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viernes, 18 de septiembre de 2015

UN DIOS DE 213 CENTÍMETROS

    
     He dejado pasar unas cuantas horas porque ayer estaba tan excitado que me sentía incapaz de ponerme a escribir. No creáis que ahora es muy diferente. Llevo todo el día leyendo prensa, viendo vídeos, escuchando narraciones de radio y sonriendo como un idiota. "Mamá, vente al salón a ver esto de Pau", le he gritado a la matriarca Blas después de meterme entre pecho y espalda un delicioso atún de 390 gramos. El tiempo pasa rápido y en ocasiones nos hace perder la perspectiva, pero me atrevo a afirmar que jamás había vivido antes como espectador un partido con tanta emoción como el de ayer.

     En 2015 el baloncesto no es como en 1990. Ahora es más difícil ver ganar a un tipo solo. A lo Jordan. A lo Petrovic. A lo Sabonis. Y ayer Pau ganó el duelo prácticamente solo. Sé que no lo hubiera hecho sin la colaboración del Chacho o la defensa de tipos como Llull, Felipe, Claver o Rudy, pero hacía mucho tiempo que no veía a un tío colgarse en la espalda la pesada mochila de  un equipo entero. Fue bestial, una de esas hazañas históricas que nos brinda el deporte cada ciertos años. Majestuoso, colosal, conmovedor, admirable. Lo tangible, lo intangible y lo gestual. Porque los gestos de Pau son muy importantes, desde su fachada escuchando el himno de España hasta sus golpes en el pecho tras reventar la cesta gala.

 

    
     El mate de Gasol. El tapón de Gasol. El gancho a lo Kareem Abdul Jabbar de Gasol. Otro mate de Gasol. La canasta cayéndose de Gasol. Los 40 puntazos (uno detrás de otro) de Gasol. Otro mate de Gasol. Los 11 rebotes de Gasol. Las 12 canastas de Gasol. Los 3 tapones de Gasol. Los 16 tiros libres de Gasol. ¡¡¡Otro mate de Gasol!!! Los golpes en el pecho de Gasol. Los gritos desgarradores de Gasol. Los saltos en la piña de Gasol. LA CARA DE LOCO DE GASOL. Fue el mejor partido en la carrera deportiva de Pau... y eso es mucho decir cuando hablamos de una figura de este calado.

     Pau es el líder más trascendente que ha tenido el deporte español en toda su historia. Y posiblemente sea, junto a su gran amigo Rafael Nadal, el deportista español más importante de todos los tiempos. Sus números traspasan la frontera de Marte, pero su relevancia social no se detiene ni en el más lejano planeta. Es cercano, humilde, respetuoso y con unos valores que los que amamos el deporte reverenciamos hasta la afonía. Su abrazo con Parker después de la batalla evidencia la bonhomía de un soldado que siempre respeta al rival.

     Estoy muy emocionado. El deporte forma parte de mi vida y el baloncesto me ha regalado emociones y sonrisas como profesional y como persona. Durante el partido le dije a mi mujer: "No sé si vamos a ganar o no, pero esto que estamos viendo es una de las grandes gestas del deporte español". Era flipante. Y ahí estaba Gasol, asumiendo el liderazgo golpe tras golpe, mate tras mate, defensa tras defensa, gota de sudor tras gota de sudor, kilogramo a kilogramo, grito a grito. Fue maravilloso. Y gracias a él hoy se habla de baloncesto en las calles, en los bares, en los colegios, en las redacciones de los medios de comunicación, en las peluquerías, en los supermercados. Ya sé que durará poco, pero que nos quiten lo bailao, demonios.

     Pau es gigantesco, un dios de 213 centímetros de altura. Lo grandioso de este bicho es que después de valorar 52 y abrazarse al Olimpo del baloncesto, coge el bicharraco y con toneladas de paz suelta delante del micrófono: "Sí, ha sido increíble, todo está muy bien, pero nosotros hemos venido a ganar el Eurobasket". Toma ya, con 2 cojones (con perdón). Un ganador incansable. Gracias a todos por hacernos felices. Gracias, Pau, por dejarnos disfrutar de una gesta para la historia. Eres una bendición para este país.


jueves, 27 de agosto de 2015

UN SORTEO DE CHAMPIONS


   Un sorteo de Champions da para mucho. Es como un gran partido, un acontecimiento indispensable que alimenta las emociones y los sueños de los hinchas. Los que están siempre en los bombos evitan que la costumbre les haga tomárselo como algo rutinario. Los que aparecen de vez en cuando renuevan su ilusión cada vez que la bola de su equipo ocupa el deseado espacio dentro del cristal. Y los que nunca están flipan, disfrutan, exprimen cada minuto del sorteo con la certeza de que es la primera vez... y la convicción de que puede ser la última.

   Piensa en tu equipo, si es que ha estado en el sorteo de la Liga de Campeones. Tu equipo, ese solo, como cualquiera de los otros, arrastra muchos y diferentes deseos ante la incertidumbre de un sorteo. Los jugadores, técnicos, dirigentes y empleados anhelan, ante todo, que el grupo no sea muy complicado, los rivales cuanto más asequibles, mejor y los viajes, si puede ser, cómodos y rápidos. Por su parte, los hinchas quedan encuadrados en deseos muy heterogéneos. Los que no suelen viajar prefieren seguramente lo mismo que el grupo anterior, pero los que gustan de desplazarse con su equipo dejan espacio para la mística, para ese estadio que no conozco y estoy loco por ver. Y también que el viaje sea lo más barato posible, para meterme en Ryanair en cuanto Infantino me dé permiso. Y tambien que sea una ciudad con buena conexión de vuelos, porque si no en mi curro me van a poner mil trabas.




   ¿Y los periodistas? Los periodistas que tienen la inmensa fortuna de seguir por el Viejo Continente a un equipo de fútbol “bancarán” por que salga un rival enmarcado en una ciudad y un estadio que aún no conozca. Y los más veteranos y/o perezosos pedirán que esté cerca y, sobre todo, que no toque el Astana ese, que está donde Cristo perdió la zapatilla, y además en noviembre hace un frío del demonio. Y luego están los rivales encarnizados, que estén o no presentes en el sorteo desean con todas sus fuerzas que a su eterno enemigo le caiga el grupo más complicado de la historia de los sorteos. Se llama rivalidad. En España, en Italia, en Inglaterra, en Alemania y hasta en ese lugar en el que Cristo perdió la citada zapatilla. Y mola, claro que sí. ¡Ah! Y no me olvido de los aficionados imparciales, que lo que quieren es ver buenos partidos, si puede ser un Real Madrid – PSG, un Barcelona – Roma, un Juventus – Manchester City o un Bayern – Arsenal, pues mejor.


