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lunes, 23 de noviembre de 2015

SUEÑOS CAZURROS


     Nací en Madrid. Y estoy enamorado de esta ciudad. Bueno, en realidad mi amor lo reparto entre muchas ciudades, pueblos, países, gentes, paisajes, recuerdos, juergas y aventuras desperdigados por medio mundo. No hay mejor cultura que viajar y en eso, aunque siempre anhelas más y más, me siento un verdadero privilegiado. A lo que iba. Nací en Madrid porque el kilómetro 0 fue el cruce de caminos entre un papá pacense y una mamá leonesa. Pero los sentimientos internos de un ser humano poco tienen que ver con un DNI, así que yo realmente me siento leonés. Seguramente porque mi infancia y adolescencia están trufadas de nieve, caminatas por la montaña con mi añorado abuelo (el genuino Blas), ventas ambulantes en aldeas leonesas, carreras de sonrisas con la perrita "Chispa", cocidos antológicos para calentar cuerpo y alma y partidos interminables de baloncesto con un solo jugador (yo) en aquella cesta oxidada ubicada en pleno Valle de Sabero.
 
 
 
 
     Me gusta León. Adoro el frío. Presumo siempre que puedo de "leonesismo". Una ciudad hermosa, una provincia repleta de lugares para abrazarse a la felicidad y una gastronomía para llorar de emoción. Y claro, como fanático del deporte, los equipos de León activan mi corazón cazurro. Cazurro, qué gran palabra. Para muchos una etiqueta despectiva, para los leoneses una auténtica bendición y una seña de identidad. Mi niñez está salpicada de sueños de baloncesto, de las hazañas de aquel Elosúa León que quedaron sepultadas bajo la paupérrima gestión pública... y privada. Algo más duró el carrete exitoso del Ademar, que colocó al balonmano leonés en la élite continental. Los tiempos han cambiado, aunque afortunadamente el proyecto ha sobrevivido y aún nos podemos emocionar con las leyendas: Juanín en la pista y Rafa Guijosa en el banquillo. Y luego está la Cultural. Mi sagrada Cultural y Deportiva Leonesa.

     Mi abuelo era muy poco futbolero, él en verdad sólo vibraba con el ciclismo, pero ya saben que por un nieto se hace cualquier cosa. Así que le convencí para que me llevara al viejo Amilivia a ver aquel lejano Cultural - Viveiro de ascenso a Segunda B. 3-0. ¡Cómo disfruté! Enfundado en aquella gigantesca bandera de León que aún conservo, para mí estéticamente el símbolo más bonito del mundo. Allí activé definitivamente mi devoción por la Cultu, lo que me llevó a sumergirme en la historia. Qué lejos queda aquella única temporada en Primera. Ya sabéis que siempre me he identificado con los perdedores, así que mi pasión no ha disminuido en esta terrible década a caballo entre el bronce y la Tercera, con alegrías como el ascenso en Oviedo (allí estuve, qué pasada aquel lateral teñido de culturalismo) o tristezas como una situación institucional que dejó al club en cuidados intensivos. El periodismo me ha deparado paradojas increíbles, como tener que cantar con el alma un gol en el minuto 94 del Getafe (Pulido) en el Antonio Amilivia para enfado de mis paisanos de la grada.
 
 
 
 
     Ahora, enfilando el tramo final de este noviembre de 2015, la Cultural Leonesa vuelve a soñar. Segundos en el grupo I de Segunda B. 4 victorias y 1 empate en las últimas 5 citas. Aketxe goleando y Leandro con un cerrojo de granito en su portería. Juan Ferrando con una pizarra muy sólida, garantía de éxito en una categoría muy exigente y compleja. Y este leonés-madrileño, geográficamente más lejos de lo que le gustaría, siempre pendiente de los foros, resúmenes, periódicos leoneses, compañeros de las redes sociales y emisiones locales de las radios para saber qué hace su querido equipo. Es un buen momento para el culturalismo, hasta el punto de que ha nacido recientemente la Peña Culturalista de Madrid, en la que no me he podido involucrar más porque mis días, desgraciadamente, sólo tienen 24 horas. Activar un par de viajes forasteros para ver a la Cultu por España ya se convierte en ocasiones en un reto mayúsculo. Pero allá donde esté, la fábrica de sueños cazurros siempre estará trabajando. ¿Toca otro ascenso este año? León en vena. Siempre.
 
