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jueves, 27 de junio de 2013

AQUELLA ZAMARRA DE INIESTA

     Hace poco menos de un año este que escribe caminaba sin prisa y sin reloj por el parque Izmailovski de Moscú. De charla y risas con mi inmejorable compañía, disfrutando de unas vacaciones inolvidables. Hasta nosotros llegaba el griterío inconfundible de un grupo de niños jugando un partido de fútbol. Fijé mi mirada en uno de ellos, un “rubiajo” con cara de susto que no intervenía mucho en el desarrollo del juego. Me acerqué a él para preguntarle por qué lucía esa preciosa camiseta. La comunicación fue difícil, él no hablaba ni pizca de inglés y yo no hablo ni “papa” de ruso. Pero no hizo falta mucho diálogo, su  “Españaaaaaaaaaa, Iniestaaaaaaaaaa” me dejó inmensamente tranquilo, feliz, orgulloso.

    Aquel niño ruso se compró una camiseta de la Selección Española. Quizás se la pidió a sus padres, quizás ni siquiera era verdadera, pero eso es lo de menos. El muchacho la lucía con devoción. Como cientos de niños en diferentes lugares del mundo. Para todos ellos esa zamarra es un tesoro porque es la camiseta de los mejores, de los que han ganado dos Eurocopas y un Mundial, de los que habitualmente enamoran al público con su manera de jugar al fútbol. Esos niños ni se paran a pensar que esta Selección pueda ser la mejor escuadra de la historia, pero para ellos esos futbolistas son simplemente los mejores.

     Yo mismo me enfundo la casaca de España siempre que abordamos un partido importante. Siempre lo he hecho, ahora que ganamos y también cuando llorábamos un minuto después del choque de cuartos de final. Me rebelo contra aquellos que defienden que ponerse la camiseta de tu país es una “paletada”. Muchas veces son los mismos que se visten las elásticas de Italia, Brasil o Alemania, actitud para ellos de modernidad, progreso y vanguardismo. Por mi parte me siento muy orgulloso de ser un “paleto”. Quizás ya sólo desde el “paletismo” se pueda disfrutar del fútbol de siempre. A lo que iba. Que multitud de chavales luzcan la camiseta de la Selección Española de fútbol a lo largo y ancho de todo el planeta es un acontecimiento histórico, la clara muestra de que esta generación está haciendo historia, protagonizando una película que dentro de no mucho será una escapatoria para digerir las derrotas que seguro llegarán otra vez.


     Estamos muy cerca de una final Brasil – España en Maracaná. Con prudencia, sin soberbia, como se encarga de recordar siempre nuestro comandante Vicente del Bosque. No es el Mundial, pero sería un Brasil – España en Maracaná, uno de los grandes templos futbolísticos del mundo. Y aunque parezca un sueño, una ficción, un alucine, una locura, en esa hipotética final nosotros seríamos los buenos, los admirados por millones de terceros imparciales que verán el choque a través de la televisión. Los rojos tratarán de crear fútbol, la “verdeamarelha” querrá contener y aprovechar su pegada arriba. Si alcanzamos la final de la Copa Confederaciones asistiremos a un guión impensable hace unos años. Jugamos como jugó la gran Brasil y somos el modelo para la Italia que siempre nos ganaba. Impensable.  Ganaremos o perderemos, pero poder exhibir  esa etiqueta de magia y de buen fútbol no tiene precio. Es y será impagable.


     Mientras decenas de niños brasileños visten con ilusión la zamarra de nuestra Selección antes que la de su país, la España de los clubes, de las fobias y de los insoportables extremismos seguirá escupiendo bilis y deseando el resbalón de una generación de actores irrepetible. Siempre digo que afortunadamente para los que vibramos con este equipo, los insaciables resultadistas ni siquiera se pueden abrazar a los datos para orinar encima de esta Selección. Un equipo representado por la magia de Iniesta, la raza de Ramos, las paradas de Iker, el timón de Xavi, los números de Torres, el oficio de Arbeloa, el duende de Fábregas el ilusionismo de Silva o la elegancia y excelente gestión de Vicente del Bosque. Qué más da que jueguen en el Barça, en el Madrid, en el Mirandés o en la Balompédica Conquense. Se juntan para hacernos inmensamente felices. Fidelidad eterna a esta gente que ha sido capaz de convencer a un niño ruso para que se enfunde la camiseta de España.