   Así ha transcurrido un nuevo sorteo de la Champions. Así esperamos ya al siguiente, que será el de octavos de final.  En este al Atlético de Madrid y al Valencia les sonrió la suerte, al Madrid y al Barça les salieron grupos complicados y al Sevilla le esperan los guerreros más salvajes de la vieja Europa. El fútbol es grandioso, tanto que es capaz de convertir unos bombos y unas bolitas en un gran acontecimiento. La suerte está echada. Y esta vez buscarán la famosa zapatilla los enviados especiales que cubren al Atlético de Madrid.


domingo, 16 de agosto de 2015

LA PRINCESA DEL VOLANTE


     Carolina Marín, una muchacha onubense de 22 años, es campeona de Europa y, lo que tiene mucho más valor, bicampeona del mundo. Un mérito infinito, una hazaña de dimensiones siderales. Caro es la número 1 en un deporte sin ninguna tradición en España. Valga como dato que esta mañana había más gente viendo la final en el complejo deportivo de Yakarta que licencias existen en nuestro país, apenas unas 7000 enmarcadas en 2 centenares de clubes deportivos a lo largo de todo el país. El bádminton es Asia, Europa no posee potencial alguno en el mundo del volante. Entre las 24 mejores del ranking mundial sólo hay 2 jugadoras europeas, la propia Carolina y la también española Beatriz Corrales, número 22. La primera europea después de las nuestras es la alemana Karin Schnaase, ubicada en el puesto 25. Entre las 20 primeras hay 6 japonesas, 4 chinas, 2 tailandesas, 2 coreanas, 2 indias, 1 china (Taipei), 1 canadiense y 1 estadounidense. Disculpad, pero sólo encuentro una palabra para describir lo que ha conseguido esta chica: ACOJONANTE.

      Carolina se coronó campeona del mundo hace justo un año en Copenhague. Una hazaña. Pero repetir esa proeza un año después, y hacerlo además en Asia, se convierte en uno de los grandes hitos históricos del deporte español. Caro, natural de la bendita tierra del Jabugo, se ha subido al podio tras derrotar durante una semana de competición a una malaya, una taiwanesa, una china, una coreana y una india. Repito, Europa apenas existe en bádminton. Por eso lo que ha logrado esta princesa del volante merece un profundo reconocimiento de todos nosotros. Traigo aquí sólo un dato más, uno demoledor: por cada licencia de Bádminton que hay en España, encontramos 63.000 en la India. Telita.




       Ser el mejor de todos en algo es muy difícil. Pero además Carolina Marín tiene algo. Será por su ropa de colores alegres, será por su “Vamo” andaluz antes de cada punto, será por esos gritos que impactan en la diana cultural de los deportistas orientales, será porque es zurda (¡vivan los zurdos!), será porque idolatra al gran Rafael Nadal, será porque defendió lo suyo y lo de su gente, y no se calló ante la Federación, será por esa pegatina de una marca de aceite de oliva (¡qué rico!) que luce en su estómago, será porque mola vibrar a primera hora de la mañana con una tostada y un cafelito entre nuestras manos, será por su simpatía delante de los micrófonos. Será por todo esto y mucho más que adoramos a esta deportista, heroína entre raquetas, volantes y juezas de silla pesadas.


     Que Carolina sea 2 veces campeona del planeta Bádminton es como que un tipo de Senegal finalice primero en un supergigante de esquí. O como que el rayo Vallecano gane en el Bernabéu. O como que yo, tarugo entre fogones, sea finalista en Master Chef. O quizás como que el equipo de balonmano de las Islas Fiji alcance los 1/4 de final en un Mundial. Exageraciones (o no) al margen, esta muchacha ha conseguido que en España se hable, se sufra y se goce con un deporte que jamás ha latido en nuestras tradiciones ni en nuestros juegos de calle. Carolina, la chica que un día renunció al baile flamenco en beneficio del deporte, ha hecho historia. Es la princesa del volante. Y ojo, porque dentro de un año viajará a Río de Janeiro para intentar asaltar el trono olímpico y convertirse en la reina. ¡Bravo!


miércoles, 8 de julio de 2015

BASTA CON UNA PALABRA: COMPROMISO


     Se ha escrito y se ha dicho mucho sobre la ampliación de contrato de Sergio Llull (Sergi en el vestuario) con el Real Madrid. Los seres humanos tendemos a la exageración, a los extremos. Cuando un sector del periodismo aparece en escena, esto se multiplica por 2. Y cuando el club implicado, aunque sea indirectamente, es el Madrid, el signo X en la calculadora apunta a 4 o 5 veces más. Por eso la primera pregunta en la rueda de prensa de Llull fue sobre Ramos (choca). Por eso algunos líderes de opinión aprovechan la elección del menorquín para atizar sin piedad a Iker Casillas y Sergio Ramos (esto ya ni choca). Lo dicho, es como pararse en un cruce de caminos y saber que al final todos conducen a la misma meta: la hipérbole.  

     Hay una cosa que siempre me ha soliviantado: el constante recurso al fútbol para hablar de baloncesto. Por eso, y siempre con respeto, etiqueta obligatoria cuando uno piensa que puede estar errado, me parece muy simple recurrir a Llull para hablar de Casillas y Ramos, o viceversa. Prefiero a un periodista obsesionado hasta el dolor con el rigor que a un periodista yéndose a dormir cada día junto al ego y la demagogia en un trío indisoluble.




     Lanzo aquí una pregunta: ¿Hubiera sido Sergio Llull menos madridista si hubiera aceptado la oferta de los Houston Rockets? Entiendo que los hinchas, que necesitan anteponer la pasión a cualquier razonamiento profundo (si no esto sería un coñazo) recurran con regularidad a los -ismos. Pero creo que el análisis periodístico no necesita ningún -ismo, ni el madridismo (en este caso concreto) ni ningún otro. ¿Llull es madridista? Mucho, como toda su familia. Hasta el punto de que antes de fichar por el Madrid mataba muchas tardes en Manresa viendo Real Madrid TV. ¿Llull soñaba con jugar en el Real Madrid? Por supuesto. ¿Llull quiere seguir alimentando su sueño? Seguro. Lo dijo él en la sala de prensa del Bernabéu y es la pura verdad. Incluida esa frase que, supongo, excita a cualquier merengón: "Los niños sueñan ahora con jugar en la NBA. Yo cuando era niño soñaba con jugar el Real Madrid". El 23 lo siente tal cual, con comas incluidas. Ni más ni menos. Pero honestamente no me parece un componente decisivo para valorar su decisión.

