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miércoles, 29 de mayo de 2013

LA INEXPLICABLE NECESIDAD DE REBOZARSE EN LA MIERDA


     Hace unos meses, sentado a la mesa de un restaurante, un tipo al que yo quiero mucho que conoce a la perfección los entresijos del baloncesto, me dijo una frase categórica: “Hay gente que critica por decreto, ocurra lo que ocurra, todo lo que tiene que ver con el baloncesto”. Una gran verdad que ahora me sirve de gancho para escribir este artículo.

     Porque esa frase es una verdad como un templo. Como periodista, me impongo la obligación y siento la necesidad (no es lo mismo) de censurar aquello que considero que se está haciendo mal y aplaudir eso que creo que se está haciendo bien. A poder ser sin pontificar, ese mal del periodismo y de la vida que por momentos se vuelve insoportable. Algo que así escrito del tirón parece sencillo, y que sin embargo por momentos se convierte en quimérico, en un ejercicio de malabarismo y funambulismo a la vez. Pertenezco a ese reducido (o no) grupo de personas a las que le gusta informar sobre baloncesto, ver baloncesto, contar baloncesto, leer sobre baloncesto, escuchar a otros hablar de baloncesto, opinar sobre baloncesto, sentir el baloncesto. El baloncesto forma parte de mi vida. El baloncesto es una parte muy importante de mi vida.

     Trabajo (de momento) en un medio de comunicación que antes de “asesinar” su proyecto de deportes se volcó con el baloncesto. Creo en ese producto, creo en el baloncesto. Como deporte, como ocio… y también como elemento para transmitir emociones a los demás. Como amante del baloncesto no acierto a entender cómo es posible que un partido de semifinales de la Liga Endesa se programe un día laborable a las 18.15 horas, no me gusta que a la Copa de Europa vayan los novenos de una Liga y se queden con cara de gilipollas los cuartos, alucino con las huelgas de paripé que nunca se hacen, no me agrada el modelo “iluminado” del mandamás de la Euroliga, me parece una falta de respeto que el hincha del Real Madrid tenga que elegir entre ir al fútbol o al basket…  y así, como todos vosotros, podría enumerar decenas de detalles que, humildemente, pienso que los encargados de “vender” este maravilloso deporte están haciendo mal. Hasta ahí correcto y, sobre todo, muy necesario.
                                              
 
 
     Pero me enerva la gente que vive para criticarlo todo. Personas que supuestamente trabajan por y/o para el baloncesto. En mis conversaciones privadas con ellos no recibo ni una sola inyección de optimismo y cuando leo sus medios es imposible encontrar una buena noticia o una crítica positiva. Por no hablar de las redes sociales, en las que sus cuentas “escupen” palos, azotes y golpes contra todo y contra todos. No les gusta nada. Todos los clubes están gestionados mal, la ACB lo hace todo de manera penosa, la Euroliga es una vergüenza, cada minuto de realización televisiva es una basura, las audiencias son bochornosas, cada comentarista o narrador de basket es insoportable, el fichaje de Rudy por el Madrid es incomprensible, todos los horarios de todos los partidos de todas las eliminatorias del mundo mundial son un error… y así podría rellenar folios y folios de “zascas” contra todo y contra todos. Me pregunto si la explicación es que rebozarse en la mierda da más notoriedad que intentar buscar el equilibrio.     

     El baloncesto (y lo que le rodea) nos ofrece muchísimas cosas buenas. Sin ir más lejos,  el playoff 2013 nos está regalando momentos para la historia, como las tres prórrogas en el Príncipe Felipe o la hazaña heroica del Gran Canaria. Este deporte es tan mágico que Javi Beirán ha mudado en apenas 5 días de la culpabilidad extrema por fallar dos tiros libres claves a la máxima euforia por “profanar” el Buesa con una victoria antológica. Me niego a pensar que todo sea una ruina. Y me rebelo contra aquellos que manejan la convicción de que lo malo siempre “vende” más, una mentira que a fuerza de repetirla se ha convertido en verdad para demasiada gente de este país. Lo siento, pero yo me bajo del barco en el que navegan aquellos que tienen la inexplicable necesidad de rebozarse en la mierda.
    

miércoles, 8 de mayo de 2013

MI FINAL FOUR

     No voy a escribir sobre la Final Four. Voy a escribir sobre mi Final Four. Lo deportivo lo dejo a un lado, ya sabéis que yo siento el basket como vosotros y esta cita es uno de los momentos más emocionantes del año. Cuatro equipazos, tres días apasionantes, el cetro continental en juego. Bestial, un privilegio para los jugadores, técnicos, hinchas, periodistas y amantes de este bendito deporte en general. Pero repito, en estas líneas sólo quiero hablar de mi Final Four. Joder, esto suena casi como el famoso “Vengo a hablar de mi libro” de Francisco Umbral.
     Mi Final Four no son cuatro partidos de baloncesto, unas horas de radio, un viaje en avión o unas cuantas entrevistas en el hotel de los jugadores. Mi Final Four es una mochila llena de recuerdos, de momentos mágicos de radio, de viajes, de compañeros, de amigos, de agobios, de reuniones, de abrazos, de discusiones, de previsiones, de triples, de mates, de huevos, de proyectos, de milagros, de pasión. Los que me seguís a través de este blog o de las redes sociales ya conocéis de sobra cuál es mi opinión sobre lo que ha sucedido con los Deportes de Onda Madrid. Ahora no es el momento de actualizar la película, ya habrá tiempo (creedme, lo habrá) para escribir el penúltimo capítulo de la aventura protagonizada por unos locos valientes. Porque lo que pretendo en este humilde artículo es hacer partícipes de mi Final Four a mis compañeros, mis amigos, nuestros patrocinadores, nuestros oyentes, nuestra gente.
     El “Proyecto Baloncesto” en Onda Madrid ha sido una bendita locura, la bendita locura de un grupo de “chalaos” a los que les enamora el baloncesto y la radio, una combinación que es maravillosa, mágica, súper especial. Un hermoso edificio de sensaciones, emociones, partidos, competiciones y viajes que algunos irresponsables han querido enterrar. Cada minuto, cada partido, cada momento de radio, cada reflexión autocrítica en la solitaria habitación de un hotel londinense, cada éxito, cada fracaso, cada cesta, cada tri tri triple, cada mate, cada show, cada “Viva la radio” lo voy a sentir en el fondo de mi corazón junto a mis compañeros, junto a mis amigos que me han enseñado a amar la radio y que me han ayudado a mejorar como narrador de baloncesto.