lunes, 24 de junio de 2013

LA LEYENDA DE MADARIAGA


     Siempre he sentido una incontrolable debilidad por Amaya Valdemoro. Siempre. Quizás porque si hubiera podido ser deportista (¡qué frustración ser tan malo, joder!) me hubiera gustado competir como ella. Admiro su carrera deportiva, su tenacidad, su coraje, sus valores, su forma de jugar al baloncesto y, sobre todo, su manera de transmitir baloncesto. En estos tiempos en los que políticos y “soplagaitas” varios se orinan sin pudor sobre la famosa “marca España”, me resulta difícil encontrar una persona que represente mejor que Amaya esa marca.

     Amaya es una leyenda desde hace tiempo. Un mito viviente, un mito aún en activo. Una de las mejores deportistas de la historia de este país. Acumulainfinidad de títulos y logros con varios clubes y con España. Triunfos en los mejores equipos de la Península y viaje exitoso a través de los sueños en la liga americana (WNBA), en la que la madrileña enseñó a las mejores que ella, desde Alcobendas, también era una de las buenas. Pero lo material se queda muy corto para definir a una mujer valiente, ambiciosa, vehemente, sufridora hasta los últimos límites físicos sólo para poder seguir haciendo lo que más le gusta. Remueve las entrañas escuchar la voz de Amaya relatando cómo durante meses ha estado casi sin poder caminar por culpa de las rodillas, o cómo tras romperse las dos muñecas en una caída la tenían que ayudar hasta para poder cumplir con sus necesidades vitales más básicas, o cómo el tratamiento diario con su “fisio” era poco menos que una tortura insoportable. Esa es Amaya Valdemoro, la chica más corajuda (y cojonuda) del mundo.


     Su leyenda no estaciona, sino que sigue recorriendo kilómetros, anotando cestas y pulverizando récords. Suma 255 partidos con España, 18 años de servicio que incluyen 2 Juegos Olímpicos, 5 Mundiales y 6 Europeos. Podría llegar a la cifra de 258 partidos con la Selección si el destino le premia con una medalla en el Eurobasket de Francia, su última gran aventura como jugadora profesional de baloncesto. Para darnos cuenta de su inmenso bagaje con el equipo nacional, Amaya suma ya 16 internacionalidades más que Epi, el hombre que más veces se ha enfundado la casaca española. Una trayectoria sencillamente brutal, escandalosa, seguramente irrepetible. “Me duele todo menos porque me lo paso bien jugando con España”, afirma desde Lille inmersa de lleno en el objetivo de ganar otra presea con la Selección.

     Valdemoro es mucho más que partidos, cifras, récords y canastas. Valdemoro es la emoción que provoca su cinta rojigualda en el pelo, la energía que transmite su puño cerrado después de una buena cesta o una defensa brillante, su sufrimiento incontrolable cuando le toca animar desde el banquillo, sus lágrimas cuando siente que ha fracasado, sus lágrimas cuando celebra una nueva hazaña. Amaya es tan especial que se convirtió en Madariaga (apellido materno) para sentir el calor de su madre, fallecida por culpa de un maldito cáncer. Un gesto que impresionó a su padre Álvaro y a su hermana Virginia y que seguro que emocionó a su mamá en el cielo. Esa es Amaya Valdemoro, una chica siempre dispuesta a atender a los periodistas, a fotografiarse con los aficionados y a compartir sus proezas con la gente de basket. No ha nacido ni nacerá otra como ella. A sus casi 37 años su baloncesto se apaga, pero su leyenda quedará para siempre en los anales del deporte español. Esa leyenda, la leyenda de Madariaga, ya es eterna.     


     

domingo, 9 de junio de 2013

LA JUGADA


     Cuando he mirado el reloj marcaba las 17.08 horas. Habían transcurrido 2 horas y 36 minutos desde LA JUGADA. En ese tiempo he bajado a los vestuarios para recabar declaraciones, he cogido el coche para recorrer el trayecto Palacio de los Deportes – Ciudad de la Imagen, me he metido en una cabina para extraer los sonidos indispensables para nuestros oyentes y me he puesto delante del ordenador para ver con máxima atención todas las imágenes, tomas y repeticiones de LA JUGADA. Absorbido por la pasión periodística de momentos como este, he caído en la cuenta de que se me había olvidado comer. Joder con LA JUGADA.