       Aparquemos los -ismos. Basta con una palabra para definir la etapa de Sergio Llull en el Real Madrid (8 años y 6 más de contrato): COMPROMISO. Los -ismos muchas veces se quedan en palabras vacías y abrazos superficiales a los símbolos. Detrás de la palabra compromiso se esconde mucho, muchísimo más. Y os puedo asegurar que este muchacho, que es muy especial, demuestra su compromiso a diario con su equipo. En la pista y fuera de ella. Para celebrar y cortar la red... y para pedirle al jefe de prensa que en las derrotas el quiere dar la barba. Para berrear desde el escenario del Palacio tras una cesta imposible... y para hacer un regalo a todos los auxiliares del equipo en el peor momento de la temporada, ese en el que no se atisban las sonrisas y el póquer no es más que un juego de naipes. "Si el entrenador confía en mí, siempre me jugaré la última". Llull dijo esto cuando no las metía, pongamos ahora en contexto esa frase. Llamadle compromiso. O llamadle un par de cojones y terminamos antes.




     Sergio Llull ha aparcado la NBA. Prefiero no publicar aquí las cifras de la oferta de los Rockets porque hay algún cabo que no tengo atado, pero mi información es que las cantidades eran algo más bajas de las publicadas. El Madrid ha hecho un esfuerzo económico importante para retener al ídolo del madridismo, pero el menorquín pierde dinero. Y más teniendo en cuenta que el club no le hubiera obligado a pagar los 5 kilos de la cláusula, sino pactar algo menos y así quedarse con sus derechos en Europa, como ocurrió hace un año con Mirotic. Y ojo, se podía haber ido a una franquicia ganadora, con muchas aspiraciones, y además para gozar de un rol importante en el equipo. Con todo esto quiero decir que la elección de Sergio ha sido muy difícil. Y valiente, que la valentía sin dudas ni miedos es una pamplina.


     Lo que yo creo. Que Llull ya es una leyenda del Real Madrid de baloncesto. Que su madurez actual, como deportista y como tipo, asusta. Que dará el salto a la NBA más pronto que tarde (¿el verano que viene?), entre otras cosas porque las franquicias USA van a tener más dinero para seducir a jugadores europeos en 2016. Que merece el reconocimiento de sus aficionados, de sus compañeros, de su entrenador, de su sección, de su club y de los rivales. Que es un tío ganador como la madre que lo parió. Que un tipo como Sergio siempre estaría en mi equipo, fuera de baloncesto, de cricket o de bailes de salsa. Y que el compromiso, en el deporte y en la vida, vale más que cualquier -ismo. 




jueves, 25 de junio de 2015

LA LEYENDA DEL CARRITO DEL PESCAO


    Era el momento más difícil de la temporada. Los cimientos del lasismo se tambaleaban. 2014, el año en el que el Madrid se dejó por el camino la Euroliga de Milán y la Liga de la resaca en el Palau, se cerraba con 2 derrotas en Barcelona y Málaga que colocaban el proyecto al borde del abismo. Bueno, para ser justos, eso era lo que pensaba mucha gente, yo entre ellos. Veía síntomas de agotamiento, de desgaste, indicios heredados de un verano en el que Pablo Laso estuvo durante semanas en el punto 50 de un dardo que nunca se llegó a lanzar. Me equivoqué. Lo he reconocido en varias ocasiones y es obligado y necesario hacerlo 100 veces más.
     
     Lo dicho, uno de los últimos días de ese mes de diciembre de 2014 un jugador del Real Madrid de baloncesto llegó al vestuario y habló con uno de los auxiliares del equipo. Llamamos auxiliares a aquellos que forman parte del colectivo sin tener ese protagonismo mediático reservado para artistas y entrenadores. El médico, los fisioterapeutas, el preparador físico, el delegado, los utileros, la gente del departamento de prensa y también esa persona imprescindible que se encarga día a día de que la vida de los demás sea más sencilla. Ellos son el “carrito del pescao”, así conocidos entre los jugadores del Real Madrid. Gente de puta madre. Pido perdón por esta expresión malsonante, pero después de 20 minutos clavado delante del ordenador he sido incapaz de encontrar otra palabra para definir mi sentimiento personal hacia personas con las que, gracias a mi profesión de periodista, he compartido viajes, risas, guiños y multitud de pequeños detalles que jamás olvidaré.



     
     El jugador reunió a todos en privado. Él con ellos, él con el “carrito del pescao”. Sin el entrenador, sin los otros jugadores, sin nadie más. Sorprendidos y muy atentos, los auxiliares lo miraron fijamente y escucharon su discurso. “Estamos en un momento jodido, pero saldremos de esta. Quiero que tengáis una cosa muy clara: somos un equipo y lo vamos a hacer todos juntos”. Abrió una enorme bolsa que tenía al lado y sacó un regalo, el mismo, para cada uno de los auxiliares del equipo. Le dio un abrazo a todos ellos y se fue. Este jugador nunca quiso que este tipo de detalles trascendieran, pero a riesgo de que me corte las orejas he considerado que este es el momento ideal para que los hinchas del Madrid conocieran la leyenda del “carrito del pescao”. No es sólo un detalle simbólico. Es un gesto que esconde el enorme corazón que tiene este grupo que se ha abrazado a la gloria. El regalo lo dejaremos en el cajón del misterio. El jugador era SERGIO LLULL. El MVP de la Final ACB. El ídolo insustituible del madridismo.

    
     Es posible que esta Liga haya sido la última gran función de Llull con el Real Madrid. Es muy posible que el póker histórico de los blancos haya sido la última gran obra de teatro de esta escuela de actores. No porque este equipo no vaya a ganar más títulos en los próximos años, sino porque probablemente ya no lo hará con este mismo grupo de jugadores. Sergio Llull, madridista hasta el corvejón, sabe que a sus 27 años quizás ha llegado el momento idóneo para abordar una gran aventura en la NBA. Lo ha ganado todo. Pero ojo, lo ha ganado todo después de perderlo todo. No olvida lo mal que sabe el menú de las derrotas. Porque tipos como Sergio Llull siempre formarán parte del gran e insustituible “carrito del pescao”.       


miércoles, 27 de mayo de 2015

EL QUE VALE, LLEGA


     Cuando activé este blog (septiembre de 2012), reservé un espacio para mis rarezas. Una especie de cajón desastre en el que poder ubicar aquellos escritos que no guardan relación ni con el baloncesto ni con la actualidad… ni con nada. Vamos, un hueco para esos textos que son consecuencia de un impulso (Florentino dixit) o simplemente de una pedrada en la cabeza (Blas dixit). Éste es uno de ellos. Rareza en toda regla, hasta el punto de que ni siquiera va ir acompañado de una foto.
     
