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lunes, 22 de febrero de 2016

NO DUDARÁS


    Pablo Laso ha dormido muy pocas horas. Sergio Llull, menos todavía. Y el Chacho. Y Felipe. Y por supuesto Nocioni, que quizá se haya vuelto a escabullir a última hora de la noche (o primera hora de la mañana) para alimentar su ritual de bañarse en Cibeles. Ellos, y algunos más, están haciendo historia. “Estamos en una edad perfecta para seguir ganando títulos”, advirtió Sergio Rodríguez 10 segundos después de coronarse campeón de Copa por tercer año consecutivo. Sí, escribir “han hecho historia” sería una temeridad porque es evidente que este equipo campeón aspira a seguir engordando su leyenda.




    Ninguno de los entrenadores de los equipos no clasificados para la Copa apostó por un Madrid campeón en el pronóstico previo al evento. Yo, tampoco. Menuda panda de ilusos, servidor el primero, que soy el que menos conocimientos poseo. Este Real Madrid de Laso ha cimentado el 11º mandamiento, un imperativo que en caso de no cumplir a rajatabla provocará un inmediato descenso a los infiernos. “No dudarás”. Un mandamiento que queda grabado para siempre a sangre y fuego en la frente de todos los que sentimos pasión por este maravilloso deporte llamado baloncesto.
    
     Yo veía esta Copa muy abierta, muy equilibrada, muy ajustada. Con margen por fin para las sorpresas después de más de un lustro de tiranía de los equipos más grandes. Ni Barcelona ni Valencia aterrizaron en A Coruña en su mejor momento, por lo que me la jugué por Baskonia, un equipo que me está enamorando en el Top 16 y con enormes cualidades para competir durante 3 días de máxima exigencia. Sergio Llull, en un par de minutos mágicos, se encargó de dinamitar las opciones baskonistas de volver a reinar en el torneo copero. Llull, el ídolo del madridismo. Un ganador impenitente.




    Sí, definitivamente este Real Madrid es un equipo ganador. Muy ganador. Insultantemente ganador. Porque esta vez ha levantado el título lejos de su mejor nivel. De los jugadores que forman la plantilla merengue, considero que sólo 3 exhiben ahora mismo su versión más completa: Gustavo Ayón (estratosférico), Jonas Maciulis y KC Rivers. Podría incluirse en esa remesa Jaycee Carroll, aunque con matices. Pero si analizamos fríamente la cuestión, actores capitales como los Sergios, Felipe o incluso Nocioni no muestran en este primaveral febrero su mejor baloncesto. ¡Y sin Rudy, ojo, un jugador decisivo en ambos lados de la cancha! No importa porque son ganadores. Se han acostumbrado a ganar. Saben cómo ganar. Saben cuándo ganar. Y lo hacen. Porque esta Copa la comenzaron a cimentar en Sao Paulo, allí se celebró una reunión en el vestuario para acordar llegar lo mejor posible al Coliseum de Coruña. Valencia Basket ha ganado 32 partidos y ha perdido sólo 5. El Real Madrid ha ganado 28 y ha perdido 13. Insisto, sabe cuándo ganar. Un argumento que sirve también para la Copa de Europa.




    La Copa 2016 es un éxito gigantesco para un grupo que ha conseguido paliar el escaso impacto de jugadores como Ndour, Thompkins o Taylor. Mérito infinito para los pesos pesados del vestuario. Y también para los dirigentes, que en su momento supieron ver que los Rivers, Nocioni o Maciulis ganan más campeonatos que partidos. Y eso en el baloncesto de élite no tiene precio. Pablo Laso acaba de conquistar su 11º título, los mismos en 4 años y medio que la sección en los 5 lustros anteriores. Pablo Laso y sus muchachos han alzado su 4ª Copa en 5 años, cuando antes de llegar él al banquillo el último título copero databa de 1993. “No dudarás”. Porque mientras incumples ese sagrado mandamiento, existe un equipo legendario que se sabe de memoria, venda en los ojos incluida, el camino a la Comunidad y el Ayuntamiento. Porque son ganadores como la madre que los parió. 




lunes, 23 de febrero de 2015

UN EQUIPO GANADOR


 Hace 2 meses escribí un artículo en este mismo blog ("Callejón sin salida"). Los periodistas, aunque a veces tengamos fobia a las disculpas, nos equivocamos a menudo. Diría incluso que más que los demás porque en muchas ocasiones cometemos el error de abrazarnos a diagnósticos y predicciones absolutas. Por eso considero necesario enlazar aquel artículo antes de utilizar el bisturí para armar éste. Yo, en aquel texto, me equivoqué. Erré porque jamás pensé que el Real Madrid se fuera a levantar tan pronto, ni que fuera capaz de exhibir este gran nivel en 2015. Atisbaba evidentes síntomas de agotamiento en el proyecto, pero jugadores y entrenador me han demostrado que estaba equivocado. Porque el Madrid ha ganado la Copa. Pero no sólo eso, sino que ha conquistado el trofeo sacando su vena ganadora, su etiqueta de grupo competitivo. El Real Madrid de hace 5 años, o 6, o 10 siempre hubiera perdido una final con este guión.
     