     En directo, desde la cabina 13 del Palacio, me ha parecido una personal como una “catedral”. Tras repasar las imágenes concluyo que no hay falta de Sergio Rodríguez, que Llull toca la pelota y que la posesión debería haber sido desde de fondo para el Barcelona con 2,3 segundos en el reloj y un punto abajo. Sergio Rodríguez dice que pudo hacer falta, Llull que él toca la bola, Sada que ha visto la acción en su teléfono móvil y ha comprobado que Llull le hace falta, Laso que a Sada se le escapa el balón y Navarro que el arbitraje global ha sido “escandaloso”. Las redes sociales, en estas ocasiones tan útiles como propagadoras de delirios, amplían el espectro de posibilidades a unos posibles pasos del base del Barça antes de cualquier acción punible. Vaya con LA JUGADA.
 
 
     Huí, huyo e huiré de aquellos fanatismos que ensucian el baloncesto y el periodismo. Quienes siguen el basket a menudo saben que en muchas ocasiones la primera impresión de una acción resulta ser errónea. Esto vale para los que están viendo el partido, in situ o a través de la tele, y también para los propios actores de la escena.  Arbitrar es muy difícil, arbitrar un Madrid-Barça es difícil al cuadrado y arbitrar un Madrid-Barça por un título es difícil a la enésima. Por eso, un día más asisto con rabia al “bufandeo” de informadores que siempre observan la realidad con el cristal del mismo color. En ocasiones ni siquiera les gusta el baloncesto, simplemente aprovechan el morbo reinante para engordar esa cansina e insoportable guerra futbolera. Forofos con pluma o micrófono que vociferan que lo de esta mañana ha sido un atraco o que la ACB es más culé que Navarro. Ya sabéis, según el color del famoso cristal. Debe de ser que el populismo da seguidores en Twitter, debe de ser que está más de moda decir lo que se quiere oír que lo que se piensa de verdad. LA JUGADA ha sido una excusa perfecta para armar el cañón y disparar.

     A mí lo que me encanta es que se hable de baloncesto. Un Real Madrid – Barcelona es una pasada, un duelo con infinidad de alicientes y rivalidades. La polémica arbitral es un ingrediente más para una deliciosa ensalada repleta de manjares y aderezada con todos los aliños del mundo.  Demos la bienvenida a LA JUGADA porque nos va a regalar una semana de baloncesto inefable, pero no golpeemos con saña la vieja brújula porque si no demasiada gente terminará perdiendo de vista cualquier punto cardinal. Por cierto, ¿cómo habéis visto vosotros LA JUGADA?
               

viernes, 7 de junio de 2013

LA GRAN OBSESIÓN


     Hace no mucho tiempo el Real Madrid de baloncesto “liquidaba” las temporadas en la eliminatoria de semifinales. Acudía a Vitoria, por poner un ejemplo, con la convicción interna y la sensación del exterior de que los que iban de blanco serían derrotados antes de salir al parqué. El Madrid tenía un buen equipo con buenos jugadores, pero la mayoría de las veces peores jugadores y peor equipo que el rival. En aquellos tiempos, el basket merengue se presentaba en el Palau Blaugrana como ese animal con orgullo que sabía que iba a morir. Sacaba su orgullo, sí, pero siempre perecía. “Yo he comido mucha mierda, tío, pero mucha”, me dice de vez en cuando una persona ligada desde hace más de una década a la sección. Entre medias, un triple milagroso de Herreros en el Buesa Arena y una gran Liga de Joan Plaza culminada en Barcelona otorgaron a los fieles aficionados madridistas un par de dosis de felicidad. Oasis en el desierto. Al siguiente curso, la vida seguía igual. Lo mismo ocurría en Europa, donde alcanzar unos cuartos de final frente a Olympiacos o Maccabi ya se “vendía” como un éxito. No había para más. En historia el Madrid vapuleaba a todos, pero en baloncesto casi siempre era peor que el enemigo.