 

miércoles, 27 de mayo de 2015

EL QUE VALE, LLEGA


     Cuando activé este blog (septiembre de 2012), reservé un espacio para mis rarezas. Una especie de cajón desastre en el que poder ubicar aquellos escritos que no guardan relación ni con el baloncesto ni con la actualidad… ni con nada. Vamos, un hueco para esos textos que son consecuencia de un impulso (Florentino dixit) o simplemente de una pedrada en la cabeza (Blas dixit). Éste es uno de ellos. Rareza en toda regla, hasta el punto de que ni siquiera va ir acompañado de una foto.
     
     Tengo 35 años, casi 36. Tengo trabajo. Trabajo sí, estable no. Más que nada porque en los tiempos que corren eso de la estabilidad es una gran milonga. He sido y soy un privilegiado porque firmé mi primer contrato laboral con 20 años y, de momento, seguimos en la pelea. Estoy muy satisfecho con mi predisposición al trabajo durante estos 3 lustros. Me gusta currar, qué demonios. Estoy encantado de dedicarme al periodismo, es lo que siempre he querido ser. He tenido la inmensa fortuna de poder seguir el proceso natural del ser humano: estudias, te formas, eliges un oficio, te sigues formando, practicas, trabajas y te ganas la vida de manera honrosa. Lo que debería ser normal para todos, ¿no? Hasta he podido cambiar de empresa por elección propia, algo ya poco habitual.
    
     A mis 35 años (casi 36) me siento mucho más cerca de la generación anterior que de la posterior. En realidad, me siento mucho más cerca de la generación anterior que de la mía propia. La mayoría de mis amigos de la profesión no han cumplido los 30, o si lo han hecho ha sido “antes de ayer”. Estoy cómodo incrustado entre la gente más joven. En la redacción de un medio de comunicación, siempre prefiero mirar antes al rincón que al despacho. Por eso me duele que muchos conocidos, algunos de ellos amigos, y unos pocos amigos de verdad, de esos que lo son para toda la vida, sufran en el limbo de la indiferencia.

   “El que vale, llega”. Qué enorme gilipollez. La calle está llena de gente válida, de personas con conocimientos y toneladas de pasión. Aquí hablo de mi oficio, que es el que más controlo, pero estoy firmemente convencido de que este argumento es extrapolable a cualquier sector. En el periodismo, mientras tótems y gurús de plastilina comandan shares, followers, vanidades y vaivenes de opinión, jóvenes terrenales de carne y hueso estiran sus sueños esperando que algún día cambie su suerte. Mientras escribo esto, tengo en la mente personas con nombres y apellidos, sé que si leéis esta rareza enseguida os vais a sentir identificados. Es una injusticia tremenda. Mi madre siempre me dice: “si me toca la Lotería, te monto una radio”. Y yo, cuando me lo dice, siempre pienso en 4 ó 5 personas con las que llevaríamos esa radio al fin del mundo.

    Llevo ya casi 3 meses en Radio Marca. Joder, el tiempo pasa muy rápido. Allí me he encontrado con gente muy, muy, muy, muy, muy, muy joven.  Esos chicos y chicas a los que llaman “becarios”, una palabra que a mí me repatea las pelotas. Son compañeros. Es más, en muchas ocasiones nos dan lecciones de ganas, inquietudes y labor. Para mí ha sido lo mejor en este amanecer de mi nueva aventura, quizás porque venía de un sitio en el que había déficit de inocencia y superávit de momias. Mola mucho trabajar con ellos, es muy fácil activarles luz en esos ojos que piden un simple guiño. En lo personal, me reconforta un millón de veces más un piropo de un “becario” que un halago de un jefe. Me encanta coincidir en la vida o en las redes sociales con algún compañero con el que trabajé durante un corto período en Onda Madrid, cómo lo pasábamos en aquellos veranos en los que éramos 4 gatos. Es un enorme orgullo que muchos de ellos recuerden aquellos momentos con una sonrisa.