                                                                



      Mi Final Four va para los cafés con Poblador pergeñando un nuevo proyecto o una nueva locura, para las llamadas de Margot a las 16 horas para saber si a su “Blasito” le iba bien en éste o aquél punto de Europa, para las horas de conversación con Rosita preparando entrevistas, programas especiales, minutos, horas de baloncesto en la radio de la Comunidad de Madrid, para las felicitaciones cariñosas de Delfa después de una emocionante transmisión, para la báscula, los “ñiki ñiki”, los “yoyós” y los “Tomac” de esa bestia radiofónica llamada Bernardo, para aquel inolvidable café en el hogar de Mr Aener, para la inversión romántica y económica del Señor Pizza Jardín, para los torreznos y las fotos de los “segovianos” en la cabina número 13 del Palacio de los Deportes, para las narraciones de radio “vieja” de Nacho Serrano desde el culo del mundo con el Fuenlabrada o el Estudiantes, para las entrevistas a pie de obra de Rosa Vara de Rey, tantas y tantas veces llevando a los oyentes ese servicio público que nadie más les ofrecía, a los interminables viajes en metro en Moscú para ahorrar dinero y poder hacer más cosas en el futuro, a la señora rusa que me dio de comer en el pabellón del Khimki después de 8 horas luchando por conseguir una línea digital, a mi “hermano“ Nacho Jouve (Real Madrid Televisión) por su apoyo incondicional, a las conversaciones por preescucha con el genio de la técnica Machuca, a las discusiones a gritos con los taxistas turcos que le querían “robar” dinero a todos los madrileños, a los interminables atascos de Atenas, al “gusanillo” incontrolable cada vez que montaba mi “chiringuito” en ese pabellón mítico con el que había soñado en mis sueños radiofónicos de adolescencia, a las prisas por bajar al vestuario visitante de cualquier pabellón europeo con Margot al teléfono controlándolo todo, al aluvión de mensajes que recibimos en aquel Partizan – Real Madrid en la Pionir en un partido que sólo dio la radio, a los gritos al unísono y locos con los triples de los equipos madrileños, a los días en Lituania en los que uno dormía 3 horas cada noche para poder llevar en cada mano los micrófonos de Onda Madrid y Telemadrid, a los inolvidables programas con público en el Pizza Jardín de la Calle Duque de Sesto, a las conversaciones con mi madre a 4000 kilómetros de distancia para recibir su cariño, a las movidas con los policías israelíes para llegar a tiempo a los controles del aeropuerto, a la infinita satisfacción que tenemos por haber cuidado con mimo, cariño, amor, dedicación y cojones el ba-lon-ces-to.
     Esa será mi Final Four. Dopado anímicamente durante cada transmisión para honrar a lo más importante que hemos tenido, tenemos y tendremos: vosotros, los oyentes, los que habéis acogido este proyecto con pasión, devoción y una infinita fidelidad. Necesito que vosotros, nuestros benditos oyentes, y mis compañeros, mis amigos de #DeportesOndaMadridForever sepan que cada instante de mi Final Four va para ellos, para nosotros, para todos. COMO TODA LA VIDA.

jueves, 2 de mayo de 2013

HINCHAS SIN CÓDIGOS


     Os he contado más de una vez que presumo de ser un romántico del fútbol, un romántico del deporte. Me fijo mucho en los escenarios que acogen partidos, en la estética de las camisetas de los equipos, en los detalles que perpetúan la grandeza de un club deportivo y, por supuesto, en el comportamiento de las hinchadas. Quizás por eso me cabrea, me enerva, me ofusca, me molesta, me enrabieta y me solivianta que un hincha, sea del equipo que sea, sea en el partido que sea, abandone un estadio de fútbol antes del pitido final del árbitro.
      Desde que tengo uso de razón (si es que de verdad lo tengo)  he visto como en España la gente se “pira” en el minuto 89, 85, 80… ¡incluso en el 75! Es más, en alguna ocasión he presenciado con mis propios ojos como algún aficionado desfilaba en plena primera mitad de un encuentro simplemente porque su equipo perdía 0-3. ¿Os parece normal? Mi trabajo (y mis locuras) me han regalado el privilegio de poder viajar mucho y asistir a eventos deportivos en muchos países de Europa. En pocos lugares me he encontrado con comportamientos similares. Inglaterra y Alemania son dos buenos ejemplos de lo que estoy escribiendo. Allí los hinchas respetan sin fisuras códigos que yo considero inviolables.
      ¿Por qué un hincha abandona su localidad y su estadio antes del final? Los culpables del “delito” esgrimen todo tipo de razones, de excusas, de “es ques…”. Que si quieren evitar el atasco, que si no cogen el Metro, que si el autobús urbano se llena, que si tienen que comer, cenar o merendar con la novia/novio, que si mi equipo es una mierda, que si me mareo a la salida con tanta gente caminando a mi lado, que si hace frío, que si estoy sudando del calor, que si llueve, que si mi paraguas tiene una varilla rota, que si mi chubasquero no es impermeable, que si mi vecino de asiento me ahoga con el puro, que si el bocata de jamón me ha sentado mal, que si la abuela fuma… Lo dicho. “Es ques” que se pueden llegar a contar por centenares.
                             