 Nunca me he escondido, siempre he transmitido mi admiración y reconocimiento por el trabajo de Pablo Laso, a menudo debatiendo con muchos de vosotros que le tenéis cogida la matrícula. Lo que contamos durante el verano y refrescamos en Navidad está ahí, no se ha evaporado con los 2 nuevos títulos que adornan las vitrinas del estadio Santiago Bernabéu. Lo contado, contado está. Y son verdades como puños. Pero el que escribe pensaba que en ese escenario a este equipo le costaría mucho levantar el vuelo. Me han callado la bocaza, un zas en toda regla. Laso suma y sigue. Séptimo título, 11 finales de 14 posibles, 2 subcampeonatos europeos y ojo, para mí lo más importante, un baloncesto hermoso que será recordado por todos los amantes de este maravilloso deporte. No sé si este Real Madrid debería ganarlo todo. Lo único que sé es que el anterior, y nos remontamos a varios lustros, ganaba muy poco. Y hasta le costaba llegar a la última recta. "Lo que me deja satisfecho es demostrar que llegamos a las finales, que somos un equipo que compite siempre. Eso es lo importante porque en el deporte no se puede ganar siempre". Lo dijo el técnico vitoriano con la Copa de campeón entre sus manos. Qué razón tiene.




  Quizás le cueste reconocerlo, pero Laso también ha sido más Laso en los últimos tiempos. Porque en un equipo de Laso siempre jugará un Slaughter. Antes no aparecía, ahora sí. El "cotonou" con pasaporte de la República Democrática de Masacre es un virus que contagia rápido y se propaga por la pista, por el vestuario y por la vida. Qué importantes son esos actores en un equipo de baloncesto. Energía, actividad, compromiso, huevos. Fundamental sin ni siquiera mirar a la cesta. El Madrid ha llegado a la Copa en el mejor momento de la temporada. Rudy en su versión crack, Chacho con su varita inoculada por la magia, Felipe como toda la vida, Llull con su etiqueta de ganador incrustada con clavos en el alma. Y luego dos tipos que han sido capitales en el triunfo merengue.

  Gustavo Ayón y Andrés Nocioni. Soberbio el torneo del mejicano, que cuajó una final sobresaliente, acercándose al factor diferencial para el que fue contratado por su equipo sobre la bocina. Heroico Andrés Nocioni, el hombre que más fotografías y sonidos dejó en la tarde grancanaria. Jugó cojo, con el tobillo como una bota y con más energía que una bomba letal. Tapones de póster, alaridos de bestia, apretones de dientes para soportar el dolor. El Chapu celebró el título como si fuera el primero... o el último. Ser un ganador es ser Nocioni. El Madrid lo fichó para esto, para que fuera determinante en 4 ó 5 veladas señaladas. En la primera no ha fallado. "Respecto a mi lesión en el tobillo sólo le pido a mi mujer que estos días me permita descansar y no me deje a los niños", decía tras la final en Onda Madrid con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en los labios. El deporte necesita "piraos" como este tipo. Qué bendición.



   
  El Madrid ha levantado los dos títulos oficiales del curso 14/15. Y el de Copa lo celebró por todo lo alto, como debe ser, huyendo de esas fiestas funcionariales de muchos equipos que ya han triunfado demasiado. Los blancos apretaron la tecla de la unión y la solidaridad en aquel cercano (y lejano) último partido de 2014 perdido en el Carpena. A pesar de la derrota, los jugadores dejaron Málaga convencidos de que habían enderezado la nave hacia la ruta correcta. Ahora toca atizar a Xavi Pascual, olvidando una vez más que el deporte casi siempre son pequeños detalles. Esta vez Navarro (se apaga su incombustible luz) la falló y el genio canario la metió. Pudo ganar cualquiera porque son dos equipazos, pero la gloria se la llevó el Madrid. Jugadores como Felipe Reyes y Sergio Llull (-9 en la final) "¿Sólo? Dentro de la pista tenía la sensación de que era mucho peor", se reía a carcajada limpia tras el partido, llevan impresa a fuego la obsesión de la Copa de Europa. En Madrid, en mayo. Quizá otra vez con el Barça en el camino. Dos equipos ganadores que han demostrado muchas veces que se saben levantar. Este Real Madrid lo ha hecho. Y eso tiene mucho, muchísimo valor. 



lunes, 10 de febrero de 2014

ÍDOLO DEL MADRIDISMO



     El baloncesto es hermoso. Jodidamente hermoso. Tan hermoso que un ser humano puede pasar de la mayor de las euforias a la más cruel de las tristezas en apenas un segundo. O de una congoja inefable a una de las mayores alegrías de su vida. Ese ser humano puede ser Llull, Oleson, Sergio Rodríguez, Papanikolau, un berserker, el aficionado que luce una camiseta del Barça en el palco situado justo detrás de la posición de las radios, Hugo López, Bartomeu o ese seguidor merengue que vive en la calle Menéndez Pelayo de Madrid. Todos a la vez, todo en un segundo. Eso es el baloncesto, un deporte sencillamente acojonante.