     Cuento esto desde el privilegio de haber disfrutado desde el micrófono de multitud de viajes, partidos y aventuras junto al Real Madrid durante los últimos tres lustros. Trabajo (de momento) en Onda Madrid, una emisora que hace suyos los éxitos del Madrid, del Estudiantes y del Fuenlabrada. La obligación de un locutor de radio es transmitir emociones a sus oyentes, que en este caso son mayoritariamente madridistas, colegiales y azulones. Muchas veces me preguntan de qué equipo soy. Yo soy (de momento) de Onda Madrid. Le debo emociones a nuestros oyentes, ese es mi compromiso aquí, ese sería mi compromiso desde Radio Nou, Catalunya Radio, Aragón Radio, la COPE, la SER o Radio Marca. El periodista es simplemente un vehículo, no nos creamos más importantes. A lo que iba. El haber seguido al Madrid durante tanto tiempo me hace ser plenamente consciente de que he contado muchas más decepciones que alegrías a los admirables hinchas del baloncesto blanco.
 
 
     La película ha cambiado. El Real Madrid luce un equipo potente, un proyecto trabajado, unos jugadores que se abrazan al top 5 continental. Los de Laso son respetados por los rivales y etiquetados como favoritos por la inmensa mayoría de los “especialistas”. Comparece en el cuadro final de los torneos con la convicción interna y la sensación del exterior de que pueden ganar, de que van a ganar. Ayudan a reforzar esta tesis el espectáculo, los mates, los contraataques celéricos, las virguerías del “Chacho”, la elegancia sin parangón de Mirotic o las canastas imposibles de Rudy. Pero una Copa del Rey y una Supercopa se antoja poco bagaje para un rendimiento tan notable. La final de la Copa de Europa sembró dudas, desasosiego, una infinita tristeza.
     Por eso esta Liga se ha convertido en una obsesión para jugadores, técnicos, empleados y aficionados del Real Madrid de baloncesto. El blanco o negro de este club aparecerá sin ambages dentro de 10 días. El título doméstico completaría un curso sobresaliente. La derrota en la Final contra el Barça supondría un fiasco de dimensiones siderales. No es la opinión del que les escribe, es la firme convicción de los que cada día trabajan por y para el basket madridista. Jamás percibí una obsesión, una necesidad, un sentimiento de deber tan grande en la sección de baloncesto del Real Madrid. Es un equipo ganador que sólo aceptaría levantar la Liga número 31. Es, sin duda, la gran obsesión.


miércoles, 29 de mayo de 2013

LA INEXPLICABLE NECESIDAD DE REBOZARSE EN LA MIERDA


     Hace unos meses, sentado a la mesa de un restaurante, un tipo al que yo quiero mucho que conoce a la perfección los entresijos del baloncesto, me dijo una frase categórica: “Hay gente que critica por decreto, ocurra lo que ocurra, todo lo que tiene que ver con el baloncesto”. Una gran verdad que ahora me sirve de gancho para escribir este artículo.

     Porque esa frase es una verdad como un templo. Como periodista, me impongo la obligación y siento la necesidad (no es lo mismo) de censurar aquello que considero que se está haciendo mal y aplaudir eso que creo que se está haciendo bien. A poder ser sin pontificar, ese mal del periodismo y de la vida que por momentos se vuelve insoportable. Algo que así escrito del tirón parece sencillo, y que sin embargo por momentos se convierte en quimérico, en un ejercicio de malabarismo y funambulismo a la vez. Pertenezco a ese reducido (o no) grupo de personas a las que le gusta informar sobre baloncesto, ver baloncesto, contar baloncesto, leer sobre baloncesto, escuchar a otros hablar de baloncesto, opinar sobre baloncesto, sentir el baloncesto. El baloncesto forma parte de mi vida. El baloncesto es una parte muy importante de mi vida.

