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viernes, 2 de mayo de 2014

EL SHOW DE MASACRE



     Un día cualquiera, ni hace mucho ni poco, andaba éste que les escribe peleándose sin compasión con un parquímetro, sin compasión de él hacia mí, por supuesto. En esto que escucho una música cercana e inmediatamente después el sonido atronador del claxon de un coche. Levanto la cabeza y diviso a un bicharraco de más 2 metros, con gafas de sol y vehículo deportivo de alta gama, agitar los brazos mientras luce, como siempre, una gigantesca sonrisa. Un tío feliz, un tipo que detiene su coche en medio de la calzada justo antes de jugar un partido sólo porque le apetecía saludar a un conocido. Era Marcus Slaughter, un muchacho sencillamente cojonudo. Como este es un blog personal y no me caracterizo por la diplomacia, la definición que merece Marcus es la de un tío de puta madre.

     No conozco mucho a "Masacre", traducción literal al castellano de su apellido. Tengo por costumbre no dar mucho la brasa a los deportistas, entre otras cosas porque supongo que no les apetecerá. Las relaciones de cariño que han surgido han llegado siguiendo la siempre recomendable senda de la naturalidad. Con Marcus he coincidido en algunos viajes y nos hemos reído juntos en algunas entrevistas hechas dentro del vestuario del Real Madrid. Él sabe que le va a caer alguna pregunta en castellano, y por eso se pone en guardia, siempre con esa sonrisota contagiosa, siempre con ganas de compartir su felicidad. Los que hemos tenido la suerte de tratar con algunos deportistas de élite sabemos que existe mucha diversidad de caracteres y personalidades. Como la vida misma, vamos. Y si extendemos esta teoría a los jugadores americanos de baloncesto podemos usar el signo de multiplicación por 100. Algunos son auténticos marcianos.  
 
 
 
 

     No es el caso de Marcus Slaughter. Da gusto encontrarse con gente así por la vida. Jamás una mala palabra, jamás una mala cara. No es casualidad que sea una persona adorada por sus compañeros y por los empleados de la sección de baloncesto del Real Madrid. Su peso en el vestuario es grande y, más allá de su rendimiento deportivo (excelente defensor y espectacular en ataque), "Masacre" alimenta cada día la inercia ganadora de un grupo que por momentos parece imparable. El aporta toneladas de química, tened muy claro que eso siempre es decisivo (para bien) en el deporte de élite. Un motivo más para que la renovación de su contrato esté muy cocinada. Algo que hará muy feliz a su padre, un hombre tan o más simpático que su hijo. Detrás de esa sonrisa permanente y de unos labios inteligentes para saborear el buen vino, el papá de Marcus es un actor muy comprometido con la lucha contra el racismo (libro incluido). Un padre que sacó a su hijo del abismo cuando asesinaron de un disparo en el corazón a su hermano Jemall.

    
     No es un norteamericano al uso. Marcus es un negro que huye del hip-hop y prefiere abrazarse a la suave melodía de una guitarra, o incluso al rock. Sólo un rockero coge el petate, engancha un vuelo a Alemania y se convierte en el rey de Baviera en la fiesta de celebración del equipo de fútbol. Idolatra a Cristiano, pero con los que conecta de verdad son con Pepe y Ramos, que tiene celos de Slaughter por poder llevar un doble 4 a la espalda. No penséis en ningún momento que "Masacre" tiene afán de protagonismo. Él lo hace porque le sale así, porque es futbolero hasta la médula, y todavía más madridista que futbolero. Se siente un privilegiado por pertenecer al Real Madrid, juegue 1, 8, 15 o 30 minutos. Y quiere disfrutar del escudo y del club de los que está locamente enamorado. Jamás una mala cara. Así de sencillo, así de natural.
 
 
 

     Marcus Slaughter. El capo de las redes sociales, en las que transmite ese buenrollismo que lleva tatuado en el alma y en las que nos ofrece reflexiones futbolísticas más brillantes que las de cualquier analista. El contorsionista que exhibe su salto imposible antes de cada función. El hombre que cada día degusta un par de sabrosos bollos artesanos en una pastelería cercana al Valle de las Cañas. El tío que celebra irse concentrado con el equipo porque asegura que lo que encuentra en Valdebebas no existe ni en la mejor franquicia de la NBA. Nada más llegar al club se compró la camiseta de Kaká. Los que le visitan en su casa, como Draper, íntimos amigos, dicen que es imposible encontrar armarios más ordenados. Ordenado con su ropa y con su vida, ya que detrás de esa interminable energía sólo se esconden litros y litros de zumo de piña.

     Marcus Slaughter es el nuevo ídolo del madridismo, que reconoce su implicación con la causa con ovaciones tan especiales como la que recibió al salir a la cancha en el Real Madrid - Joventut. El show de "Masacre" continúa. Es imparable. Porque es un tío feliz. Y necesita compartir su alegría, regalar su show a todos los que quieren disfrutar con él. Es el presente que cada día quiere ofrecer a su añorado hermano Jemall.
 