     El baloncesto es radio. Ayer tuve el privilegio de narrar la final a través de las ondas. Lo hice al lado de mis compañeros de Catalunya Radio. Yo 1, ellos 5. Os va a parecer una gilipollez, pero desde el 12 de enero de 2012 y hasta que el capricho quiera, yo sigo sintiendo en cada narración el calor y las vibraciones de mis compañeros, los que me enseñaron que era posible hacer de la Copa del Rey de baloncesto el plato principal (y muy sabroso) de una programación radiofónica. La radio es la leche. Tú narras para los oyentes, los únicos imprescindibles en este show. Muchos de los míos son del Madrid, muchos de los de Catalunya Radio son del Barcelona. Ellos se desgañitaban con la remontada, nosotros trasmitíamos la frustración de un último minuto inefable. Una cesta lo cambió todo. En 1987 fue justo al revés, con el triplazo de Solozábal. Eso es la radio, eso es magia pura, eso son sensaciones que recibe el oyente... y que el baloncesto regala a todos los que somos fanáticos de este bendito deporte.
 
 
 
 
     Escribo esto de vuelta a Madrid en el tren mientras repasó crónicas, periódicos y fotos. Me encanta hacerlo, se aprende mucho de otros compañeros que tienen el enorme talento de plasmar con lucidez en unas cuantas líneas una final histórica. El objetivo de brillantes fotógrafos captó justo el momento en el que la bola sale de la muñeca de Llull. Tensión máxima en cada hincha, en cada jugador, en cada técnico... en cada corazón. El tiempo de detiene. La gloria o el fracaso. La fiesta o el funeral. Todo eso en un segundo y medio, lo que tarda la pelota en taladrar la canasta rival. Busquen otra cosa ajena al deporte que sea capaz de condensar tantas emociones, tantos sentimientos, tantos nervios en una sola acción. BA-LON-CES-TO, sin más.

     Qué pedazo de partido, que grandioso duelo entre dos bestias. Enorme el Barcelona con superávit de orgullo y de pizarra. Quizás un simple chispazo de Navarro le hubiera válido al cuadro azulgrana para campeonar, pero las leyendas también ejecutan actuaciones deficientes. El Barça remontó lo que tenía perdido y terminó llorando a lágrima viva la cesta herreriana de Llull. Algún día, en algún partido, me salió de forma espontánea lo de "ídolo del madridismo" para definir a Llull. Para lucir la difícil etiqueta de ídolo es necesario conectar con la gente. Llull acelera, corre, salta, grita, gesticula, se sube a la mesa de anotadores, provoca ese grito desgarrado de "Llull, Llull, Llull" cada vez que clava un triple. "Ídolo del madridismo". Creo que le queda bien. Después de su canasta ganadora sobre la bocina esa denominación ha pasado a ser eterna. Su hinchada no lo olvidará jamás... como no olvidan la cesta de Herreros en Vitoria. Y como los culés guardan en el alma la de Solozábal en Pucela hace 27 años. 

 

     Me imagino a Llull esta noche, sentado en el sofá de su casa, con un cansancio infinito, con el ordenador encima, dándole al play y reviviendo la última jugada. Esa sonrisa de satisfacción, ese gusanillo en el estómago, esa vanidad privada de pensar "soy el puto amo". Esa veneración para siempre de sus aficionados. Saber que has hecho historia, que de tu muñeca salió aquel balón que reventó la gran final de la Copa del Rey en la última respiración. El culpable de los abrazos del banquillo, de la desolación rival, de los alaridos de decenas de locutores de radio, del cabreo de muchos aficionados, de la euforia de muchos otros, de la boca abierta de los que ven la final por la tele, del mosqueo de Pascual con Papanikolau, de la incontenible alegría del utillero Óscar, de los directos del gran Nacho Jouve, del recuerdo para toda la vida de un partido del que siempre presumiremos los enfermos de este maravilloso deporte. Todos hemos soñado algún día con encestar una canasta ganadora en el último segundo. Sergio Llull lo ha conseguido. "Siempre las fallaba, siempre las fallaba", gritaba a garganta viva delante de la cámara de TUBASKET un segundo después del bocinazo final. Palabra de ídolo. Del ídolo del madridismo. 
 