     Trabajo (de momento) en un medio de comunicación que antes de “asesinar” su proyecto de deportes se volcó con el baloncesto. Creo en ese producto, creo en el baloncesto. Como deporte, como ocio… y también como elemento para transmitir emociones a los demás. Como amante del baloncesto no acierto a entender cómo es posible que un partido de semifinales de la Liga Endesa se programe un día laborable a las 18.15 horas, no me gusta que a la Copa de Europa vayan los novenos de una Liga y se queden con cara de gilipollas los cuartos, alucino con las huelgas de paripé que nunca se hacen, no me agrada el modelo “iluminado” del mandamás de la Euroliga, me parece una falta de respeto que el hincha del Real Madrid tenga que elegir entre ir al fútbol o al basket…  y así, como todos vosotros, podría enumerar decenas de detalles que, humildemente, pienso que los encargados de “vender” este maravilloso deporte están haciendo mal. Hasta ahí correcto y, sobre todo, muy necesario.
                                              
 
 
     Pero me enerva la gente que vive para criticarlo todo. Personas que supuestamente trabajan por y/o para el baloncesto. En mis conversaciones privadas con ellos no recibo ni una sola inyección de optimismo y cuando leo sus medios es imposible encontrar una buena noticia o una crítica positiva. Por no hablar de las redes sociales, en las que sus cuentas “escupen” palos, azotes y golpes contra todo y contra todos. No les gusta nada. Todos los clubes están gestionados mal, la ACB lo hace todo de manera penosa, la Euroliga es una vergüenza, cada minuto de realización televisiva es una basura, las audiencias son bochornosas, cada comentarista o narrador de basket es insoportable, el fichaje de Rudy por el Madrid es incomprensible, todos los horarios de todos los partidos de todas las eliminatorias del mundo mundial son un error… y así podría rellenar folios y folios de “zascas” contra todo y contra todos. Me pregunto si la explicación es que rebozarse en la mierda da más notoriedad que intentar buscar el equilibrio.     

     El baloncesto (y lo que le rodea) nos ofrece muchísimas cosas buenas. Sin ir más lejos,  el playoff 2013 nos está regalando momentos para la historia, como las tres prórrogas en el Príncipe Felipe o la hazaña heroica del Gran Canaria. Este deporte es tan mágico que Javi Beirán ha mudado en apenas 5 días de la culpabilidad extrema por fallar dos tiros libres claves a la máxima euforia por “profanar” el Buesa con una victoria antológica. Me niego a pensar que todo sea una ruina. Y me rebelo contra aquellos que manejan la convicción de que lo malo siempre “vende” más, una mentira que a fuerza de repetirla se ha convertido en verdad para demasiada gente de este país. Lo siento, pero yo me bajo del barco en el que navegan aquellos que tienen la inexplicable necesidad de rebozarse en la mierda.
    

miércoles, 8 de mayo de 2013

MI FINAL FOUR

     No voy a escribir sobre la Final Four. Voy a escribir sobre mi Final Four. Lo deportivo lo dejo a un lado, ya sabéis que yo siento el basket como vosotros y esta cita es uno de los momentos más emocionantes del año. Cuatro equipazos, tres días apasionantes, el cetro continental en juego. Bestial, un privilegio para los jugadores, técnicos, hinchas, periodistas y amantes de este bendito deporte en general. Pero repito, en estas líneas sólo quiero hablar de mi Final Four. Joder, esto suena casi como el famoso “Vengo a hablar de mi libro” de Francisco Umbral.
     Mi Final Four no son cuatro partidos de baloncesto, unas horas de radio, un viaje en avión o unas cuantas entrevistas en el hotel de los jugadores. Mi Final Four es una mochila llena de recuerdos, de momentos mágicos de radio, de viajes, de compañeros, de amigos, de agobios, de reuniones, de abrazos, de discusiones, de previsiones, de triples, de mates, de huevos, de proyectos, de milagros, de pasión. Los que me seguís a través de este blog o de las redes sociales ya conocéis de sobra cuál es mi opinión sobre lo que ha sucedido con los Deportes de Onda Madrid. Ahora no es el momento de actualizar la película, ya habrá tiempo (creedme, lo habrá) para escribir el penúltimo capítulo de la aventura protagonizada por unos locos valientes. Porque lo que pretendo en este humilde artículo es hacer partícipes de mi Final Four a mis compañeros, mis amigos, nuestros patrocinadores, nuestros oyentes, nuestra gente.
     El “Proyecto Baloncesto” en Onda Madrid ha sido una bendita locura, la bendita locura de un grupo de “chalaos” a los que les enamora el baloncesto y la radio, una combinación que es maravillosa, mágica, súper especial. Un hermoso edificio de sensaciones, emociones, partidos, competiciones y viajes que algunos irresponsables han querido enterrar. Cada minuto, cada partido, cada momento de radio, cada reflexión autocrítica en la solitaria habitación de un hotel londinense, cada éxito, cada fracaso, cada cesta, cada tri tri triple, cada mate, cada show, cada “Viva la radio” lo voy a sentir en el fondo de mi corazón junto a mis compañeros, junto a mis amigos que me han enseñado a amar la radio y que me han ayudado a mejorar como narrador de baloncesto.