     Lo de esta semana europea ha sido de traca. Real Madrid – Dortmund y Barcelona – Bayern. Dos partidazos colosales en un contexto colosal, el de una posible remontada. Vamos, la situación en la que un equipo de fútbol necesita más el apoyo, el hálito, el empujón de su hinchada. El Madrid creyó, su afición apretó y al final casi lo logra. El Barça jamás confió, su afición se mostró fría y los azulgranas cayeron eliminados de manera inapelable. Pero en ambos estadios vimos con un buen número de aficionados abandonaban la grada en pleno partido. Lamentable. Lo escribo con respeto, pero dos veces. LAMENTABLE. Hasta el punto de que algunos abonados del Madrid se “largaron” en el minuto 70, escucharon dos alaridos seguidos de camino al coche y se dieron la vuelta para intentar entrar otra vez al Bernabéu. Ridículo. Lo escribo con respeto, pero dos veces. RIDÍCULO.
      Estos hinchas pisotean los códigos sagrados del fútbol. Supongo que el dinero que se gastan en el abono o entrada les da derecho a animar o censurar, según estimen oportuno. Pero considero inaceptable la tendencia de muchos aficionados a abandonar su localidad, dejar tirado a su equipo y orinarse en el espectáculo, porque al fin y al cabo un partido de fútbol es un gran espectáculo de ocio. Como una obra de teatro o un concierto de música. Especialmente esta semana, en la que creo que los futbolistas del Madrid se merecían una enorme ovación (la tributaron los presentes) tras un enorme esfuerzo y 13 minutos para la historia de la Copa de Europa. Y en la que los jugadores del Barça necesitaban el apoyo de esa hinchada a la que le han regalado títulos, sueños, espectáculo y alegrías. Los que no se  quedan hasta el final son hinchas sin códigos, sin respeto por el romanticismo que nos ofrece algo tan hermoso como el fútbol. Lo que me jode de verdad es la cantidad de gente que no se puede permitir asistir a un partido de fútbol y que desde el salón de su casa respetan esos códigos sagrados que hacen del deporte una bendita locura.

miércoles, 17 de abril de 2013

EL MONARCA DEL BASKET ESPAÑOL


     Ha llegado el momento de escribir sobre uno de los jugadores más importantes de la historia del baloncesto español. Un tipo de esos que ha llegado más alto de lo que su talento le guiaba. Un trabajador incansable, un deportista loco por mejorar en cada entrenamiento, en cada partido, en cada campeonato, en cada temporada. Un jornalero de la Gloria que se va ir a su casa con un palmarés espectacular. Un jugador de equipo dentro y fuera del parqué. Ha llegado el momento de escribir sobre Felipe Reyes Cabanas, el “Monarca” del basket español.

     “Felipe Reyes está acabado”. Una frase que durante los últimos años he tenido que escuchar a menudo. No es necesario ahondar demasiado en el “dónde” o en el “quién”. Vosotros, apasionados del baloncesto como yo, también lo habréis escuchado unas cuantas veces. Una muestra más de la costumbre (eterna, irresoluble, asquerosa) que tenemos en este país de escupir a los deportistas que son o que van camino de convertirse en leyendas. Nos encontramos en un marco mediático en el que, en demasiadas ocasiones, una afirmación se convierte en verdad a fuerza de repetirla… aunque sea la mayor falacia del mundo. Como aquel “Felipe Reyes echó a Messina”. Una gran gilipollez.

     El “Monarca” se está marcando una temporada sencillamente espectacular. Hasta el punto de comandar en muchos momentos una segunda unidad esencial para que su equipo sea capaz de aspirar a los títulos importantes. Desde sus 204 centímetros roba rebotes a los pívots más importantes de Europa. Como toda la vida. Con dosis de colocación, instinto, coraje, habilidad, manos duras y, sobre todo, “pelotas”. Por eso algún día, en alguna narración de un partido de basket, yo le pregunté a mi “socio” Alfonso Bernardo que dónde estaba la báscula para pesar lo que el capitán del Madrid tiene ahí abajo. A sus 33 años Felipe se sigue fajando bajo los tableros como el imberbe que desea arañar minutos de calidad en una escuadra importante. Tras su flequillo repeinado esconde una fiereza innegociable. Eso lo saben sus rivales, sus compañeros, su entrenador y su hinchada, que tras 9 campañas en el club le reconoce ya como un actor de primer orden. Su renovación está pactada, así que Reyes vestirá durante más de una década la zamarra con más historia del baloncesto continental. Lo dicho, una leyenda.
 