 

lunes, 3 de febrero de 2014

8 ACTORES VIAJAN AL SUR


     Damas y caballeros, ya está aquí la Copa del Rey, esa cita anual que agita las entrañas de los fanáticos del baloncesto. Esta vez este hermoso torneo viaja a Málaga, esa ciudad en la que nunca hace frío, en la que nunca falta pescadito y en la que pasear junto al mar limpia el espíritu y purifica el alma. 8 equipos, 8 hinchadas. 7 soberanos partidos de baloncesto. Sabéis que siempre me gusta dedicarle unas líneas a este gran evento. En este 2014 me descanto por hablar de los 8 jugadores que quieren reventar esta Copa. Vamos con los 8 actores que viajan al sur para que se hable mucho de ellos.
 

1. REAL MADRID. Sergio Llull. El ídolo del madridismo, el pulmón, el que después de cascarse dos triples consecutivos para enterrar al Maccabi grita desencajado "Esta es mi casa, esta es mi casa". El jugador que más minutos disputa por partido en este Real Madrid llega pletórico al primer título grande de la temporada. Su bache está superado. Ve el aro como un barreño de pueblo, hace de las penetraciones una labor cotidiana, defiende como un animal y contagia su raza a compañeros y aficionados. Sergio Llull, un firme aspirante al MVP.

2. VALENCIA BASKET. Romain Sato. Aquí quizás habría que elegir a Justin Doellman, o incluso al mismísimo Velimir Perasovic, el artífice de la gran campaña que está ejecutando el cuadro taronja.  Plantilla muy amplia, con roles muy definidos y con un nivel muy alto, sin duda. Pero me quedo con mi debilidad, con ese tipo que llega desde uno de los países más pobres del planeta, la República Centroafricana. Es imposible no idolatrar a este crack que esconde su dura trayectoria personal detrás de cestas, rebotes, faltas provocadas y una manera de defender escandalosa. Ojo con este bicho. Es capaz de todo.

3. BARCELONA. Kostas Papanikolau. Soy de los que piensan que el Barcelona necesita a un gran Marcelinho para aspirar a la final. Pero el griego me flipa. Clave en las dos Copas de Europa que levantó Olympiacos, este actor de apellido impronunciable está culminando su adaptación a un nuevo equipo y a un nuevo rol. Sobrado de carácter, desafía a la cesta sin miedo y enchufa de 3 cuando es necesario. En una lejana e hipotética final contra el Madrid sería pieza clave para atacar las escasas debilidades de la escuadra merengue. De Kostas mola todo, empezando por su apellido.
 
 
 
 
4. UNICAJA. Jayson Granger. Stimac y Dragic se están saliendo; Suárez, Toolson y Caner-Medley se abrazan demasiado a la irregularidad. Así que nos quedamos con Granger, que ha ido de más a menos pero tiene señalada con rotulador esta cita en el calendario. Su equipo necesita su gran defensa, sus penetraciones y sus triples imposibles para avanzar lejos en su torneo. Jay contará con el apoyo del publico que está vez sí llenará el Martín Carpena. Actor a seguir en un equipo muy coral y con pocas concesiones a las individualidades.

5. GRAN CANARIA. Ben Hansbrough. Tavares se mueve como los ángeles en las alturas, Nacho Martín es la bomba y Brad Newley ya la lió hace un año en Vitoria. Pero mi actor elegido es Ben Hansbrough. Ojito con el americano que si engancha una buena racha en el tiro puede llegar a asustar al todopoderoso y (casi) inabordable Real Madrid. Una desafortunada lesión lo frenó en el amanecer del curso, pero ya está de vuelta para jugarse siempre las bolas calientes. Señálenlo con una X bien grande, por favor.

6. CAI ZARAGOZA. Viktor Sanikidze. Poder georgiano. Shermadini y Sanikidze, tanto monta, monta tanto. Son muy diferentes, pero ambos tienen un peso brutal en la escuadra maña. Shermadini suma más en la tarjeta de estadísticas, pero me quedo con su paisano Viktor porque exhibe cualidades que van más allá de lo tangible. Solidario, buen defensor, generoso en ataque... y compañero ideal para acudir a cualquier batalla. Incluso a esta durísima que les espera contra el anfitrión de la Copa del Rey.
 
 
 
 
7. BASKONIA. Andrés Nocioni. ¡Cómo admiro a este tipo! Como siempre dice mi hermano de Radio Vitoria Rafa Muntión, el Chapu es ahora medio Baskonia. Tira del carro, tira del grupo, tira del equipo, tira de la hinchada... y también tira a canasta de fábula. Ganador de fábrica, sus extras son la gran experiencia en este tipo de campeonatos y la necesidad de gritar que su equipo necesita volver a estar entre los mejores. A Nocioni no le arruga ni  siquiera el terrorífico cuadro que le ha tocado en ¿suerte? al Laboral Kutxa. Viernes, sábado y domingo. Valencia, ¿Barcelona? y ¿Real Madrid? Jamás cometan la temeridad de dar por muerto a este extraterrestre.