                                                                



      Mi Final Four va para los cafés con Poblador pergeñando un nuevo proyecto o una nueva locura, para las llamadas de Margot a las 16 horas para saber si a su “Blasito” le iba bien en éste o aquél punto de Europa, para las horas de conversación con Rosita preparando entrevistas, programas especiales, minutos, horas de baloncesto en la radio de la Comunidad de Madrid, para las felicitaciones cariñosas de Delfa después de una emocionante transmisión, para la báscula, los “ñiki ñiki”, los “yoyós” y los “Tomac” de esa bestia radiofónica llamada Bernardo, para aquel inolvidable café en el hogar de Mr Aener, para la inversión romántica y económica del Señor Pizza Jardín, para los torreznos y las fotos de los “segovianos” en la cabina número 13 del Palacio de los Deportes, para las narraciones de radio “vieja” de Nacho Serrano desde el culo del mundo con el Fuenlabrada o el Estudiantes, para las entrevistas a pie de obra de Rosa Vara de Rey, tantas y tantas veces llevando a los oyentes ese servicio público que nadie más les ofrecía, a los interminables viajes en metro en Moscú para ahorrar dinero y poder hacer más cosas en el futuro, a la señora rusa que me dio de comer en el pabellón del Khimki después de 8 horas luchando por conseguir una línea digital, a mi “hermano“ Nacho Jouve (Real Madrid Televisión) por su apoyo incondicional, a las conversaciones por preescucha con el genio de la técnica Machuca, a las discusiones a gritos con los taxistas turcos que le querían “robar” dinero a todos los madrileños, a los interminables atascos de Atenas, al “gusanillo” incontrolable cada vez que montaba mi “chiringuito” en ese pabellón mítico con el que había soñado en mis sueños radiofónicos de adolescencia, a las prisas por bajar al vestuario visitante de cualquier pabellón europeo con Margot al teléfono controlándolo todo, al aluvión de mensajes que recibimos en aquel Partizan – Real Madrid en la Pionir en un partido que sólo dio la radio, a los gritos al unísono y locos con los triples de los equipos madrileños, a los días en Lituania en los que uno dormía 3 horas cada noche para poder llevar en cada mano los micrófonos de Onda Madrid y Telemadrid, a los inolvidables programas con público en el Pizza Jardín de la Calle Duque de Sesto, a las conversaciones con mi madre a 4000 kilómetros de distancia para recibir su cariño, a las movidas con los policías israelíes para llegar a tiempo a los controles del aeropuerto, a la infinita satisfacción que tenemos por haber cuidado con mimo, cariño, amor, dedicación y cojones el ba-lon-ces-to.
     Esa será mi Final Four. Dopado anímicamente durante cada transmisión para honrar a lo más importante que hemos tenido, tenemos y tendremos: vosotros, los oyentes, los que habéis acogido este proyecto con pasión, devoción y una infinita fidelidad. Necesito que vosotros, nuestros benditos oyentes, y mis compañeros, mis amigos de #DeportesOndaMadridForever sepan que cada instante de mi Final Four va para ellos, para nosotros, para todos. COMO TODA LA VIDA.