    “El que vale, llega”. No. Pero intentadlo. Y si tenéis que cambiar el rumbo de vuestra vida, dejad siempre un pequeño hueco para alimentar vuestros sueños de periodistas. Mientras tanto, yo seguiré intentando enterrar la etiqueta “becario” y, sobre todo, animar a mi madre para que acierte con los números de la Primitiva, el Eurojackpot, el Euromillón y hasta la Quiniela Hípica.


viernes, 27 de febrero de 2015

ONDA MADRID OFF, RADIO MARCA ON

  
  "Hijo, que te acaban de llamar de Onda Madrid, que te han cogido". En pleno mes de junio de 1999, cuando los muchachos ni siquiera llevábamos un teléfono móvil con nosotros a todas partes, mi madre consiguió localizarme en casa de mi amigo Chiqui, que como era el único que tenía piscina era invadida cada tarde de verano por todos sus colegas. Mamá estaba llorando. Lágrimas de alegría, de felicidad, de emoción. Sólo ella había asistido a mis sueños radiofónicos desde que era un renacuajo. Sólo ella compartía mi devoción por ese transistor que llevaba pegado a la oreja desde ni me acuerdo cuándo. Sólo ella me había escuchado narrar desde mi habitación partidos reales o ficticios. Sólo ella sabía lo que significaba para mi trabajar en la radio. Yo nunca quise ser médico, ni piloto, ni profesor, ni futbolista. Yo siempre quise ser periodista. Yo siempre soñé con ser locutor de radio.

  
  Durante la mañana de ese mismo día mi madre, la persona que en condiciones muy difíciles me ayudó a estudiar una carrera y formarme lo mejor posible, entró en mi habitación y me dijo: "Llama a Onda Madrid, que te vas a quedar sin hacer las pruebas". Yo estaba liado preparando el programa diario de deportes que teníamos en Radio Miraflores de la Sierra. Para mí cada programa era como jugar una final de Copa de Europa diaria, así que allí andaba estrujándome el cerebro para cocinar una hora de radio digna. Los que me conocen saben que cuando preparo un programa tengo mis rituales y mis manías (¿verdad, Rosita?), y además como no me sobra talento necesito mucho trabajo. Pero le hice caso a mi madre. Pude no hacerlo, y no estaría escribiendo estas líneas. Pero afortunadamente le hice caso y levanté el teléfono. "Buenos días, quería hablar con José Luis Poblador, por favor". "Sí, soy yo. Las pruebas para entrar en Madrid al Tanto son esta misma tarde a las 4". 


                    


  No me jodas, esta misma tarde. ¡Mierda! A esa misma hora tenía el programa en Radio Miraflores, y eso para mí era una responsabilidad innegociable. Cada tarde de verano subía por la carretera de Colmenar con mi Renault 5 (¡4 marchas!) con todas las ventanas abiertas para que entrara un poco de aire, aunque fuera caliente como un horno. Llamé a mi compañero de andanzas (Jorge Aznal) y le dije que esa tarde no podía ir. Me sentía fatal, como si hubiera traicionado mi deber. Con el tiempo me he dado cuenta de que esa disciplina me ha ayudado muchísimo en mi profesión. Ese día (¡sólo ese!) me borré de Radio Miraflores... y el destino me echó un cable. Allá vamos, a hacer las pruebas para entrar en Madrid al Tanto, programa que yo escuchaba cada domingo por la mañana y que como cualquier oyente tenía idealizado.
     
 Estaba cagao, acojonao vivo. Más aún cuando llegué al edificio de Telemadrid/Onda Madrid y me encontré con unos 50 chavales como yo que habían ido a lo mismo. Llegó mi turno y conocí a José Luis Poblador. En ese momento ninguno de los dos sabíamos que ahí nació un vínculo que, pase lo que pase, va a durar toda la vida. Para él todavía era Carlos, ahora soy Blas. Para él y para muchos oyentes y socios de profesión. "Carlos, a narrar". Encendió la tele y apareció aquel Atlético de Madrid - Ajax de la Champions, en concreto la jugada en la que marcó el portugués Dani. Lo hice lo mejor que pude, pero honestamente creo que fue una mierda. Casi nunca me quedo satisfecho con lo que hago, un enorme defecto que soy incapaz de corregir. Entre la autoexigencia y la flagelación la línea es demasiado delgada, y creedme, a veces se pasa mal. En fin, salí de allí poco convencido y me fui a hablar de chicas, de música y de chorradas a la piscina de mi gran amigo Chiqui. Allí recibí la llamada que cambió completamente mi vida.