 
     Felipe es un “obrero” de su profesión que ha ganado mucho. Pero mucho. Campeón del Mundo, doble Campeón de Europa y doble Subcampéon Olímpico con España. Dos Ligas, dos Copas, una Copa Uleb y una Supercopa con su club. Más de 12.000 minutos, uno detrás de otro, en la ACB. Y más allá de los números, el “Monarca” nos ha dejado un sinfín de postales en las que exhibe corazón, actitud y valentía. Para mí la imagen más hermosa es aquel trofeo al cielo que Navarro le dejó levantar en Kaunas para honrar a su padre, para enorgullecer a la madre que lo parió y para emocionarnos a todos. Cuando toneladas de emoción y de sentimientos inundan una cancha de baloncesto el deporte deja paso a la vida. Fue maravilloso, inolvidable. Felipe ha renunciado al Europeo de Eslovenia (¡191 internacionalidades con España!) para intentar alargar lo más que pueda su exitosa carrera deportiva. 2013 le ha brindado la oportunidad de coronar un currículum glorioso. Viajará a Londres con el Madrid para luchar por un entorchado que su club no conquista desde 1995. Él tenía 15 años. Crecía en ese gran club llamado Estudiantes, con el que también alcanzó cotas impensables, y veía por la tele a aquel gran Real Madrid de Sabonis. 18 cursos después, Felipe anhela ser Campeón de Europa de clubes. Mientras tanto, sigue sin construirse en ningún lugar del mundo la báscula que sea capaz de pesar las “pelotas” del “Monarca” del basket español.

 

viernes, 5 de abril de 2013

NOS JUGAMOS LOS CUARTOS


Señores, señoras, niños, niñas, “basketmaniacos” de toda clase y condición… ya están aquí los cuartos de final de la Copa de Europa. El futuro campeón jugará entre 5 y 7 partidos más para levantar el 12 de mayo en Londres el título más glorioso para un club. El mastodóntico pabellón O2, a orillas del río Támesis, coronará en 5 semanas a la mejor escuadra del Viejo Continente. Extrañamos a algunos equipos (Montepaschi Siena, Khimki, Zalgiris o Unicaja), pero a estas latitudes sólo llegan los más fuertes. Me gusta, me enamora el baloncesto. Y sé que a vosotros también. Así que os invito a comentar este post. Venga, vosotros y yo somos valientes, así que ¡vamos a jugarnos los cuartos!


Barcelona – Panathinaikos

      Pedazo de eliminatoria. Dos trasatlánticos frente a frente. Ambos con una historia reciente “escandalosa”, ambos con un presente alentador que les coloca la etiqueta de “candidatos a todo”. El Barça afronta la cita en su mejor momento de la temporada. Campeón de la Copa del Rey, con un Tomic decisivo, con Lorbek creciendo y con Navarro mimado como un tesoro para los partidos de verdad. Ojo a la ausencia de Mickeal, cuyo talento, oficio y carácter ganador echará de menos el cuadro de Xavi Pascual. El Panathinaikos ha suplido la ausencia de Obradovic con el mando de Diamantidis, jefe en la cancha y entrenador  “in pectore”. Él marcará el ritmo de los partidos, un gran hándicap para el Barcelona. De la regularidad de Ukic y el físico de “Baby Shaq” dependerán las opciones verdes. Una serie emocionante, colosal, brutal para los que amamos este bendito deporte llamado baloncesto.

Pronóstico: Barcelona 3 – Panathinaikos 1 
Jugador decisivo: Ante Tomic


Real Madrid – Maccabi Tel Aviv
                 
            Cruce con sabor a baloncesto añejo, a recuerdos de infancia, a vídeos lejanos al moderno HD. Por primera vez en muchas ediciones, el Madrid se planta ante los hebreos con el cartel de favorito en la solapa. Bueno, quizás debamos rebajarlo a “minifavorito”. Los blancos han ido de más a menos en la competición, pero comparecen en cuartos con el ADN revitalizado tras una gran actuación frente al Efes. Laso necesitará tirar de la explosividad de Llull, el talento de Rudy, la muñeca de Mirotic y la defensa de Slaughter para estrenarse en una Final Four. El Maccabi, de menos a más en la Euroliga, cuenta con un gran estratega (David Blatt), buenísimos jugadores y una hinchada que va a hacer de la serie contra el Real un modo de vida. Ojo a Ricky Hickman, un hasta ahora secundario en Europa que de amarillo las enchufa de todos los colores. Mi debilidad es Eliyahu, grandioso jugador peleado a partes iguales con la irregularidad y las lesiones. Un clásico de Europa para gozar como siempre… y como nunca.

Pronóstico: Real Madrid 3 – Maccabi 2
Jugador decisivo: Rudy Fernández




CSKA Moscú – Caja Laboral
               
       A priori, la eliminatoria más descompensada de las cuatro. Pero no cometeremos el error de menospreciar el “gen Baskonia”, un equipo que en el año 2005 precisamente en Moscú protagonizó una de las grandes hazañas del basket moderno. El “roster” de Messina es interminable, casi inabordable. El asesino malhumorado Teodosic, el martilleo desde 5 metros de Weems, la calidad del mejor 3 de Europa (Khryapa), las eternas doble figuras de Krstic… y así hasta una decena de jugadores que desafían al resto desde la cima del talento. Messina es muy bueno. Messina al mando del equipo del Ejército Ruso es sencillamente estelar. Los vitorianos acuden al cruce con un Lampe sensacional, con un Nocioni que ha de trasladar a Europa su tarjeta doméstica y con el “un día sí, otro no” de los básicos San Emeterio y Nemanja Bjelica. En el calor ambiental ganarán los “baskonistas” por paliza.

