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viernes, 18 de septiembre de 2015

UN DIOS DE 213 CENTÍMETROS

    
     He dejado pasar unas cuantas horas porque ayer estaba tan excitado que me sentía incapaz de ponerme a escribir. No creáis que ahora es muy diferente. Llevo todo el día leyendo prensa, viendo vídeos, escuchando narraciones de radio y sonriendo como un idiota. "Mamá, vente al salón a ver esto de Pau", le he gritado a la matriarca Blas después de meterme entre pecho y espalda un delicioso atún de 390 gramos. El tiempo pasa rápido y en ocasiones nos hace perder la perspectiva, pero me atrevo a afirmar que jamás había vivido antes como espectador un partido con tanta emoción como el de ayer.

     En 2015 el baloncesto no es como en 1990. Ahora es más difícil ver ganar a un tipo solo. A lo Jordan. A lo Petrovic. A lo Sabonis. Y ayer Pau ganó el duelo prácticamente solo. Sé que no lo hubiera hecho sin la colaboración del Chacho o la defensa de tipos como Llull, Felipe, Claver o Rudy, pero hacía mucho tiempo que no veía a un tío colgarse en la espalda la pesada mochila de  un equipo entero. Fue bestial, una de esas hazañas históricas que nos brinda el deporte cada ciertos años. Majestuoso, colosal, conmovedor, admirable. Lo tangible, lo intangible y lo gestual. Porque los gestos de Pau son muy importantes, desde su fachada escuchando el himno de España hasta sus golpes en el pecho tras reventar la cesta gala.

 

    
     El mate de Gasol. El tapón de Gasol. El gancho a lo Kareem Abdul Jabbar de Gasol. Otro mate de Gasol. La canasta cayéndose de Gasol. Los 40 puntazos (uno detrás de otro) de Gasol. Otro mate de Gasol. Los 11 rebotes de Gasol. Las 12 canastas de Gasol. Los 3 tapones de Gasol. Los 16 tiros libres de Gasol. ¡¡¡Otro mate de Gasol!!! Los golpes en el pecho de Gasol. Los gritos desgarradores de Gasol. Los saltos en la piña de Gasol. LA CARA DE LOCO DE GASOL. Fue el mejor partido en la carrera deportiva de Pau... y eso es mucho decir cuando hablamos de una figura de este calado.

     Pau es el líder más trascendente que ha tenido el deporte español en toda su historia. Y posiblemente sea, junto a su gran amigo Rafael Nadal, el deportista español más importante de todos los tiempos. Sus números traspasan la frontera de Marte, pero su relevancia social no se detiene ni en el más lejano planeta. Es cercano, humilde, respetuoso y con unos valores que los que amamos el deporte reverenciamos hasta la afonía. Su abrazo con Parker después de la batalla evidencia la bonhomía de un soldado que siempre respeta al rival.

     Estoy muy emocionado. El deporte forma parte de mi vida y el baloncesto me ha regalado emociones y sonrisas como profesional y como persona. Durante el partido le dije a mi mujer: "No sé si vamos a ganar o no, pero esto que estamos viendo es una de las grandes gestas del deporte español". Era flipante. Y ahí estaba Gasol, asumiendo el liderazgo golpe tras golpe, mate tras mate, defensa tras defensa, gota de sudor tras gota de sudor, kilogramo a kilogramo, grito a grito. Fue maravilloso. Y gracias a él hoy se habla de baloncesto en las calles, en los bares, en los colegios, en las redacciones de los medios de comunicación, en las peluquerías, en los supermercados. Ya sé que durará poco, pero que nos quiten lo bailao, demonios.

     Pau es gigantesco, un dios de 213 centímetros de altura. Lo grandioso de este bicho es que después de valorar 52 y abrazarse al Olimpo del baloncesto, coge el bicharraco y con toneladas de paz suelta delante del micrófono: "Sí, ha sido increíble, todo está muy bien, pero nosotros hemos venido a ganar el Eurobasket". Toma ya, con 2 cojones (con perdón). Un ganador incansable. Gracias a todos por hacernos felices. Gracias, Pau, por dejarnos disfrutar de una gesta para la historia. Eres una bendición para este país.


martes, 10 de septiembre de 2013

SIEMPRE ENTRE LOS MEJORES


     Jornada de descanso en el Eurobasket de Eslovenia. Impasse entre la primera y la segunda fase, un respiro en este campeonato demasiado largo para jugadores, técnicos y aficionados (me incluyo en este último colectivo porque me faltan apenas unos cuantos centímetros para ser un escolta matador). Un buen momento para analizar el presente y para recordar un pedazo del pasado. En el presente y en el pasado (lo del futuro requiere una bola de cristal, aunque resulta evidente que será imposible mantener este nivel), la Selección Española de baloncesto dibuja obligatoriamente una gran sonrisa en su historial de éxitos.