     Tengo 35 años, casi 36. Tengo trabajo. Trabajo sí, estable no. Más que nada porque en los tiempos que corren eso de la estabilidad es una gran milonga. He sido y soy un privilegiado porque firmé mi primer contrato laboral con 20 años y, de momento, seguimos en la pelea. Estoy muy satisfecho con mi predisposición al trabajo durante estos 3 lustros. Me gusta currar, qué demonios. Estoy encantado de dedicarme al periodismo, es lo que siempre he querido ser. He tenido la inmensa fortuna de poder seguir el proceso natural del ser humano: estudias, te formas, eliges un oficio, te sigues formando, practicas, trabajas y te ganas la vida de manera honrosa. Lo que debería ser normal para todos, ¿no? Hasta he podido cambiar de empresa por elección propia, algo ya poco habitual.
    
     A mis 35 años (casi 36) me siento mucho más cerca de la generación anterior que de la posterior. En realidad, me siento mucho más cerca de la generación anterior que de la mía propia. La mayoría de mis amigos de la profesión no han cumplido los 30, o si lo han hecho ha sido “antes de ayer”. Estoy cómodo incrustado entre la gente más joven. En la redacción de un medio de comunicación, siempre prefiero mirar antes al rincón que al despacho. Por eso me duele que muchos conocidos, algunos de ellos amigos, y unos pocos amigos de verdad, de esos que lo son para toda la vida, sufran en el limbo de la indiferencia.

   “El que vale, llega”. Qué enorme gilipollez. La calle está llena de gente válida, de personas con conocimientos y toneladas de pasión. Aquí hablo de mi oficio, que es el que más controlo, pero estoy firmemente convencido de que este argumento es extrapolable a cualquier sector. En el periodismo, mientras tótems y gurús de plastilina comandan shares, followers, vanidades y vaivenes de opinión, jóvenes terrenales de carne y hueso estiran sus sueños esperando que algún día cambie su suerte. Mientras escribo esto, tengo en la mente personas con nombres y apellidos, sé que si leéis esta rareza enseguida os vais a sentir identificados. Es una injusticia tremenda. Mi madre siempre me dice: “si me toca la Lotería, te monto una radio”. Y yo, cuando me lo dice, siempre pienso en 4 ó 5 personas con las que llevaríamos esa radio al fin del mundo.

    Llevo ya casi 3 meses en Radio Marca. Joder, el tiempo pasa muy rápido. Allí me he encontrado con gente muy, muy, muy, muy, muy, muy joven.  Esos chicos y chicas a los que llaman “becarios”, una palabra que a mí me repatea las pelotas. Son compañeros. Es más, en muchas ocasiones nos dan lecciones de ganas, inquietudes y labor. Para mí ha sido lo mejor en este amanecer de mi nueva aventura, quizás porque venía de un sitio en el que había déficit de inocencia y superávit de momias. Mola mucho trabajar con ellos, es muy fácil activarles luz en esos ojos que piden un simple guiño. En lo personal, me reconforta un millón de veces más un piropo de un “becario” que un halago de un jefe. Me encanta coincidir en la vida o en las redes sociales con algún compañero con el que trabajé durante un corto período en Onda Madrid, cómo lo pasábamos en aquellos veranos en los que éramos 4 gatos. Es un enorme orgullo que muchos de ellos recuerden aquellos momentos con una sonrisa.


    “El que vale, llega”. No. Pero intentadlo. Y si tenéis que cambiar el rumbo de vuestra vida, dejad siempre un pequeño hueco para alimentar vuestros sueños de periodistas. Mientras tanto, yo seguiré intentando enterrar la etiqueta “becario” y, sobre todo, animar a mi madre para que acierte con los números de la Primitiva, el Eurojackpot, el Euromillón y hasta la Quiniela Hípica.


lunes, 18 de mayo de 2015

UN EQUIPO ALEGRE



           ¡Qué fin de semana más extraño! Lo pensaba esta pasada madrugada, cuando terminaba de ver el Real Madrid – Olympiacos grabado. Me siento muy orgulloso de haber estado vinculado a la información de baloncesto en Onda Madrid durante 15 años. Muy, muy, muy orgulloso. Joder (perdón), infinitamente orgulloso.  Fue para mí un proyecto inolvidable que aguantó más allá de los resultados de los equipos madrileños.  La vida gira rápido y ayer me tocó ver la final por la tele y de madrugada. Gajes del oficio. Y además esto es lo de menos, qué demonios. Porque estas líneas son para reconocer y dignificar a un equipo alegre.

Este Real Madrid es una excelente noticia para el baloncesto. Escrito está en la derrota, pues con más motivo ahora que acaba de elevar al cielo la Copa más importante de todas. Este título esconde un enorme mérito porque muchos, yo el primero, pensábamos en diciembre de 2014 que este éxito era prácticamente una utopía. Pero el Madrid de Laso, y de Llull, y de Rudy, y del Chacho, y de Felipe, y de Nocioni, y de Ayón, y de Campazzo, y de todos los que estuvieron durante los últimos años y ya no están, ha  podido con todo… y con todos.

          
                 Un equipo alegre. En el juego y en todo lo demás. Un grupo de trabajo que se ha levantado después de algunos golpes bestiales, sobre todo aquella final perdida hace un año en Milán. Ese directo al mentón hubiera mandado a la lona a cualquier púgil. Pero no, este equipo se levantó y siguió buscando la gloria. Este curso puede hacer pleno, Copa de Europa incluida. Mérito infinito. 8 títulos para Pablo Laso y 12 finales de 15 posibles desde que se sentó (es un decir, desde luego) en el banquillo del Real Madrid.
           Este equipazo ha podido con todos. Con las decepciones, con las 2 finales de Euroliga perdidas de manera consecutiva, con las dudas de fuera… con las dudas de dentro. Porque me reafirmo en que Pablo Laso ha trabajado con un equipo en el que, de partida, creía menos que en el de la campaña anterior. Y en verano el kilómetro 0 mostraba unos dirigentes con escasa confianza en el técnico vitoriano. Y como he escrito en el amanecer de este artículo, antes de que el calendario cambiara el 14 por el 15 este enorme éxito rozaba lo quimérico. El Madrid ha manejado de maravilla los pequeños detalles, esos que al final te permiten campeonar. Con Bourousis y Mejri fuera de la rotación. Con Nocioni jugando su mejor partido siempre el día D. Con su mejor jugador durante el año, Felipe, protagonizando las 2 peores funciones del curso en la Final Four. Con Slaughter como actor secundario imprescindible. Sin salvadores y con mucha pizarra del entrenador. Una gestión de los pequeños detalles sencillamente espectacular.