Pronóstico: CSKA Moscú 3 – Caja Laboral 1
Jugador decisivo: Viktor Khryapa


Olympiacos – Anadolu Efes
               
         El actual campeón de Europa contra un equipo alejado últimamente de los grandes desafíos. Sin embargo, aquí se esconde para mí la gran sorpresa de los cuartos. Ojo a los otomanos, un equipo tan raro que ni siquiera cuenta con la ventaja de una afición caliente. Equipazo a disposición del eterno Mahmuti. Tremendo Farmar, un paso por delante de todos los demás. Junto a él, la infinita calidad de Savanovic, la zurda de Lucas, las rachas de “Sharapovo”  Vujacic y las torres de la pintura Erden, Barac y Gonlum. Los rojiblancos del Pireo lo fían todo al mito barbado Spanoulis y al hombre con el nombre más griego de la historia, Kostas Papanikolau, un tipo que hoy por hoy marca las diferencias contra quien sea. Acie Law ha crecido en los últimos dos meses, Shermadini valora mucho en pocos minutos y Printezis ha recuperado en su patria esa regularidad perdida. Me la juego con la sorpresa, qué demonios.

Pronóstico: Olympiacos 2 – Anadolu Efes 3
Jugador decisivo: Jordan Farmar

martes, 12 de marzo de 2013

1000 OBSTÁCULOS PARA UN SOÑADOR


     El deporte siempre reserva un hueco para los románticos. En el baloncesto encontramos a uno a 3000 kilómetros de España, allá donde el baloncesto es una religión, allí donde la historia de la cesta guarda un lugar privilegiado para el club Zalgiris. Joan Plaza disfruta en el este de Europa de otra aventura vital, una de esas aventuras que Joan narra cuando coge su ordenador para dar forma y contenido a sus novelas. Una aventura incluso demasiado compleja para un tipo tan soñador como nuestro entrenador. 

     Porque el "coach" Plaza está lidiando con 1000 obstáculos para poder ser moderadamente feliz en su periplo lituano. Ha logrado lo más difícil, darle estabilidad deportiva a un equipo que durante la última década ha engullido a todo entrenador que osaba sentarse en el banquillo verde. Líder en las dos competiciones domésticas, la nacional y la internacional (aquí el Zalgiris se cita con rivales como el CSKA de Moscú o el Khimki) y recorrido notable en la Copa de Europa, en la que tras una primera fase brillante parece que los lituanos no van a poder alcanzar los cuartos de final. Gran mérito el del entrenador español, que en las últimas semanas ha visto como su aventura se contaminaba de episodios surrealistas.



     Joan aún no ha cobrado ni un sólo euro (o lita, moneda oficial de Lituania) de su contrato. Nada. Su honestidad y su compromiso con el proyecto le llevaron a abrir su cuenta en el banco que patrocina al Zalgiris. Ahora esa entidad se ha declarado en bancarrota, por lo que nuestro entrenador tiene su dinero "bloqueado" a la espera de un "desatascador" que no se espera llegue a corto plazo. Algunos de sus jugadores fueron más listos y sacaron la "pasta" antes del cruel desenlace. El Zalgiris es un club endeudado que no es capaz de cumplir ni con las condiciones básicas del contrato de un técnico. Hace unos días Joan se quedó sin calefacción, sin luz y sin Internet en su hogar porque su club no había abonado las cantidades acordadas para cubrir esos servicios básicos. Una situación casi desesperada para un tipo al que ni siquiera le fue posible desahogarse con su familia y amigos a través de Skype. "A pesar de todo lo que está ocurriendo trato de disfrutar esta experiencia al máximo", confesaba hace unos días en la Cope.

     Un escenario terriblemente injusto para un hombre que se ha dejado el alma para consolidar su adaptación al Zalgiris y a la vida en Lituania. "Al principio pensaba que no duraría aquí ni dos meses". Se acostumbró a descorrer cada mañana la cortina y no ver el sol, a abrigarse hasta el alma antes de salir de casa, a echar de menos su España querida hasta el punto de emocionarse al comprar un diario "El País" en Moscú o encontrar aceite español a miles de kilómetros de la piel de toro. Cuando había conseguido interiorizar Kaunas como parte de su corazón, se ha topado con un sinsentido institucional que ya no le permite pedirle a sus muchachos que lo dejen todo por la sagrada camiseta verde. 

     Joan Plaza. Un tipo que hace de la sensibilidad una bandera. Un hombre capaz de fotografiar la baldosa que pisaba en el momento en el que el Real Madrid le llamó para ofrecerle el cargo de entrenador. Allí, de vacaciones en Escocia, se tomó junto a su mujer el primer whisky de su vida para celebrar su salto a esa élite que todavía le acoge. Un tío que se levanta de madrugada para anotar en un folio una idea o un concepto nuevo de su pizarra baloncestística. Un señor de los pies a la cabeza que cuando abandonó el Madrid citó a los periodistas más cercanos para compartir vinos, tapas y emociones. Su novela "Las mantas de Angelina" ha sido recientemente publicada en lituano, un idioma "imposible" con el que a Joan le cuesta familiarizarse. Cuando estuve allí aprendí una palabra que sirve para bendecir la llegada de un soñador al baloncesto de primer nivel. ACÍU (Gracias). 

lunes, 4 de marzo de 2013

EL FACTOR ANTE

     Hace 2 ó 3 años, en algún avión rumbo a alguna ciudad europea para contar por la radio algún partido del Real Madrid en la Euroliga, me levanté para ir al servicio (sí, esos baños diminutos de los aviones en los que mantener el equilibrio, no dar con la cabeza en el techo y apuntar bien es una quimera) y vi a un tipo de 2.17 “descojonándose” de risa viendo su iPad. Alcé la cabeza para mirar de reojo qué hecho podía producir tal nivel de desternille en el tranquilo tipo croata y comprobé que se trataba de una de esas pelis chulas repletas de violencia, mamporros, leches y tiros por doquier que de vez en cuando nos gusta ver a todos los tíos. Un miembro del equipo (lo mantendremos en el anonimato) me miró con un gesto que delató que los dos estábamos pensando exactamente lo mismo. “Qué jugador sería Ante Tomic si pusiera esa energía sobre el parqué…”
     A Ante Tomic se le cae el talento de los bolsillos. Lo está demostrando esta temporada con la camiseta del Barcelona, para el que está siendo un “center” capital y decisivo. ¿El mejor jugador del Barça en lo que va de campaña? Seguramente, sí. Y no sólo hablo de la valoración (Boza Maljkovic nos enseñó a todos que las estadísticas son como la ropa interior, que esconden lo verdaderamente bueno), sino también de peso, de trascendencia en y para su equipo. Joan Creus acertó con su fichaje y Tomic, más allá del morbo que suscita cualquier trasvase Madrid-Barcelona, también. Acertó de pleno. Es importante, se siente importante y ha celebrado el primer título importante del curso baloncestístico 2012/13.