jueves, 2 de mayo de 2013

HINCHAS SIN CÓDIGOS


     Os he contado más de una vez que presumo de ser un romántico del fútbol, un romántico del deporte. Me fijo mucho en los escenarios que acogen partidos, en la estética de las camisetas de los equipos, en los detalles que perpetúan la grandeza de un club deportivo y, por supuesto, en el comportamiento de las hinchadas. Quizás por eso me cabrea, me enerva, me ofusca, me molesta, me enrabieta y me solivianta que un hincha, sea del equipo que sea, sea en el partido que sea, abandone un estadio de fútbol antes del pitido final del árbitro.
      Desde que tengo uso de razón (si es que de verdad lo tengo)  he visto como en España la gente se “pira” en el minuto 89, 85, 80… ¡incluso en el 75! Es más, en alguna ocasión he presenciado con mis propios ojos como algún aficionado desfilaba en plena primera mitad de un encuentro simplemente porque su equipo perdía 0-3. ¿Os parece normal? Mi trabajo (y mis locuras) me han regalado el privilegio de poder viajar mucho y asistir a eventos deportivos en muchos países de Europa. En pocos lugares me he encontrado con comportamientos similares. Inglaterra y Alemania son dos buenos ejemplos de lo que estoy escribiendo. Allí los hinchas respetan sin fisuras códigos que yo considero inviolables.
      ¿Por qué un hincha abandona su localidad y su estadio antes del final? Los culpables del “delito” esgrimen todo tipo de razones, de excusas, de “es ques…”. Que si quieren evitar el atasco, que si no cogen el Metro, que si el autobús urbano se llena, que si tienen que comer, cenar o merendar con la novia/novio, que si mi equipo es una mierda, que si me mareo a la salida con tanta gente caminando a mi lado, que si hace frío, que si estoy sudando del calor, que si llueve, que si mi paraguas tiene una varilla rota, que si mi chubasquero no es impermeable, que si mi vecino de asiento me ahoga con el puro, que si el bocata de jamón me ha sentado mal, que si la abuela fuma… Lo dicho. “Es ques” que se pueden llegar a contar por centenares.
                             
     Lo de esta semana europea ha sido de traca. Real Madrid – Dortmund y Barcelona – Bayern. Dos partidazos colosales en un contexto colosal, el de una posible remontada. Vamos, la situación en la que un equipo de fútbol necesita más el apoyo, el hálito, el empujón de su hinchada. El Madrid creyó, su afición apretó y al final casi lo logra. El Barça jamás confió, su afición se mostró fría y los azulgranas cayeron eliminados de manera inapelable. Pero en ambos estadios vimos con un buen número de aficionados abandonaban la grada en pleno partido. Lamentable. Lo escribo con respeto, pero dos veces. LAMENTABLE. Hasta el punto de que algunos abonados del Madrid se “largaron” en el minuto 70, escucharon dos alaridos seguidos de camino al coche y se dieron la vuelta para intentar entrar otra vez al Bernabéu. Ridículo. Lo escribo con respeto, pero dos veces. RIDÍCULO.
      Estos hinchas pisotean los códigos sagrados del fútbol. Supongo que el dinero que se gastan en el abono o entrada les da derecho a animar o censurar, según estimen oportuno. Pero considero inaceptable la tendencia de muchos aficionados a abandonar su localidad, dejar tirado a su equipo y orinarse en el espectáculo, porque al fin y al cabo un partido de fútbol es un gran espectáculo de ocio. Como una obra de teatro o un concierto de música. Especialmente esta semana, en la que creo que los futbolistas del Madrid se merecían una enorme ovación (la tributaron los presentes) tras un enorme esfuerzo y 13 minutos para la historia de la Copa de Europa. Y en la que los jugadores del Barça necesitaban el apoyo de esa hinchada a la que le han regalado títulos, sueños, espectáculo y alegrías. Los que no se  quedan hasta el final son hinchas sin códigos, sin respeto por el romanticismo que nos ofrece algo tan hermoso como el fútbol. Lo que me jode de verdad es la cantidad de gente que no se puede permitir asistir a un partido de fútbol y que desde el salón de su casa respetan esos códigos sagrados que hacen del deporte una bendita locura.

miércoles, 17 de abril de 2013

EL MONARCA DEL BASKET ESPAÑOL


     Ha llegado el momento de escribir sobre uno de los jugadores más importantes de la historia del baloncesto español. Un tipo de esos que ha llegado más alto de lo que su talento le guiaba. Un trabajador incansable, un deportista loco por mejorar en cada entrenamiento, en cada partido, en cada campeonato, en cada temporada. Un jornalero de la Gloria que se va ir a su casa con un palmarés espectacular. Un jugador de equipo dentro y fuera del parqué. Ha llegado el momento de escribir sobre Felipe Reyes Cabanas, el “Monarca” del basket español.