        
              No lo hago en la derrota, tampoco quiero abrazarme sólo a los resultados cuando llega la victoria de un equipo ganador. Quiero insistir una vez más en que el Real Madrid de Pablo Laso, que está a punto de culminar su cuarta temporada como entrenador, es una bendición para el baloncesto y para el deporte  en general. Ha ganado. Ha ganado mucho. Y encima no ha ganado de cualquier manera, sino abrazándose a un estilo que durante muchos momentos ha convertido la sagrada cesta en una actividad de ocio. Como periodista cercano al baloncesto madrileño, he tenido el enorme privilegio de conocer a un grupo de empleados que merece la felicidad. El vozarrón del doctor, la bondad del preparador físico, la nobleza de los utileros, la simpatía de los fisios, el cariño del delegado o la amistad del jefe de prensa. Creedme, esos también son equipo. Un equipo alegre. Un equipo que después de levantar la Novena regala felicidad.

jueves, 9 de abril de 2015

TWITTER: ENTRE LA BILIS Y LO MUCHO BUENO


     Hoy es uno de esos días en los que mi cerebro ha sido invadido por un revoltijo de ideas y pensamientos que son de difícil orden para plasmarlos en un post lógico y sensato. Pero necesito escribir, me apetece compartirlos con vosotros, así que me lanzo a este folio sin guión y con tobogán. De arriba a abajo sin pensar en qué me espera cuando me tope con la dura tierra. Vamos allá.

     Soy un firme defensor del Twitter y, en general, de las redes sociales. No me convence mucho Instagram, pero más que nada porque me parecería tremendamente injusto para el receptor enseñar una y otra vez mi rostro. O mis pies. O mis manos. O mi espalda. O mi peinado. O mi desayuno. O mi cena. O las 2 mandarinas que me como en la merienda. O mi foto en la playa con el primo segundo de la amiga del vecino que vive en el 3ªA. Pero Twitter me gusta. Es más, os confieso que entre enero de 2013 y marzo de 2015 me he sentido mucho más periodista en la red social que en la radio para la que trabajaba. Durante ese tiempo el pajarito me inyectó gasolina gracias a las opiniones, los debates, las noticias o los contenidos que yo pude difundir, y también, por supuesto, a los temas interesantes que encontré gracias a otros compañeros o tuiteros. No os imagináis la frustración que provoca conseguir una noticia y no tener espacio para darla en tu emisora porque allí está toda la programación grabada. Frustrante.

       Lo dicho, Twitter tiene muchísimas cosas buenas porque al final es un medio de comunicación más (y de información). Como todo lo que manejan los humanos, esa especie que a veces roza lo inefable, es una herramienta que también alimenta vanidades (autocrítico con mi profesión), anonimatos con bilis, obsesiones, frustraciones e incluso odio. Sí, hay gente que se abraza a Twitter para odiar, para seguir odiando, para comenzar a odiar. Es asombroso comprobar como algunos perfiles sólo son engordados a base de insultos y ofensas. A todas horas, todos los días. Qué pena de vida, ¿no os parece?




     He defendido muchas veces que no entiendo la prensa como un ser único, como una especie de bestia en la que estamos todos metidos. No, lo siento, eso es rotundamente falso porque quizás sea el sector más heterodoxo de la historia de las profesiones. No es igual un humilde locutor de una emisora local de Murcia que un cronista de tenis de El País. No es lo mismo un presentador de un informativo televisivo que un inalámbrico de la Cultural y Deportiva Leonesa (¡qué envidia!). No, no es lo mismo. Me siento muy poco corporativista, yo soy más de personas que de gremios, pero aún menos legitimado para dar lecciones sobre qué es el buen o mal periodismo. Sí puedo elegir entre lo que a mí me parece bueno y menos bueno (un gusto), pero no deja de ser un sentimiento como actor muy secundario de la obra de teatro, o simplemente como receptor de programas y contenidos, algo que llevo haciendo desde que tengo uso de razón.

     En Twitter se junta definitivamente la boca de la pescadilla con la cola. Es la hoguera de los extremismos, el nido de pensamientos únicos más acogedor del planeta. En lo personal, no me reconforta tener más o menos seguidores, sino disfrutar y aprender con ellos. Si para tener 600.000 followers hay que llamar "idiota" a un árbitro por no ver un penalti o recibir miles de insultos personales, no cuenten conmigo. Si para participar en la primera fila de esa gigantesca obra de teatro que es Twitter, hay que delirar hasta conseguir el disfraz adecuado para tu personaje, no cuenten conmigo. Si para tener 1000 retuits hay que usar las palabras robo, atraco, persecución, confabulación o campaña, me conformaré con 3 o 4 favoritos y tan pancho. Lo único que me da rabia de cómo está montada esta sociedad es que gente con mucho talento no consigue mostrarse ni transmitir sus genialidades. Yo las veo, yo las leo, yo las disfruto, pero no es fácil llevarlas a la orilla en medio de esta marejada continua e interminable.

      Jamás he bloqueado a nadie en Twitter. En el fondo me parece un fracaso, no sé muy bien cómo explicarlo. En cualquier caso, jamás puede ser una razón para presumir. Quizás esté equivocado, pero tengo la firme convicción de que todos merecemos varias oportunidades. Para mí Twitter no tiene ningún sentido sin ese ida y vuelta. Pero a veces es imposible. Imposible. Muros, paredes con el 70% de pendiente en medio de una ventisca que te hace llorar. Hablas de Neuer y te reprochan que no digas que Casillas es un topo, alabas a James y eres un vikingo, criticas algo puntual del Madrid y eres antimadridista, dices que el Barça juega mal y vuelves a ser merengue, hablas de una bota de vino y te recuerdan que no censuras que Arda le tiro una de fútbol al linier, haces la información de baloncesto del Madrid y eres anti no sé qué, compartes una buena racha de Simeone y ahora eres del Atleti, encumbras a Messi y eres un culé recalcitrante. Y así todo, blancos o negros que entierran la que para mí es la única verdad. YO SOY PERIODISTA. Por delante y por detrás de todo. Un periodista que piensa, como sé que muchos otros compañeros lo hacen, que no es noticia ni es importante en absoluto cuáles sean sus colores. ¿Qué más dará?