     Tomic no triunfo en el Real Madrid, o al menos no como los madridistas esperaban a tenor de sus condiciones para jugar al baloncesto. Ni el hincha merengue que se sienta más “traicionado” por el pívot croata puede negar la inmensa calidad que atesora el jugador, un gigante de 217 centímetros que baila en la pintura como Fred Astaire. Casi indefendible en el uno para uno, como demostró en la reciente Copa del Rey cuando los jugadores del Madrid no se esforzaron en las ayudas. El aficionado que acudía al Palacio le reprochaba su aparente apatía, su blandura, su carácter apagado, su fobia a machacar la cesta del rival. A Ante la vida le dotó con un talento descomunal, maravilloso, intransferible, envidiable. Pero también nació con un punto de lo que en España llamamos “pachorra”. Me consta que en el Real Madrid trabajaron mucho con él (y con su mente) para sacarle esa mala leche balcánica que muchos balcánicos, sobre todo la última generación de croatas, ya no demuestran en una cancha de basket. Tuve el privilegio de hacerle a Ante Tomic su primera entrevista en castellano. Me costó mucho convencerle porque su inseguridad y timidez las trasladaba al idioma, pero al final accedió siempre y cuando el Jefe de Prensa estuviera a su lado. Recuerdo con nitidez la respuesta que me ofreció cuando le pregunté por su mayor defecto. “Lazy” (vago), dijo sin dudas con la mirada que tienen los niños cuando saben que deben corregir algo que no está del todo bien.
     7 meses después del fichaje con mayor impacto de los últimos años podemos afirmar con rotundidad que el Real Madrid no ha mejorado su juego interior sin Ante Tomic. 7 meses después podemos escribir con la misma seguridad que el Barcelona lo ha mejorado de manera notable con la llegada del “5” croata. Muchos madridistas se siguen preguntando por qué entonces Juan Carlos Sánchez y Pablo Laso prescindieron de él. Era una relación agotada. Como cuando un amigo ve que un muchacho guapo se complementa a la perfección con una chica guapa, que hacen buena pareja, que los demás les miran por la calle porque están destinados a hacerse felices, pero sin embargo después de varios años juntos se conocen tan bien que ambos saben que la relación está abocada al fracaso. Visto con la perspectiva que ofrecen los meses y los partidos, la no renovación fue lo mejor para el Madrid, por supuesto para el Barcelona (que disfruta del incomparable factor Ante) y, sobre todo, para el formidable jugador croata. Y para ti, fanático del Supermanager que apostaste por él, también. ¡Cómo suma el tío!   

lunes, 18 de febrero de 2013

FROM LA LAGUNA

     Conocí a Sergio Rodríguez hace 9 años. En junio de 2004 el Estudiantes se coló en la final de la Liga ACB. Una final inolvidable que los colegiales alargaron hasta el quinto partido tras dos choques en los que el Palacio Vistalegre entró en ebullición. El Barça salió campeón en el asalto final, con Pepu Hernández y Svetislav Pesic en los banquillos. En esa cita debutó Sergio Rodríguez, que disputó los últimos 26 segundos. Anotó un canastón. Su primer canastón como jugador de élite. El DNI del “Chacho” indicaba 18 añitos recién cumplidos.
     Han transcurrido ya 9 años desde aquel primer partido, desde aquella primera cesta. Casi una década en la que Sergio ha perdido pelo, ha ganado dinero, ha aprendido un idioma, ha viajado en avión centenares de veces y ha madurado hasta convertirse en un grandioso jugador de baloncesto. 4 temporadas en la NBA con 3 franquicias diferentes (Portland, Sacramento y Nueva York) en las que la irregularidad se adueñó de su trayectoria. Algunos siempre pensamos que el canario hizo demasiado pronto las “Américas”, pero él siempre ha mantenido que fueron 4 años fantásticos, vitales para su carrera deportiva.
      Sergio Rodríguez es buenísimo. Y su gran virtud es demostrarlo desde su etiqueta de “especial”. Porque el “Chacho” no es un jugador cualquiera. Necesita exhibir su talento, que para él es simplemente su manera natural de jugar al basket. Así jugaba de pequeño en Tenerife, así juega ahora, así jugará con sus nietos dentro de muchos años. Es un jugador de calle. Con su show, con sus fintas, con su manejo sazonado de dosis de birlibirloque, con sus “alley-oops”, con sus riesgos, con su diversión, con sus carreras… con su innato y enorme talento para jugar al baloncesto. Porque tengo muy claro que el base canario ha nacido para tener entre sus manos una pelota grande.