 

lunes, 21 de octubre de 2013

GANAR Y ENAMORAR


     En el deporte ganar es muy difícil. Mucho, muchísimo. Incluso para los mejores equipos, para los que gozan de más recursos, para los más poderosos. Degustar el  sabor de la victoria requiere meses de trabajo, de dedicación, de saber digerir los tropiezos, de cambios de humor, de constancia… incluso de suerte, un factor decisivo en cualquier competición deportiva. Ganar es muy difícil. Ganar y enamorar es casi imposible. Sólo unos cuantos equipos han conseguido mezclar en la misma frase el triunfo y el amor. Equipos que han ocupado una o varias páginas en los libros de historia. Hoy y ahora hay un grupo de profesionales que lo está consiguiendo: el Real Madrid de baloncesto.  

     Este Real Madrid, el de Pablo Laso, gana y enamora. Suma 5 triunfos en otros tantos choques oficiales, ya con un título incluido, la Supercopa. Un trofeo que ha revalidado el técnico vitoriano, que todavía en el amanecer de su tercer curso como boss suma además una Liga, una Copa y un subcampeonato de Europa. Basta con acudir al bagaje de los últimos 15 años para darse cuenta de que ha sido Pablo Laso el que ha devuelto la etiqueta de ganador a un equipo que la había perdido después de suculentos banquetes durante décadas y décadas. El Madrid ha ganado mucho durante su historia. El Madrid había ganado muy poco en los últimos lustros. Pablo Laso está invirtiendo una tendencia que apunta a un cortoplacismo con más éxitos.

     Ganar. Una palabra, cinco letras que incluyen un manual de teorías, de sensaciones, de caminos, de sistemas, de apuestas. Para un deportista ganar lo es todo. Para un actor de un equipo que aspira a títulos ganar es abrazar la Gloria, perder el control, sonreír hasta que el siguiente reto te invada el alma. Ganar es un destino. Llegar a ese destino ya es en sí mismo un éxito. Pero no todos los caminos son iguales. Este Real Madrid ha elegido la senda más difícil, la más abrupta, la que despierta más críticas, la que nunca acaba de convencer. La del amor. Enamorar nunca es fácil, pero si lo consigues la satisfacción del receptor es infinita. Enamorar es ser feliz y hacer felices a los demás, en este caso a los aficionados de tu equipo… y a los aficionados al baloncesto en general, como éste que escribe. Si consigues enamorar tu huella permanece, ya nunca te van olvidar. “¿Te acuerdas cómo jugaba al baloncesto aquel equipo de Pablo Laso?”, recordarán los basketmaniacos dentro de unos años.
 
 
 

     El Real Madrid enamora con el interminable talento del Chacho, el orgasmo triplista de Carroll (ya sabéis, Yeisi es amor), la explosividad de Llull, los mates en el cielo de Rudy, los saltos de Slaughter, el posteo de Darden, la mala leche de Borousis, los robos del ladronzuelo Draper, la báscula del Monarca Felipe y la seda de Mirotic. Hasta los recién llegados Mejri y Díez se están acoplando a una maquinaria que no chirría en ningún momento del proceso. Porque todo lo anterior junto es una bomba. Enamorar es sentarte en la butaca y asistir a la sociedad Sergio-Rudy. Pero enamorar también es flipar con 3 defensas seguidas en las que el rival ni siquiera puede lanzar a canasta. La gran virtud de Pablo Laso es haber organizado de forma coral el inmenso talento que atesora su plantilla. Eso no es otra cosa que formar un EQUIPO, con mayúsculas.

     La memoria es corta. Y en el deporte, la memoria es tan corta que algunos ni se acuerdan de lo que pasó hace 5 minutos. Pues hace 5 minutos Pablo Laso estaba muy cuestionado. Fuera y dentro. Tengo la convicción de que si el Madrid no hubiera alzado el título liguero, el entrenador no hubiera continuado. De hecho, he de pensar que sigue cuestionado cuando finaliza contrato en 8 meses y la sección ni siquiera se ha acercado a él para tantearle con su renovación. Laso cobra poco dinero, Laso estaría encantado de continuar su proyecto más allá de cuestiones económicas… pero necesita recibir la fuerza y el apoyo de los que mandan. Laso se podría haber marchado este verano pagándole al Real Madrid una cantidad casi insignificante. Laso decidió quedarse a pesar de que le llenaban la cartera de billetes en Turquía y en Rusia. Y su Real Madrid sigue ganando… y enamorando. Todos en la sección son conscientes de que este grupo de jugadores tiene una gran oportunidad de hacer historia, de levantar títulos, incluso de conquistar la tan anhelada por los hinchas novena Copa de Europa. Los jugadores saben que son muy buenos y que se ha ensamblado un proyecto con pocos límites. Todos los actores se encomiendan al triunfo, pero también al amor. Ya sabéis, GANAR Y ENAMORAR. Laso regala amor en forma de baloncesto. De momento, el que debería de ser su principal pretendiente, el club, le regala una colección de calabazas. La victoria y el amor no sirven para firmar la renovación ¿Por qué?