8. TENERIFE. Ricardo Úriz. Claro que estaría aquí Blagota Sekulic, pero Obradovic ha lanzado la caña con muchas liras turcas como cebo, y jugador y club canario han soltado el pez gordo encantados. Baja capital para el Tenerife en la Copa, pero lo cierto es que su trofeo ya está ganado con su meritoria clasificación para la cena de gala. Ricardo Úriz o Alejandro Martínez. Un base anotador, asistente y dulce en el juego o el entrenador milagro de la isla, el coach que ha hecho realidad todos los sueños laguneros. Venga, yo elijo al que se viste de corto, que seguro que se lo pone muy complicado al Barcelona.

 

miércoles, 8 de enero de 2014

LA COMPARACIÓN MÁS ATREVIDA


     No sé si este artículo que comienzo ahora será malo o regular, pero lo que es seguro es que incluso antes de nacer es una idea atrevida. Voy a comparar, así sin anestesia, el Real Madrid de Pablo Laso y el Barcelona de Pep Guardiola. Ayer le pedí a mi socio Jesús Ruiz que me echara un cable con la fotografía (yo soy un tarugo y él no) y me dijo: “Menudo kilombo vas a montar con ese artículo”. Intuyo que esta comparación no os agrada ni a merengues ni a culés, pero quizás desde un análisis frío compartáis mi certeza de que ambas escuadras se parecen. Sobre todo en lo más importante, porque más allá de los resultados, aquel Barcelona y este Real Madrid son una inyección de optimismo y diversión para el deporte.
     Pep Guardiola conquistó 14 títulos en 4 años. Desde lo más grande, 2 Copas de Europa, hasta lo más pequeño, 3 Supercopas de España. Pablo Laso cumple su tercera temporada en el Madrid, con un balance en dos años de 1 Liga, 1 Copa del Rey y 2 Supercopas. Es una tendencia más cercana de lo que parece, ya que en baloncesto los clubes no pueden aspirar a entorchados como la Supercopa de Europa o el Mundial de Clubes, ambos conquistados por Pep en su proyecto barcelonista. El curso pasado el Madrid acarició la Euroliga y esta campaña se postula como claro candidato a conquistar todos los títulos en juego. ¿Logrará el entrenador vitoriano levantar el mismo número de trofeos que Guardiola?
     Pep dirigió 246 partidos desde el banquillo azulgrana, con 178 triunfos, 47 empates y sólo 21 derrotas. Un registro bárbaro que conduce al 72% de victorias. Pablo Laso se ha sentado hasta la fecha 149 veces en el banquillo merengue, con un registro victorias-derrotas de 123-26, es decir, un 82 % de éxitos (en basket no hay empates, matiz importante). Un balance soberbio que alimenta este mismo año, en el que su equipo aún no conoce cómo sabe perder (27-0 en partidos oficiales). Sé que son deportes muy diferentes y que en baloncesto el calendario está más saturado, pero al final son dos trasatlánticos que pelean por lo mismo: ganar cada partido que jueguen. Es curiosos comprobar cómo los guarismos son bastante similares.
 
 
     Bien, llegados a este punto tiremos la calculadora a la basura (¡qué alivio!) y hablemos de sensaciones, de corazón, de sentidos, de pasión. Tanto el Barcelona de Guardiola como el Real Madrid de Pablo Laso son una oferta de ocio, más allá de los colores que defienda cada hincha. Ambos superan con creces el reto de ganar, jugar bien y bonito. De enganchar a propios y provocar la admiración y envidia (no siempre sana) de extraños. De llenar recintos deportivos propios y ajenos. De provocar líneas y líneas de páginas deportivas en los periódicos, aquí y más allá de las fronteras. De llamar la atención de todos. De congregar a una parroquia amplia delante de la televisión. De ENAMORAR, una palabra que es bestialmente hermosa cuando se asocia al deporte. Aquel irrepetible Barcelona de Guardiola es uno de los mejores equipos de la historia del fútbol. Este Real Madrid de Pablo Laso quizás sea ya el mejor en la historia del club y, títulos mediante, asaltará en breve el olimpo de escuadras inolvidables del deporte de la cesta. Insisto. Ambos proyectos guardan muchas similitudes, todas ellas buenas.
       Porque disparando la imaginación Iniesta podría Sergio Rodríguez: imaginación, talento, desparpajo, solidaridad, hacer mejores a los demás. Pedro podría ser Llull: velocidad, verticalidad, cambios de ritmo, cohetes, agitación en la tribuna. Felipe Reyes encuentra su doble en Busquets: equilibrio, colocación, defensa y ataque, brega, etiqueta eterna de siempre en mi equipo. Y quizás Rudy sea como Alves: indiscutibles, cancheros, dolor de cabeza para el rival, ofensivos... y hasta con ese puntito de teatro que desespera al rival. Darden podría ser Mascherano: hacer de todo y hacerlo bien. Y seguramente Mirotic sea como Messi: los fuoriclasse, los mejores, los desequilibrantes, los ambiciosos sin límites, los de mirada asesina, los números 1.
     El deporte es lo mejor del mundo porque permite cosas como esta, que un pirao como yo con un café delante se permita el lujo de comparar dos secciones tan diferentes de los rivales más encarnizados del mundo… y en dos épocas distintas. ¿Un sacrilegio? Si es así, házmelo saber, por favor.