     A sus 26 años Sergio ha alcanzado un nivel de madurez elogiable. Sus rituales pre partido son hipnotizantes, siempre fijo la mirada en las decenas de tiros que realiza dos horas antes de cada partido con la inestimable ayuda de Juan Trapero, preparador físico (un tipo espectacular) del Real Madrid. Lanza, lanza y vuelve a lanzar. Una y otra vez. Desde todas las posiciones. Y “enchufa” mucho. Porque el “Chacho” ha mejorado una bestialidad su tiro desde el perímetro hasta convertirse en un triplista realmente fiable. Su talento es innato (¡qué envidia!). Sin embargo, su mejoría en los porcentajes esconde un trabajo descomunal y unas enormes ganas de progresar, de ser importante, de marcar las diferencias. El Sergio Rodríguez que estamos viendo desde los playoffs 2012 es sencillamente colosal, en muchos momentos imparable. Y en muchas ocasiones sin tener muchos minutos en la cancha, lo cual le da más valor a sus actuaciones. Ayer mismo nos brindó una majestuosa exhibición de generosidad. Repartió 14 asistencias (¡9 en el primer cuarto) en tan sólo 22 minutos. Genial. 
     9 años dan para convertir una cara de muchacho revoltoso en una barba de náufrago. La típica barba que una madre te ruega todos los días que te afeites, la típica barba que se convierte en una superstición innegociable. El “Chacho” ha mejorado su excelso baloncesto y ha endurecido su apariencia física. También ha cambiado la relación que este humilde periodista mantenía con él. De tener un vínculo muy especial hemos pasado a una convivencia fría y distante. Sucede a veces cuando uno ejerce de periodista y otro de deportista de élite. Ojalá aún sea posible mantener esa conversación que tenemos pendiente. En cualquier caso, seguiré disfrutando de las actuaciones inefables de Sergio, un pequeño gran jugador de baloncesto que nos deleita a todos “from La Laguna”. Así lo cuento siempre en las narraciones de Onda Madrid, en un modesto guiño a mi compañera Margot, nacida en la misma tierra que el “Chacho”. Porque Sergio Rodríguez exhibe en cada cita su baloncesto de calle. El baloncesto de toda la vida.

lunes, 11 de febrero de 2013

MALEDUCADOS, PALETOS Y BASKETMANIACOS


                 
     Nuestras vidas serían mejores si fuéramos capaces de respetar los sentimientos y las creencias de los demás. Hemos alcanzado un punto de extremismo en la sociedad que agudiza la exaltación de lo nuestro (saludable en muchas ocasiones), pero también la intolerancia con lo de los demás (indefendible). El respeto por los demás es sagrado, innegociable. Nuestra libertad de expresión finaliza cuando faltamos el respeto a otras personas.
   
     Muchos estaréis pensando a cuento de qué viene está parrafada. El origen está en un partido de baloncesto, la Final de la Copa del Rey disputada ayer en Vitoria entre el Barcelona y el Valencia. Los que estuvimos presentes en el Buesa Arena tuvimos que asistir a otra exhibición de mala educación absolutamente vergonzante. Entiendo (soy un español más) los abucheos o silbidos a Su Majestad el Rey o al Ministro de Educación José Ignacio Wert. El pueblo tiene derecho a expresar su descontento, rabia y censura hacia las actuaciones de los miembros de la Monarquía o los representantes del Gobierno de turno, sólo faltaba. Y mucho más en los tiempos que corren, en los que el ciudadano está siendo maltratado, humillado y hasta orinado por decenas de cargos públicos. Una desaprobación hecha desde el respeto dice mucho de la persona que la lleva a cabo. Si encima la aliña con una dosis de humor (“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, atronaba ayer el pabellón vitoriano) sólo puedo quitarme el sombrero (yo uso uno de copa) ante esos actores del inconformismo.
      
     Pero no todo vale. Abuchear un himno es intolerable. Y además es una paletada o paletería, ambas palabras aceptadas por la Real Academia de la Lengua. Porque la palabra “paleto”, a pesar de que muchos la han querido utilizar para atizar a la bendita gente de los pueblos, hay que atribuirla a la personas que no saben respetar los cánones sociales. Por ejemplo: Madrid, la ciudad en la que vivo y en la que nací, está repleta de paletos. Y Barcelona. Y Valencia. Y Sevilla. Y cualquier gran ciudad. Pero paletos para regalar, irrespetuosos hasta el agotamiento, tontos por doquier. Pues eso, estábamos en que silbar y abroncar la interpretación es una inmensa paletada.
     
     Nadie puede obligar a sentir un himno. Ni el español, ni el catalán, ni el alemán, ni el gabonés, ni el neozelandés, ni el del barrio de Carabanchel. Ni siquiera el precioso himno que sonaba en el pueblo de mi madre para clausurar las desaparecidas fiestas patronales. Pero los himnos hay que respetarlos porque de esa manera respetamos los sentimientos de los demás. Esos sentimientos son sagrados. Siento asco cuando acudo a un partido de fútbol entre España y Francia y un grupo de hinchas de la Selección silban La Marsellesa. Un orgasmo “paleteril” asqueroso. Entiendo que alguien pueda extender una bandera independentista durante la interpretación del himno, pero jamás aprobaré que se “vomite” sobre los sentimientos de las personas, sean cuales sean. Ayer volvió a ocurrir. En Vitoria, donde se vieron banderas de apoyo a los presos de ETA en un escenario que lleva el nombre de un hombre asesinado por la banda terrorista.