     Voy a la radio. En la radio el narrador transmite pasiones, sus gritos han de colarse en el corazón del receptor, te toque hacer un partido del Madrid, del Atleti, del Barcelona, del Valencia, del Estudiantes, del Baloncesto León, del Conquense, del Obradoiro, del Cádiz, del Atlético Barceloneta, del Inter Movistar, del Balonmano Aragón o del equipo de los 1000 demonios. Tú te debes a tú público, coño, que el periodista no es tan importante. No es lo mismo trabajar en Catalunya Radio, que en Radio Marca, que en Onda Madrid, que en Gestiona Radio Valencia. Esa es la obligación del narrador de partidos, conectar con los sentimientos del receptor, sean los que sean. Es un desafío precioso. El inalámbrico tiene otras funciones y otros retos. Y el presentador. Y el animador. Y el productor. Todos. sin olvidar jamás que la radio es una cadena que conduce directamente al alma del oyente. Él es el importante, el imprescindible. Lo demás, milongas. Recibo con asombro que haya mucha gente que siga pensando que para hacer la información de un equipo concreto hay que ser hincha de ese equipo. Desde el respeto, me parece una solemne tontería.

      En Twitter es lo mismo. Como receptor de información admiro a los periodistas que no sé qué van a decir en una tertulia o en su análisis tuitero después de un partido importante. Joder, es que es de cajón, ¿no? Quizás no, puede que esté errado en este planteamiento. Lo dicho, me da pena que Twitter alimente vanidades, bilis, odios, ojos inyectados en sangre, obsesiones. Es sospechoso el que no se posiciona en un bando extremo. Es un perro verde el que trata de ofrecerle el brazo a la mesura. O quizás todo esto no sea más que un ruido ensordecedor en medio de la normalidad, ya que en Twitter se encuentran muchas personas que debaten con respeto y que te enseñan un montón de cosas. El otro día pensaba que al menos me sentía orgulloso de haber vivido aquel lejano reporterismo en el que el trabajo dependía de ti. Podías irte feliz a casa por el trabajo hecho o marcharte con un cabreo de tres pares de narices por la convicción de no haberlo realizado bien. En 2015 eso es casi imposible puesto que las entidades eligen su menú del día... eso el día que toca comer. Los grandes, los medianos y los pequeños. Hay zonas mixtas en las que Groucho Marx sería capaz de rodar varias películas a la vez. Se impone el periodismo de cebos, grandes caracteres, rotondas o cámara en la puerta del garito. Vamos, lo que veo junto a mi madre a las 14.30 cada vez que voy a comer a su casa... pero bajo la etiqueta de "Deportes". Todos tendremos algo que ver en que hayamos llegado a un punto en el que estrellas mundiales marquen 5, o 4, o 3 goles y no hagan declaraciones públicas. No soy de los que dicen que a mí me da igual porque me gusta hacer mi curro lo mejor posible. Pero defiendo con vehemencia que el periodista no tiene tanta importancia. Sí hay mucha gente detrás. Personas a lo largo y ancho de todo el mundo que cada día hacen más grandes a estas referencias del fútbol. Sería bueno que alguien les invitara a salir de sus urnas.

      Twitter: entre la bilis y lo mucho bueno. Cambia Twitter por periodismo. O por aficionados. O por personas, que al final es la madre del cordero. Menudo cajón desastre que he creado en forma de artículo. Si has llegado hasta el final, quiero que sepas que eres mi héroe.
                                  

martes, 31 de marzo de 2015

NUEVO CICLO, VIEJOS VICIOS


     “En los buenos tiempos, todo eran halagos y no todo lo hacíamos bien. Ahora no todo es malo, pero se pone el foco en lo negativo”. Posiblemente esta frase de Vicente del Bosque sea muy acertada. Pero lo es al mismo nivel afirmar que antes lo hacíamos casi todo bien… y ahora exhibimos unas costuras muy preocupantes. Sí, sé que puede parecer una contradicción, pero en un espectáculo tan democrático como el fútbol tienen cabida ambas interpretaciones. He elegido hoy y ahora para escribir estas líneas, pero el partido que acaba de finalizar en Amsterdam no tiene mucho peso en mis reflexiones. Y eso que cada vez se agudizan más los problemas, entre ellos la falta de gol y el inconcebible sufrimiento en el balón parado. Es un texto que hubiera tenido vigencia en la última concentración y que seguramente la tendrá también en la próxima.

     España no anda bien, es una realidad irrefutable. No juega ni bien ni bonito al fútbol, apenas asoman algunos ramalazos del reciente pero lejano éxito. Chispazos sin continuidad, islitas en medio del gran océano de las dudas, que al final es el que más canalla e indomable se vuelve. De los que estuvieron en el abrazo a la gloria y siguen, Casillas e Iniesta (los actores principales del día más importante de la historia del fútbol español) se encuentran ahora lejos de su mejor nivel. También Fàbregas y Silva, ambos distantes de su espectacular rendimiento del primer trimestre de curso. Incluso Busquets, aunque en este tramo de campaña anda mucho más entonado.

     Los hay también que estuvieron y ahora, que se encuentran en el mejor momento de su carrera, tampoco participan en las grandes citas: Cazorla. Los hay que han sido, son y serán siempre decisivos con España, pero la escasez de minutos ha minimizado su confianza: Pedro. Los hay que van a tirar la puerta abajo seguro, pero su anhelada efervescencia ha coincidido con la decadencia del ciclo glorioso: Koke e Isco son dos buenos ejemplos. Y está también el que debe estar (y estoy seguro que acabará estando), pero de momento no ha estado cuando estuvo y tampoco cuando ni siquiera ha llegado: Diego Costa. Con el máximo respeto a los demás, el de Lagarto ha de ser el delantero que marque las diferencias en esta Selección Española de Fútbol. Y por encima de cualquier argumento, ya no están Villa, Xabi Alonso ni Xavi, sobre todo este último, el auténtico arquitecto de la borrachera de éxito de España. Incluso después de su discreta Eurocopa en 2012, su última gran función sirvió para aplastar a Italia en la gran final. Casi nada es casualidad.