lunes, 21 de octubre de 2013

GANAR Y ENAMORAR


     En el deporte ganar es muy difícil. Mucho, muchísimo. Incluso para los mejores equipos, para los que gozan de más recursos, para los más poderosos. Degustar el  sabor de la victoria requiere meses de trabajo, de dedicación, de saber digerir los tropiezos, de cambios de humor, de constancia… incluso de suerte, un factor decisivo en cualquier competición deportiva. Ganar es muy difícil. Ganar y enamorar es casi imposible. Sólo unos cuantos equipos han conseguido mezclar en la misma frase el triunfo y el amor. Equipos que han ocupado una o varias páginas en los libros de historia. Hoy y ahora hay un grupo de profesionales que lo está consiguiendo: el Real Madrid de baloncesto.  

     Este Real Madrid, el de Pablo Laso, gana y enamora. Suma 5 triunfos en otros tantos choques oficiales, ya con un título incluido, la Supercopa. Un trofeo que ha revalidado el técnico vitoriano, que todavía en el amanecer de su tercer curso como boss suma además una Liga, una Copa y un subcampeonato de Europa. Basta con acudir al bagaje de los últimos 15 años para darse cuenta de que ha sido Pablo Laso el que ha devuelto la etiqueta de ganador a un equipo que la había perdido después de suculentos banquetes durante décadas y décadas. El Madrid ha ganado mucho durante su historia. El Madrid había ganado muy poco en los últimos lustros. Pablo Laso está invirtiendo una tendencia que apunta a un cortoplacismo con más éxitos.

     Ganar. Una palabra, cinco letras que incluyen un manual de teorías, de sensaciones, de caminos, de sistemas, de apuestas. Para un deportista ganar lo es todo. Para un actor de un equipo que aspira a títulos ganar es abrazar la Gloria, perder el control, sonreír hasta que el siguiente reto te invada el alma. Ganar es un destino. Llegar a ese destino ya es en sí mismo un éxito. Pero no todos los caminos son iguales. Este Real Madrid ha elegido la senda más difícil, la más abrupta, la que despierta más críticas, la que nunca acaba de convencer. La del amor. Enamorar nunca es fácil, pero si lo consigues la satisfacción del receptor es infinita. Enamorar es ser feliz y hacer felices a los demás, en este caso a los aficionados de tu equipo… y a los aficionados al baloncesto en general, como éste que escribe. Si consigues enamorar tu huella permanece, ya nunca te van olvidar. “¿Te acuerdas cómo jugaba al baloncesto aquel equipo de Pablo Laso?”, recordarán los basketmaniacos dentro de unos años.
 
 
 

     El Real Madrid enamora con el interminable talento del Chacho, el orgasmo triplista de Carroll (ya sabéis, Yeisi es amor), la explosividad de Llull, los mates en el cielo de Rudy, los saltos de Slaughter, el posteo de Darden, la mala leche de Borousis, los robos del ladronzuelo Draper, la báscula del Monarca Felipe y la seda de Mirotic. Hasta los recién llegados Mejri y Díez se están acoplando a una maquinaria que no chirría en ningún momento del proceso. Porque todo lo anterior junto es una bomba. Enamorar es sentarte en la butaca y asistir a la sociedad Sergio-Rudy. Pero enamorar también es flipar con 3 defensas seguidas en las que el rival ni siquiera puede lanzar a canasta. La gran virtud de Pablo Laso es haber organizado de forma coral el inmenso talento que atesora su plantilla. Eso no es otra cosa que formar un EQUIPO, con mayúsculas.

     La memoria es corta. Y en el deporte, la memoria es tan corta que algunos ni se acuerdan de lo que pasó hace 5 minutos. Pues hace 5 minutos Pablo Laso estaba muy cuestionado. Fuera y dentro. Tengo la convicción de que si el Madrid no hubiera alzado el título liguero, el entrenador no hubiera continuado. De hecho, he de pensar que sigue cuestionado cuando finaliza contrato en 8 meses y la sección ni siquiera se ha acercado a él para tantearle con su renovación. Laso cobra poco dinero, Laso estaría encantado de continuar su proyecto más allá de cuestiones económicas… pero necesita recibir la fuerza y el apoyo de los que mandan. Laso se podría haber marchado este verano pagándole al Real Madrid una cantidad casi insignificante. Laso decidió quedarse a pesar de que le llenaban la cartera de billetes en Turquía y en Rusia. Y su Real Madrid sigue ganando… y enamorando. Todos en la sección son conscientes de que este grupo de jugadores tiene una gran oportunidad de hacer historia, de levantar títulos, incluso de conquistar la tan anhelada por los hinchas novena Copa de Europa. Los jugadores saben que son muy buenos y que se ha ensamblado un proyecto con pocos límites. Todos los actores se encomiendan al triunfo, pero también al amor. Ya sabéis, GANAR Y ENAMORAR. Laso regala amor en forma de baloncesto. De momento, el que debería de ser su principal pretendiente, el club, le regala una colección de calabazas. La victoria y el amor no sirven para firmar la renovación ¿Por qué?
 