                        

     
  En 1999 comenzó mi etapa en Onda Madrid. El 31 de agosto hice aquel inolvidable Cercedilla 1 - Coslada 2. Canté mi primer gol en la radio, de Lucas para los locales. Y fui inmensamente feliz. Durante ese partido y durante los 13 años y medio siguientes. En Onda Madrid he hecho 100.000 cosas más de las que contenían mis sueños, me siento muy afortunado, no todo el mundo puede decir que ha cumplido sus sueños multiplicados por 100.000. He disfrutado como un niño narrando partidos de Tercera y finales de Euroliga. Y fútbol sala, balonmano, eventos de atletismo, qué sé yo, de todo. Un rodaje y una experiencia impagables. Amo todos los deportes, amo la radio, qué más puedo pedir, la vida me ha sonreído, he sido inmensamente feliz con un micrófono entre las manos. Y además he formado parte de un proyecto en el que los imposibles se intentaban. Periodismo también es viajar 1000 kilómetros al día en una Eurocopa con la única compañía de unas galletas Leibniz, coger por la pechera a un ruso para que te instale una línea digital, dormir en el único tugurio disponible de un pueblo austriaco o narrar el playoff de un equipo de Tercera rodeado de paisanos del equipo rival cabreados con tus alaridos de gol. He sentido en el alma la adrenalina de la radio, una droga que engancha. Joder, he sido inmensamente feliz haciendo radio, eso hay que vivirlo, no se puede explicar. Para un romántico de estadios y pabellones como yo, he tenido el enorme privilegio de conocer un montón, incluso aquellos míticos que alimentaban mis sueños de radio antigua. Os confieso que cada vez que terminaba una transmisión me quedaba 1 minuto observando el pabellón o el estadio de turno porque yo sabía que aquello tendría fecha de caducidad y que no podía olvidar que estaba viviendo un sueño. De lo poco de lo que puedo presumir es de que en estos últimos 15 años y medio no he olvidado ni un solo segundo que era un privilegiado y que cientos de personas hubieran pagado por hacer lo que yo hacía. Y que ni un solo día, ni en un solo viaje, ni en un solo programa, ni en un solo entrenamiento, ni en una sola entrevista, ni en un solo partido, ni en un solo inalámbrico, ni en una sola producción, ni en una sola conexión, ni en una sola función me he dejado llevar. Nunca. Ni siquiera en los últimos y difíciles tiempos. Para mí ha sido una enorme fortuna no nacer con un talento comunicador innato, eso me ha ayudado a luchar mucho, a trabajar mucho. Y es una enorme suerte porque te ayuda a superarte cada día.
     
   Mañana dejaré atrás 16 años menos 5 meses de mi vida. No de mi trabajo, sino de mi vida. Onda Madrid para mí ha sido mi vida. En Onda Madrid he madurado, en Onda Madrid he conocido a amigos que lo serán para siempre, en Onda Madrid me he encontrado con la mujer de mi vida, en Onda Madrid he llorado (por dentro, quizás sea una forma de protección) de alegría y también de rabia, en Onda Madrid he aprendido muchísimo, en Onda Madrid también me he llevado las decepciones personales más profundas de mi existencia, en Onda Madrid he perdido amigos por el camino. Lo dicho, los años más importantes de mi vida. Echo la mirada atrás, repaso algunos audios, algunas fotos y algunos recuerdos y sólo puedo dar gracias desde lo más profundo de mi corazón por lo feliz que he sido. Enormemente feliz, joder. FELIZ con mayúsculas.