     Somos incapaces de dejar de acariciar la nostalgia del gran ciclo pasado. Todos. Jugadores, técnicos, hinchas, periodistas. Ojo, es lo normal, qué demonios. Cuando uno se acostumbra a degustar el mejor jamón ibérico patanegra, es muy duro conformarse con 4 lonchas de uno más salado, o incluso con un intrascendente “bocao” de mortadela, como ocurrió en la última Copa del Mundo. Pero aquello ya terminó. The End, finito. No hay comparación posible, esto es otra historia. El revolcón de Brasil nos abrió los ojos a los que siempre hemos vibrado con la Selección, a los que jamás, ni siquiera en los peores momentos, hemos dejado de soñar con el equipo nacional. Ya no es el presente, ahí estará para siempre en las páginas más doradas de los libros de historia. Y además ese ciclo triunfante duró mucho más que cualquier otro. Tres títulos, más de un lustro de lágrimas de alegría. Y con dos comandantes diferentes, el que cocinó el éxito y el que siguió pegando el sello ganador tras una difícil herencia.


     Ahora estamos como antes de. Con muy buenos jugadores, algunos incluso sobresalientes, pero como antes. El objetivo es clasificarse y luego llegar a los cuartos de final para intentar colarse entre los 4 mejores. En la actualidad no hay un gran dominador del fútbol de selecciones, como España en esta última época. Ni siquiera creo que lo sea Alemania. Por eso España debe intentar encaramarse al ramillete de candidatos, junto a Francia, Italia, Inglaterra o los propios alemanes. Es la cruda realidad. Nuevo ciclo. Y me temo que con viejos vicios, esos que hacen imposibles los juicios desde la mesura. Esa es una batalla perdida. Como toda la vida. 



viernes, 27 de febrero de 2015

ONDA MADRID OFF, RADIO MARCA ON

  
  "Hijo, que te acaban de llamar de Onda Madrid, que te han cogido". En pleno mes de junio de 1999, cuando los muchachos ni siquiera llevábamos un teléfono móvil con nosotros a todas partes, mi madre consiguió localizarme en casa de mi amigo Chiqui, que como era el único que tenía piscina era invadida cada tarde de verano por todos sus colegas. Mamá estaba llorando. Lágrimas de alegría, de felicidad, de emoción. Sólo ella había asistido a mis sueños radiofónicos desde que era un renacuajo. Sólo ella compartía mi devoción por ese transistor que llevaba pegado a la oreja desde ni me acuerdo cuándo. Sólo ella me había escuchado narrar desde mi habitación partidos reales o ficticios. Sólo ella sabía lo que significaba para mi trabajar en la radio. Yo nunca quise ser médico, ni piloto, ni profesor, ni futbolista. Yo siempre quise ser periodista. Yo siempre soñé con ser locutor de radio.

  
  Durante la mañana de ese mismo día mi madre, la persona que en condiciones muy difíciles me ayudó a estudiar una carrera y formarme lo mejor posible, entró en mi habitación y me dijo: "Llama a Onda Madrid, que te vas a quedar sin hacer las pruebas". Yo estaba liado preparando el programa diario de deportes que teníamos en Radio Miraflores de la Sierra. Para mí cada programa era como jugar una final de Copa de Europa diaria, así que allí andaba estrujándome el cerebro para cocinar una hora de radio digna. Los que me conocen saben que cuando preparo un programa tengo mis rituales y mis manías (¿verdad, Rosita?), y además como no me sobra talento necesito mucho trabajo. Pero le hice caso a mi madre. Pude no hacerlo, y no estaría escribiendo estas líneas. Pero afortunadamente le hice caso y levanté el teléfono. "Buenos días, quería hablar con José Luis Poblador, por favor". "Sí, soy yo. Las pruebas para entrar en Madrid al Tanto son esta misma tarde a las 4". 


                    


  No me jodas, esta misma tarde. ¡Mierda! A esa misma hora tenía el programa en Radio Miraflores, y eso para mí era una responsabilidad innegociable. Cada tarde de verano subía por la carretera de Colmenar con mi Renault 5 (¡4 marchas!) con todas las ventanas abiertas para que entrara un poco de aire, aunque fuera caliente como un horno. Llamé a mi compañero de andanzas (Jorge Aznal) y le dije que esa tarde no podía ir. Me sentía fatal, como si hubiera traicionado mi deber. Con el tiempo me he dado cuenta de que esa disciplina me ha ayudado muchísimo en mi profesión. Ese día (¡sólo ese!) me borré de Radio Miraflores... y el destino me echó un cable. Allá vamos, a hacer las pruebas para entrar en Madrid al Tanto, programa que yo escuchaba cada domingo por la mañana y que como cualquier oyente tenía idealizado.
     
 Estaba cagao, acojonao vivo. Más aún cuando llegué al edificio de Telemadrid/Onda Madrid y me encontré con unos 50 chavales como yo que habían ido a lo mismo. Llegó mi turno y conocí a José Luis Poblador. En ese momento ninguno de los dos sabíamos que ahí nació un vínculo que, pase lo que pase, va a durar toda la vida. Para él todavía era Carlos, ahora soy Blas. Para él y para muchos oyentes y socios de profesión. "Carlos, a narrar". Encendió la tele y apareció aquel Atlético de Madrid - Ajax de la Champions, en concreto la jugada en la que marcó el portugués Dani. Lo hice lo mejor que pude, pero honestamente creo que fue una mierda. Casi nunca me quedo satisfecho con lo que hago, un enorme defecto que soy incapaz de corregir. Entre la autoexigencia y la flagelación la línea es demasiado delgada, y creedme, a veces se pasa mal. En fin, salí de allí poco convencido y me fui a hablar de chicas, de música y de chorradas a la piscina de mi gran amigo Chiqui. Allí recibí la llamada que cambió completamente mi vida.


                        