 

lunes, 11 de febrero de 2013

MALEDUCADOS, PALETOS Y BASKETMANIACOS


                 
     Nuestras vidas serían mejores si fuéramos capaces de respetar los sentimientos y las creencias de los demás. Hemos alcanzado un punto de extremismo en la sociedad que agudiza la exaltación de lo nuestro (saludable en muchas ocasiones), pero también la intolerancia con lo de los demás (indefendible). El respeto por los demás es sagrado, innegociable. Nuestra libertad de expresión finaliza cuando faltamos el respeto a otras personas.
   
     Muchos estaréis pensando a cuento de qué viene está parrafada. El origen está en un partido de baloncesto, la Final de la Copa del Rey disputada ayer en Vitoria entre el Barcelona y el Valencia. Los que estuvimos presentes en el Buesa Arena tuvimos que asistir a otra exhibición de mala educación absolutamente vergonzante. Entiendo (soy un español más) los abucheos o silbidos a Su Majestad el Rey o al Ministro de Educación José Ignacio Wert. El pueblo tiene derecho a expresar su descontento, rabia y censura hacia las actuaciones de los miembros de la Monarquía o los representantes del Gobierno de turno, sólo faltaba. Y mucho más en los tiempos que corren, en los que el ciudadano está siendo maltratado, humillado y hasta orinado por decenas de cargos públicos. Una desaprobación hecha desde el respeto dice mucho de la persona que la lleva a cabo. Si encima la aliña con una dosis de humor (“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, atronaba ayer el pabellón vitoriano) sólo puedo quitarme el sombrero (yo uso uno de copa) ante esos actores del inconformismo.
      
     Pero no todo vale. Abuchear un himno es intolerable. Y además es una paletada o paletería, ambas palabras aceptadas por la Real Academia de la Lengua. Porque la palabra “paleto”, a pesar de que muchos la han querido utilizar para atizar a la bendita gente de los pueblos, hay que atribuirla a la personas que no saben respetar los cánones sociales. Por ejemplo: Madrid, la ciudad en la que vivo y en la que nací, está repleta de paletos. Y Barcelona. Y Valencia. Y Sevilla. Y cualquier gran ciudad. Pero paletos para regalar, irrespetuosos hasta el agotamiento, tontos por doquier. Pues eso, estábamos en que silbar y abroncar la interpretación es una inmensa paletada.
     
     Nadie puede obligar a sentir un himno. Ni el español, ni el catalán, ni el alemán, ni el gabonés, ni el neozelandés, ni el del barrio de Carabanchel. Ni siquiera el precioso himno que sonaba en el pueblo de mi madre para clausurar las desaparecidas fiestas patronales. Pero los himnos hay que respetarlos porque de esa manera respetamos los sentimientos de los demás. Esos sentimientos son sagrados. Siento asco cuando acudo a un partido de fútbol entre España y Francia y un grupo de hinchas de la Selección silban La Marsellesa. Un orgasmo “paleteril” asqueroso. Entiendo que alguien pueda extender una bandera independentista durante la interpretación del himno, pero jamás aprobaré que se “vomite” sobre los sentimientos de las personas, sean cuales sean. Ayer volvió a ocurrir. En Vitoria, donde se vieron banderas de apoyo a los presos de ETA en un escenario que lleva el nombre de un hombre asesinado por la banda terrorista.




     Tanto hablar de maleducados y paletos me está costando que el humeante café que tengo entre mis manos me esté cayendo mal en el estómago. Así que voy a finalizar este artículo hablando de basketmaniacos. Siempre he defendido que todo lo que rodea al baloncesto es más sano, más normal, más bello que el entorno de otros deportes con más seguimiento, como el fútbol. Pero me duele comprobar que de un tiempo a esta parte (ocurre también en las Copas del Rey de basket) se están colando elementos “futboleros”, sobre todo en las gradas. La rivalidad es estupenda, divertida y necesaria, pero el comportamiento de algunos hinchas con los aficionados del Real Madrid roza la vejación. Ayer sentí rabia cuando una minoría abucheó a unos niños de 13 y 14 años simplemente por vestir los colores del conjunto blanco. Los campeones de la MiniCopa, sean del equipo que sean, merecen el cariño, el calor y el aplauso de un pabellón volcado con el baloncesto. Lo otro es insensible, patético y lamentable. Por eso me agradó comprobar que centenares de basketmaniacos, pertrechados con símbolos del Baskonia, del Valencia, del Gran Canaria, del Bilbao Basket, y hasta del Estudiantes y del Barcelona, se pusieron en pie para arropar a los chavales y contrarrestar el papanatismo de los que poseen superávit de tontería. Larga vida a estos basketmaniacos.