     Tanto hablar de maleducados y paletos me está costando que el humeante café que tengo entre mis manos me esté cayendo mal en el estómago. Así que voy a finalizar este artículo hablando de basketmaniacos. Siempre he defendido que todo lo que rodea al baloncesto es más sano, más normal, más bello que el entorno de otros deportes con más seguimiento, como el fútbol. Pero me duele comprobar que de un tiempo a esta parte (ocurre también en las Copas del Rey de basket) se están colando elementos “futboleros”, sobre todo en las gradas. La rivalidad es estupenda, divertida y necesaria, pero el comportamiento de algunos hinchas con los aficionados del Real Madrid roza la vejación. Ayer sentí rabia cuando una minoría abucheó a unos niños de 13 y 14 años simplemente por vestir los colores del conjunto blanco. Los campeones de la MiniCopa, sean del equipo que sean, merecen el cariño, el calor y el aplauso de un pabellón volcado con el baloncesto. Lo otro es insensible, patético y lamentable. Por eso me agradó comprobar que centenares de basketmaniacos, pertrechados con símbolos del Baskonia, del Valencia, del Gran Canaria, del Bilbao Basket, y hasta del Estudiantes y del Barcelona, se pusieron en pie para arropar a los chavales y contrarrestar el papanatismo de los que poseen superávit de tontería. Larga vida a estos basketmaniacos.

     PD. Yo estuve allí y tengo la certeza y la convicción de que la gran pitada no fue para los chavales, sino para el Ministro Wert. Estoy seguro.

martes, 5 de febrero de 2013

UNA COPA QUE ME AGITA LAS ENTRAÑAS


     Año 2003. Ahí fue cuando empezó mi idilio con la Copa del Rey de baloncesto. Sí, hace ya una década tuve el privilegio de cubrir por primera vez como periodista un evento incomparable. Por eso utilizo la palabra “idilio”. Antes había asistido y visto muchos torneos como espectador, pero la inyección de adrenalina que supone trabajar en lo que te enamora no tiene parangón. Hacer una Copa del Rey para la radio supone un subidón incontrolable. Pasión pura, felicidad. Incluso mi amigo Rafa Muntión, de Radio Vitoria, que ya hacía Copas cuando no había nacido ni Querejeta, siente una gran alegría cada vez que llega el mes de febrero.
      Aquella Copa de 2003 se celebró en Valencia. Recuerdo que Real Madrid y Estudiantes cayeron a las primeras de cambio, lo cual para un locutor que trabaja en una radio de Madrid es una pésima noticia. Me llevé una gran decepción por no poder transmitir emociones a nuestros oyentes merengues y colegiales. Pero ya entonces conecté con la magia inefable de una competición espectacular, inigualable. Disfrutas de partidazos, compartes días (y noches) con 8 aficiones entregadas al basket (y a la noche), conoces a compañeros que luego se convierten en amigos, alimentas tu pequeño gran cajón de historias periodísticas, recibes el cariño de todos los empleados de la ACB y hasta te reencuentras con personas que aprecias pero que sólo ves una vez al año. Así ha sido durante la última década en Valencia, Sevilla, Zaragoza, Madrid, Málaga, Vitoria, Madrid, Bilbao, Madrid y Barcelona. Así será esta semana en Gasteiz, una de las ciudades más hermosas de España.

      
     10 años dan para mucho. He ido a la Copa sólo, 5 días trabajando a destajo con ese cansancio que se convierte en medicina y que no te permite parar. He ido a la Copa como miembro de un equipo amplio de profesionales, cuando mi “padre” José Luis Poblador preparaba un despliegue completo que, por cierto, le salía gratis a los madrileños, ya que los gastos se cubrían con el apoyo de unos patrocinadores a los que estaré agradecido eternamente. Cuando vas en grupo la Copa no son unos cuantos partidos. La Copa se convierte en viajes largos, reuniones, programas especiales, prisas, gestiones imposibles, risas, desayunos de amistad, comidas deliciosas (no sólo por las viandas, que también), balances… y casi siempre la satisfacción del trabajo bien hecho (aunque mejorable, ¡eh!). Esta vez me toca ir a Vitoria con la única compañía de Ángel Silgo (gran técnico de sonido y gran tipo), pero os tengo que reconocer que ya echo de menos a Nacho Serrano, Poblador y Rosa Vara de Rey, con los que tantas aventuras he compartido durante los últimos años. Sin ellos, esta copa sabrá más amarga.
      Los que me conocen saben que soy algo mitómano respecto a los recintos históricos del mundo del deporte, ya sean estadios de fútbol o pabellones de baloncesto. Cada viaje tiene el aliciente de conocer un escenario nuevo o quizás repetir en aquel pabellón en el que disfrutaste como un “enano” haciendo radio, o en el que fuiste increpado desde la grada, o en el que asististe a una atmósfera de basket espectacular, o quizás en el que presenciaste una actuación estelar de aquel jugador irrepetible. Siempre que termino una transmisión, sea donde sea, me acerco al parqué y desde allí levantó la vista a la grada mientras pienso: “Disfrútalo, Blas, porque puede que sea la última vez que vengas aquí con un micrófono”. Así lo he hecho muchas veces en el Buesa Arena, el lugar que va albergar desde este jueves la Copa del Rey 2013. Así lo haré el próximo domingo a las 22 horas.
      Mi undécima Copa del Rey de baloncesto arranca con este texto plagado de emociones que he querido compartir con vosotros. Aquí no hablo de canastas, ni de jugadores, ni de éxitos, ni de decepciones, ni de defensas, ni de triples, ni de mates, ni de tapones. Aquí comparto emociones. Siempre me ha gustado que el corazón tenga galones en las letras, mucho más ahora que mi estado profesional (para mí el trabajo es una pasión, por lo que ocupa un lugar privilegiado en mi vida) anhela compañías, amistades y recuerdos. Os pido a todos que disfrutéis de esta Copa con pasión, con superávit de intensidad. Y sí os apetece, os espero en la radio, un lugar en el que trabaja a destajo la fábrica de los sueños. Porque 11 años después, la Copa me sigue agitando las entrañas.