     
  En 1999 comenzó mi etapa en Onda Madrid. El 31 de agosto hice aquel inolvidable Cercedilla 1 - Coslada 2. Canté mi primer gol en la radio, de Lucas para los locales. Y fui inmensamente feliz. Durante ese partido y durante los 13 años y medio siguientes. En Onda Madrid he hecho 100.000 cosas más de las que contenían mis sueños, me siento muy afortunado, no todo el mundo puede decir que ha cumplido sus sueños multiplicados por 100.000. He disfrutado como un niño narrando partidos de Tercera y finales de Euroliga. Y fútbol sala, balonmano, eventos de atletismo, qué sé yo, de todo. Un rodaje y una experiencia impagables. Amo todos los deportes, amo la radio, qué más puedo pedir, la vida me ha sonreído, he sido inmensamente feliz con un micrófono entre las manos. Y además he formado parte de un proyecto en el que los imposibles se intentaban. Periodismo también es viajar 1000 kilómetros al día en una Eurocopa con la única compañía de unas galletas Leibniz, coger por la pechera a un ruso para que te instale una línea digital, dormir en el único tugurio disponible de un pueblo austriaco o narrar el playoff de un equipo de Tercera rodeado de paisanos del equipo rival cabreados con tus alaridos de gol. He sentido en el alma la adrenalina de la radio, una droga que engancha. Joder, he sido inmensamente feliz haciendo radio, eso hay que vivirlo, no se puede explicar. Para un romántico de estadios y pabellones como yo, he tenido el enorme privilegio de conocer un montón, incluso aquellos míticos que alimentaban mis sueños de radio antigua. Os confieso que cada vez que terminaba una transmisión me quedaba 1 minuto observando el pabellón o el estadio de turno porque yo sabía que aquello tendría fecha de caducidad y que no podía olvidar que estaba viviendo un sueño. De lo poco de lo que puedo presumir es de que en estos últimos 15 años y medio no he olvidado ni un solo segundo que era un privilegiado y que cientos de personas hubieran pagado por hacer lo que yo hacía. Y que ni un solo día, ni en un solo viaje, ni en un solo programa, ni en un solo entrenamiento, ni en una sola entrevista, ni en un solo partido, ni en un solo inalámbrico, ni en una sola producción, ni en una sola conexión, ni en una sola función me he dejado llevar. Nunca. Ni siquiera en los últimos y difíciles tiempos. Para mí ha sido una enorme fortuna no nacer con un talento comunicador innato, eso me ha ayudado a luchar mucho, a trabajar mucho. Y es una enorme suerte porque te ayuda a superarte cada día.
     
   Mañana dejaré atrás 16 años menos 5 meses de mi vida. No de mi trabajo, sino de mi vida. Onda Madrid para mí ha sido mi vida. En Onda Madrid he madurado, en Onda Madrid he conocido a amigos que lo serán para siempre, en Onda Madrid me he encontrado con la mujer de mi vida, en Onda Madrid he llorado (por dentro, quizás sea una forma de protección) de alegría y también de rabia, en Onda Madrid he aprendido muchísimo, en Onda Madrid también me he llevado las decepciones personales más profundas de mi existencia, en Onda Madrid he perdido amigos por el camino. Lo dicho, los años más importantes de mi vida. Echo la mirada atrás, repaso algunos audios, algunas fotos y algunos recuerdos y sólo puedo dar gracias desde lo más profundo de mi corazón por lo feliz que he sido. Enormemente feliz, joder. FELIZ con mayúsculas.


                        


  Soy reservado, pero a la vez extrovertido, aunque parezca una contradicción. Prefiero no aportar muchos nombres aquí porque quienes me conocen saben que yo siempre intento que los demás reciban mi energía. No me guardo besos ni abrazos, me jode que se queden por el camino por pudor o vergüenza. Aunque luego con el tiempo te asalte la certeza de que a veces no recibiste lo que muchos días diste con discreción. Bueno, quizá los seres humanos no podemos o no sabemos aparcar el egoísmo. En el repaso mental que hago a diario y que he intensificado durante los últimos días he corroborado que durante estos años he cometido muchos, muchísimos errores. Pero siempre he intentado fomentar el buen rollo, las sonrisas y el respeto. Desde la inocencia del principio y desde la experiencia del final. Me he afanado en conseguir que los veteranos y los recién llegados vieran en mí a una persona que les podía ayudar. Qué menos, ¿no? Asumo que desde enero de 2013 (ERE) he cambiado. A pesar de las cientos de equivocaciones que a menudo martillean mi cabeza, me siento profundamente orgulloso de haber dejado de ser yo... para ser yo. Yo me entiendo, y algunos de vosotros sé que también. Es jodido, muy jodido, como asistir a un capítulo diario de una continua contradicción. Pero era necesario. Pido perdón de corazón si en los últimos tiempos alguien que no lo mereciera ha recibido de mí un gesto, una palabra o una indiferencia injustos.
     
  Aparco Onda Madrid. Ayer hice mi último partido de basket (¡cuántas alegrías me ha dado el binomio baloncesto - radio, Dios mío!). Mañana haré mi último partido de fútbol. Me hace mucha ilusión poder despedirme en Vallekanfield, en la cabina 18, entre mi gente. Siempre digo que ni aunque viviera un millón de vidas seguidas me llegaría para devolver el cariño que recibo en el barrio. No sé qué deparará el futuro, pero jamás olvidaré lo feliz que he sido en la radio junto al Rayo Vallecano y su gente. Y con todo lo demás, demonios. He flotado, he levitado, he vivido en una nube toda esta aventura, ha sido una constante y excitante montaña rusa. "Disfruta hasta el final de la radio a la que tanto quisiste", reza un mensaje muy especial que he recibido en las últimas horas. Es verdad, yo quise con locura a aquella Onda Madrid, y he tratado de demostrarlo cada día de mi curro. Una etapa de mi vida fascinante, hermosa, inolvidable, irrepetible. En estas líneas no quiero ni una pizca de ese rencor que albergamos los seres humanos cuando te duelen las cosas, a pesar de que Onda Madrid también me ha mostrado la profunda maldad humana, esa que cuando eres pequeño piensas que no existe. Ahora sólo cargo una enorme y pesada mochila de agradecimiento. Gracias a todos los compañeros que me han enseñado y de los que sigo aprendiendo hasta el último día. A algunos yo los escuchaba cuando era pequeño, ¡eh! jajaja. Gracias a la gente que dejo allí y que merece la pena. Gracias a los compañeros de profesión y de batallas que me regaláis vuestro cariño. Y gracias a ti, Pobla, por apostar por un imberbe de 19 años que aprobaba en ganas y suspendía en todo los demás. Sin tus enormes cojones quizá jamás habría podido disfrutar de mi gran pasión. GRACIAS.


                     

     
  Onda Madrid, off. Radio Marca, on. ¡Viva la radio! El lunes comienzo una nueva aventura, una aventura fascinante. Se me cae la ilusión de los bolsillos, funciona a pleno rendimiento la fábrica de mis sueños. Tengo unas enormes ganas de trabajar con compañeros a los que llevo escuchando muchos años. A mi gente le digo que no se preocupe, que aunque esto parezca una locura (y quizá lo sea), también esta vez va a salir bien. Y que gracias por apoyarme una vez más en todo a pesar de los miedos y las dudas. Me gusta el riesgo, no puedo quedarme parado, qué le vamos a hacer. Necesito darle algo más a mi profesión y, sobre todo, recibir muchas más toneladas de esa inefable pasión llamada radio. Seguiremos aprendiendo del oficio y de la vida. Estaré encantado si me queréis acompañar y arropar en este nuevo desafío. ¡Adelante! Gracias a todos por compartir conmigo la magia... de la radio.