      He tenido la inmensa fortuna de vivir in situ y contar por la radio unos cuantos campeonatos de basket. Ahora lo echo muchísimo de menos, incluso más de lo que imaginaba. Cómo me gustaría vibrar con esa mezcla mágica que forman el baloncesto y el micrófono. Siempre tuve claro, en cada torneo que pude cubrir en directo, que podía ser el último, por eso lo disfruté al máximo junto a mis compañeros y nuestros oyentes. El destino me ha sonreído porque he tenido la gran suerte de disfrutar del mejor momento de la historia del baloncesto español. Eso quedará para siempre en mi álbum vital, en esa galería de recuerdos que nada ni nadie nos puede robar.
 
 

      A lo que iba. La España de basket es la leche. Asistimos al Europeo más abierto que recuerdo. Ninguna selección, tampoco España, exhibe ni siquiera una ligera superioridad sobre las demás en ese amplio abanico de candidatos a las medallas. España, Francia, Lituania (cómo le temblaron ayer las canillas con Bosnia), Serbia, Eslovenia, Croacia, Italia y Grecia (ojo que pasa a la segunda ronda con 0 triunfos) aspiran a tocar “chapa”. Entre el oro y la octava plaza no existe una notable diferencia. Será cuestión de detalles, del rendimiento de las estrellas, de un tiro sobre la bocina, de un mal día, de un rebote clave, de una decisión errónea de los colegiados. La horquilla es tan pequeña que los aspirantes casi circulan en paralelo por una imaginaria autopista de 8 carriles. No me olvido de esos inesperados invitados a esta fiesta, como Ucrania y Finlandia, ambos con serias opciones de alcanzar los cruces. Escuadras potentes como Turquía o Rusia ya están en su casa. La ingente nómina de estrellas que no han acudido a Eslovenia ha igualado el nivel a lo bajo. Es verdad que la calidad del baloncesto en la primera fase, salvo el Italia – Grecia o el Eslovenia – Croacia, ha sido bastante pobre, pero el tremendo equilibrio augura una emoción brutal para estas próximas dos semanas.

     ¿Y España? Pues España ha perdido talento, consecuencia lógica sin el extraterrestre Pau, el marciano Navarro, el insustituible Ibaka… y Felipe Reyes, que algunos pensamos que precisamente en este campeonato hubiera sido un jugador capital para Juan Orenga. “Me arrepiento de no haber ido”, afirmó el monarca hace un par de días desde Buenos Aires. La madre que te parió, Felipe. A pesar de la evidente pérdida de calidad y peso específico, la Selección tiene serias opciones de colgarse al cuello una presea. Por eso es el momento de quitarnos el sombrero (siempre de copa) con este equipo, con estos jugadores, con este proyecto 100% ganador. Decir que ganador es el que gana lo firmaría Perogrullo. Para mí los ganadores son los que están siempre entre los mejores durante un período relativamente largo de tiempo. Echaremos mucho de menos a estos tíos porque continuar con este aluvión de éxitos es sencillamente imposible. España lleva una década arrasando. Gana y enamora, una combinación casi imposible. No, no es lo mismo ganar que ganar y enamorar, por mucho que los resultadistas impenitentes quieran vacunarnos a diario con la tesis contraria. No es lo mismo. Cuando era pequeñito, cuando caíamos siempre en cuartos (sí, en basket también), cuando nos agarrábamos siempre como excusa al atraco arbitral del anfitrión, cuando superar un cruce era más que el deber cumplido, cuando ocurría todo eso jamás pensé que iba a ver a mi equipo acojonar de verdad a los NBA en dos finales olímpicas. Ni jugar un excelso baloncesto en finales de Europeos o Mundiales. Ganar y enamorar, qué gran maravilla.
 
 

