trapero, preparador físico (un tipo espectacular) del Real Madrid. Lanza, lanza y vuelve a lanzar. Una y otra vez. Desde todas las posiciones. Y “enchufa” mucho. Porque el “Chacho” ha mejorado una bestialidad su tiro desde el perímetro hasta convertirse en un triplista realmente fiable. Su talento es innato (¡qué envidia!). Sin embargo, su mejoría en los porcentajes esconde un trabajo descomunal y unas enormes ganas de progresar, de ser importante, de marcar las diferencias. El Sergio Rodríguez que estamos viendo desde los playoffs 2012 es sencillamente colosal, en muchos momentos imparable. Y en muchas ocasiones sin tener muchos minutos en la cancha, lo cual le da más valor a sus actuaciones. Ayer mismo nos brindó una majestuosa exhibición de generosidad. Repartió 14 asistencias (¡9 en el primer cuarto) en tan sólo 22 minutos. Genial. 
     9 años dan para convertir una cara de muchacho revoltoso en una barba de náufrago. La típica barba que una madre te ruega todos los días que te afeites, la típica barba que se convierte en una superstición innegociable. El “Chacho” ha mejorado su excelso baloncesto y ha endurecido su apariencia física. También ha cambiado la relación que este humilde periodista mantenía con él. De tener un vínculo muy especial hemos pasado a una convivencia fría y distante. Sucede a veces cuando uno ejerce de periodista y otro de deportista de élite. Ojalá aún sea posible mantener esa conversación que tenemos pendiente. En cualquier caso, seguiré disfrutando de las actuaciones inefables de Sergio, un pequeño gran jugador de baloncesto que nos deleita a todos “from La Laguna”. Así lo cuento siempre en las narraciones de Onda Madrid, en un modesto guiño a mi compañera Margot, nacida en la misma tierra que el “Chacho”. Porque Sergio Rodríguez exhibe en cada cita su baloncesto de calle. El baloncesto de toda la vida.