     PD. Yo estuve allí y tengo la certeza y la convicción de que la gran pitada no fue para los chavales, sino para el Ministro Wert. Estoy seguro.

martes, 5 de febrero de 2013

UNA COPA QUE ME AGITA LAS ENTRAÑAS


     Año 2003. Ahí fue cuando empezó mi idilio con la Copa del Rey de baloncesto. Sí, hace ya una década tuve el privilegio de cubrir por primera vez como periodista un evento incomparable. Por eso utilizo la palabra “idilio”. Antes había asistido y visto muchos torneos como espectador, pero la inyección de adrenalina que supone trabajar en lo que te enamora no tiene parangón. Hacer una Copa del Rey para la radio supone un subidón incontrolable. Pasión pura, felicidad. Incluso mi amigo Rafa Muntión, de Radio Vitoria, que ya hacía Copas cuando no había nacido ni Querejeta, siente una gran alegría cada vez que llega el mes de febrero.
      Aquella Copa de 2003 se celebró en Valencia. Recuerdo que Real Madrid y Estudiantes cayeron a las primeras de cambio, lo cual para un locutor que trabaja en una radio de Madrid es una pésima noticia. Me llevé una gran decepción por no poder transmitir emociones a nuestros oyentes merengues y colegiales. Pero ya entonces conecté con la magia inefable de una competición espectacular, inigualable. Disfrutas de partidazos, compartes días (y noches) con 8 aficiones entregadas al basket (y a la noche), conoces a compañeros que luego se convierten en amigos, alimentas tu pequeño gran cajón de historias periodísticas, recibes el cariño de todos los empleados de la ACB y hasta te reencuentras con personas que aprecias pero que sólo ves una vez al año. Así ha sido durante la última década en Valencia, Sevilla, Zaragoza, Madrid, Málaga, Vitoria, Madrid, Bilbao, Madrid y Barcelona. Así será esta semana en Gasteiz, una de las ciudades más hermosas de España.

      
     10 años dan para mucho. He ido a la Copa sólo, 5 días trabajando a destajo con ese cansancio que se convierte en medicina y que no te permite parar. He ido a la Copa como miembro de un equipo amplio de profesionales, cuando mi “padre” José Luis Poblador preparaba un despliegue completo que, por cierto, le salía gratis a los madrileños, ya que los gastos se cubrían con el apoyo de unos patrocinadores a los que estaré agradecido eternamente. Cuando vas en grupo la Copa no son unos cuantos partidos. La Copa se convierte en viajes largos, reuniones, programas especiales, prisas, gestiones imposibles, risas, desayunos de amistad, comidas deliciosas (no sólo por las viandas, que también), balances… y casi siempre la satisfacción del trabajo bien hecho (aunque mejorable, ¡eh!). Esta vez me toca ir a Vitoria con la única compañía de Ángel Silgo (gran técnico de sonido y gran tipo), pero os tengo que reconocer que ya echo de menos a Nacho Serrano, Poblador y Rosa Vara de Rey, con los que tantas aventuras he compartido durante los últimos años. Sin ellos, esta copa sabrá más amarga.
      Los que me conocen saben que soy algo mitómano respecto a los recintos históricos del mundo del deporte, ya sean estadios de fútbol o pabellones de baloncesto. Cada viaje tiene el aliciente de conocer un escenario nuevo o quizás repetir en aquel pabellón en el que disfrutaste como un “enano” haciendo radio, o en el que fuiste increpado desde la grada, o en el que asististe a una atmósfera de basket espectacular, o quizás en el que presenciaste una actuación estelar de aquel jugador irrepetible. Siempre que termino una transmisión, sea donde sea, me acerco al parqué y desde allí levantó la vista a la grada mientras pienso: “Disfrútalo, Blas, porque puede que sea la última vez que vengas aquí con un micrófono”. Así lo he hecho muchas veces en el Buesa Arena, el lugar que va albergar desde este jueves la Copa del Rey 2013. Así lo haré el próximo domingo a las 22 horas.
      Mi undécima Copa del Rey de baloncesto arranca con este texto plagado de emociones que he querido compartir con vosotros. Aquí no hablo de canastas, ni de jugadores, ni de éxitos, ni de decepciones, ni de defensas, ni de triples, ni de mates, ni de tapones. Aquí comparto emociones. Siempre me ha gustado que el corazón tenga galones en las letras, mucho más ahora que mi estado profesional (para mí el trabajo es una pasión, por lo que ocupa un lugar privilegiado en mi vida) anhela compañías, amistades y recuerdos. Os pido a todos que disfrutéis de esta Copa con pasión, con superávit de intensidad. Y sí os apetece, os espero en la radio, un lugar en el que trabaja a destajo la fábrica de los sueños. Porque 11 años después, la Copa me sigue agitando las entrañas.