     En este Eurobasket España no ha enamorado ni parece que vaya a enamorar. Creo firmemente que podríamos jugar mejor porque con directores de orquesta como Ricky, Chacho o Calderón, o con actores talentosos como Rudy el espectáculo debería de estar garantizado. Pero Orenga ha optado por la defensa (sin correr demasiado luego) como doctrina innegociable para abrazarse al éxito. Soy optimista, estaremos otra vez entre los mejores. Como en 2006 (campeón del mundo), 2007 (subcampeón europeo), 2008 (plata olímpica), 2009 (campeón de Europa), 2011 (campeón de Europa) y 2012 (finalistas olímpicos). Sólo en el Mundial de Turquía 2010 bajamos hasta la sexta plaza, y todo sin Gasol y con un triple de 9 metros de Teodosic (¡maldito!) para caer en el cruce de cuartos. Una trayectoria sencillamente acojonante, no hay otra palabra que la defina mejor. Lograr el triplete en Eslovenia supondría igualar a la gran URSS y a la irrepetible Yugoslavia. Lo escribo y me sigo frotando los ojos. Ninguna potencia ha conseguido estar una década entre los mejores durante los últimos tiempos. Han ganado, han subido al podio o incluso han repetido éxito, pero Francia, Lituania, Grecia o Rusia no se han mantenido cada año entre los mejores. Por no hablar de Serbia, Croacia o incluso Italia, colosal hasta ahora en este Europeo pero desparecida del mapa del caviar durante años y años. Ganar y enamorar forma parte de nuestra historia, de nuestras vidas y de nuestras lágrimas de emoción. El baloncesto español ha destrozado a todos sus oponentes durante los últimos 8 años. Ahí seguimos. Para mí una medalla en Eslovenia ya supondría un éxito, así que el oro sería directamente como ese orgasmo inesperado que ya no eres capaz de olvidar aunque vivas 3 vidas seguidas. Por si acaso, estad preparados para no perdéroslo.
 
 

martes, 18 de septiembre de 2012

UN AÑO DESPUÉS


                No se me ocurre mejor manera de inaugurar este blog que disparando la memoria y la nostalgia a lo que ocurrió hace justo un año en Kaunas. El 18 de septiembre de 2011 España revalidó su título de Campeón de Europa, alimentando este ciclo glorioso del baloncesto español. Es difícil expresar con palabras lo que un locutor de radio siente cuando grita emocionado por las ondas, cuando tiene el privilegio de narrar un título tan importante para el basket nacional. Sólo con recordarlo vuelve el “gusanillo” a deslizarse por mi estómago.
                No fue un título cualquiera, no fue un campeonato cualquiera, no fue una fecha cualquiera. Un revoltijo de estrés, sentimientos, emociones e ilusión pulularon durante todo el día a su antojo por el cuerpo de este periodista. Habían sido tres semanas de trabajo intenso para Onda Madrid y Telemadrid. Un privilegio y una gran oportunidad para seguir aprendiendo el oficio, pero el agobio, los viajes, el afán de mejora y la innegociable autocrítica no me habían permitido disfrutar del evento. Necesitaba esa final para mí. Abrir los ojos, afinar la garganta, sentir la radio, disfrutar de cada detalle del antes, durante y después. Cuando uno cumple sus sueños, el destino merece una recompensa. Y la única recompensa que puede brindarle un humilde locutor es gozar de esa oportunidad como si fuera la primera… como si fuera la última.
                Recuerdo con emoción las lágrimas incontenibles de la madre de Felipe Reyes mientras sonaba el himno nacional español. Su marido había fallecido unos días antes, y fue en aquel momento cuando “reventó” y soltó toneladas de sentimientos con la bandera de España entre las manos. Mientras tanto, el “Monarca” aguantaba el aluvión de emociones junto a sus compañeros de equipo, junto a sus amigos. Dos horas después, el eterno Navarro le concedía a Felipe el honor de levantar el trofeo al cielo para que lo acariciará su padre, para que toda España acompañará  al jugador de las “pelotas de báscula” en su viaje por el planeta de las emociones.  
                Recuerdo con emoción cada cesta, cada triple, cada “boina” de Ibaka, cada contraataque, cada rebote, cada gesto de complicidad con mis compañeros de las radios ubicados en la tribuna de prensa. Lo íbamos a lograr otra vez. Los mejores de Europa pasando como un rodillo por delante de los franceses. Inolvidable. Heroico. Genial.
                Y, sobre todo, recuerdo con emoción el abrazo que le di a mi amigo Miguel Martín Talavera, de Radio Marca. Había sufrido durante todo el campeonato porque su mente y su corazón estaban junto a su madre, que a 3.200 kilómetros de distancia estaba atravesando un mal momento de salud. Su madre le “obligó” a quedarse en Lituania. Le dijo que le contara a sus oyentes los partidos de España, que disfrutara con lo que mejor sabía hacer. Entre todos lo arropamos lo mejor que supimos, aunque seguramente muy lejos de lo que un tipo tan “enorme” como él merece. Con “Tala” he compartido muchas aventuras. El duende del periodismo quiso que ambos debutáramos en un viaje a Montenegro. Allí compartimos nervios, juergas, canastas y amistad. Nunca olvidaremos aquel Pogdorica de mayo del año 2000.
                Un año después de aquel día, estreno este blog con este humilde homenaje a la Selección Española y a mi amigo Talavera. Estoy seguro de que tu madre, desde ese lugar privilegiado en el que se encuentra, seguirá disfrutando de las muchas batallas que todavía nos quedan por vivir juntos.