                        


  Soy reservado, pero a la vez extrovertido, aunque parezca una contradicción. Prefiero no aportar muchos nombres aquí porque quienes me conocen saben que yo siempre intento que los demás reciban mi energía. No me guardo besos ni abrazos, me jode que se queden por el camino por pudor o vergüenza. Aunque luego con el tiempo te asalte la certeza de que a veces no recibiste lo que muchos días diste con discreción. Bueno, quizá los seres humanos no podemos o no sabemos aparcar el egoísmo. En el repaso mental que hago a diario y que he intensificado durante los últimos días he corroborado que durante estos años he cometido muchos, muchísimos errores. Pero siempre he intentado fomentar el buen rollo, las sonrisas y el respeto. Desde la inocencia del principio y desde la experiencia del final. Me he afanado en conseguir que los veteranos y los recién llegados vieran en mí a una persona que les podía ayudar. Qué menos, ¿no? Asumo que desde enero de 2013 (ERE) he cambiado. A pesar de las cientos de equivocaciones que a menudo martillean mi cabeza, me siento profundamente orgulloso de haber dejado de ser yo... para ser yo. Yo me entiendo, y algunos de vosotros sé que también. Es jodido, muy jodido, como asistir a un capítulo diario de una continua contradicción. Pero era necesario. Pido perdón de corazón si en los últimos tiempos alguien que no lo mereciera ha recibido de mí un gesto, una palabra o una indiferencia injustos.
     
  Aparco Onda Madrid. Ayer hice mi último partido de basket (¡cuántas alegrías me ha dado el binomio baloncesto - radio, Dios mío!). Mañana haré mi último partido de fútbol. Me hace mucha ilusión poder despedirme en Vallekanfield, en la cabina 18, entre mi gente. Siempre digo que ni aunque viviera un millón de vidas seguidas me llegaría para devolver el cariño que recibo en el barrio. No sé qué deparará el futuro, pero jamás olvidaré lo feliz que he sido en la radio junto al Rayo Vallecano y su gente. Y con todo lo demás, demonios. He flotado, he levitado, he vivido en una nube toda esta aventura, ha sido una constante y excitante montaña rusa. "Disfruta hasta el final de la radio a la que tanto quisiste", reza un mensaje muy especial que he recibido en las últimas horas. Es verdad, yo quise con locura a aquella Onda Madrid, y he tratado de demostrarlo cada día de mi curro. Una etapa de mi vida fascinante, hermosa, inolvidable, irrepetible. En estas líneas no quiero ni una pizca de ese rencor que albergamos los seres humanos cuando te duelen las cosas, a pesar de que Onda Madrid también me ha mostrado la profunda maldad humana, esa que cuando eres pequeño piensas que no existe. Ahora sólo cargo una enorme y pesada mochila de agradecimiento. Gracias a todos los compañeros que me han enseñado y de los que sigo aprendiendo hasta el último día. A algunos yo los escuchaba cuando era pequeño, ¡eh! jajaja. Gracias a la gente que dejo allí y que merece la pena. Gracias a los compañeros de profesión y de batallas que me regaláis vuestro cariño. Y gracias a ti, Pobla, por apostar por un imberbe de 19 años que aprobaba en ganas y suspendía en todo los demás. Sin tus enormes cojones quizá jamás habría podido disfrutar de mi gran pasión. GRACIAS.


                     

     
  Onda Madrid, off. Radio Marca, on. ¡Viva la radio! El lunes comienzo una nueva aventura, una aventura fascinante. Se me cae la ilusión de los bolsillos, funciona a pleno rendimiento la fábrica de mis sueños. Tengo unas enormes ganas de trabajar con compañeros a los que llevo escuchando muchos años. A mi gente le digo que no se preocupe, que aunque esto parezca una locura (y quizá lo sea), también esta vez va a salir bien. Y que gracias por apoyarme una vez más en todo a pesar de los miedos y las dudas. Me gusta el riesgo, no puedo quedarme parado, qué le vamos a hacer. Necesito darle algo más a mi profesión y, sobre todo, recibir muchas más toneladas de esa inefable pasión llamada radio. Seguiremos aprendiendo del oficio y de la vida. Estaré encantado si me queréis acompañar y arropar en este nuevo desafío. ¡Adelante! Gracias a todos por compartir conmigo la magia... de la radio.