     “Felipe Reyes está acabado”. Una frase que durante los últimos años he tenido que escuchar a menudo. No es necesario ahondar demasiado en el “dónde” o en el “quién”. Vosotros, apasionados del baloncesto como yo, también lo habréis escuchado unas cuantas veces. Una muestra más de la costumbre (eterna, irresoluble, asquerosa) que tenemos en este país de escupir a los deportistas que son o que van camino de convertirse en leyendas. Nos encontramos en un marco mediático en el que, en demasiadas ocasiones, una afirmación se convierte en verdad a fuerza de repetirla… aunque sea la mayor falacia del mundo. Como aquel “Felipe Reyes echó a Messina”. Una gran gilipollez.

     El “Monarca” se está marcando una temporada sencillamente espectacular. Hasta el punto de comandar en muchos momentos una segunda unidad esencial para que su equipo sea capaz de aspirar a los títulos importantes. Desde sus 204 centímetros roba rebotes a los pívots más importantes de Europa. Como toda la vida. Con dosis de colocación, instinto, coraje, habilidad, manos duras y, sobre todo, “pelotas”. Por eso algún día, en alguna narración de un partido de basket, yo le pregunté a mi “socio” Alfonso Bernardo que dónde estaba la báscula para pesar lo que el capitán del Madrid tiene ahí abajo. A sus 33 años Felipe se sigue fajando bajo los tableros como el imberbe que desea arañar minutos de calidad en una escuadra importante. Tras su flequillo repeinado esconde una fiereza innegociable. Eso lo saben sus rivales, sus compañeros, su entrenador y su hinchada, que tras 9 campañas en el club le reconoce ya como un actor de primer orden. Su renovación está pactada, así que Reyes vestirá durante más de una década la zamarra con más historia del baloncesto continental. Lo dicho, una leyenda.
 
 
     Felipe es un “obrero” de su profesión que ha ganado mucho. Pero mucho. Campeón del Mundo, doble Campeón de Europa y doble Subcampéon Olímpico con España. Dos Ligas, dos Copas, una Copa Uleb y una Supercopa con su club. Más de 12.000 minutos, uno detrás de otro, en la ACB. Y más allá de los números, el “Monarca” nos ha dejado un sinfín de postales en las que exhibe corazón, actitud y valentía. Para mí la imagen más hermosa es aquel trofeo al cielo que Navarro le dejó levantar en Kaunas para honrar a su padre, para enorgullecer a la madre que lo parió y para emocionarnos a todos. Cuando toneladas de emoción y de sentimientos inundan una cancha de baloncesto el deporte deja paso a la vida. Fue maravilloso, inolvidable. Felipe ha renunciado al Europeo de Eslovenia (¡191 internacionalidades con España!) para intentar alargar lo más que pueda su exitosa carrera deportiva. 2013 le ha brindado la oportunidad de coronar un currículum glorioso. Viajará a Londres con el Madrid para luchar por un entorchado que su club no conquista desde 1995. Él tenía 15 años. Crecía en ese gran club llamado Estudiantes, con el que también alcanzó cotas impensables, y veía por la tele a aquel gran Real Madrid de Sabonis. 18 cursos después, Felipe anhela ser Campeón de Europa de clubes. Mientras tanto, sigue sin construirse en ningún lugar del mundo la báscula que sea capaz de pesar las “pelotas” del “Monarca” del basket español.

 

viernes, 5 de abril de 2013

NOS JUGAMOS LOS CUARTOS


Señores, señoras, niños, niñas, “basketmaniacos” de toda clase y condición… ya están aquí los cuartos de final de la Copa de Europa. El futuro campeón jugará entre 5 y 7 partidos más para levantar el 12 de mayo en Londres el título más glorioso para un club. El mastodóntico pabellón O2, a orillas del río Támesis, coronará en 5 semanas a la mejor escuadra del Viejo Continente. Extrañamos a algunos equipos (Montepaschi Siena, Khimki, Zalgiris o Unicaja), pero a estas latitudes sólo llegan los más fuertes. Me gusta, me enamora el baloncesto. Y sé que a vosotros también. Así que os invito a comentar este post. Venga, vosotros y yo somos valientes, así que ¡vamos a jugarnos los cuartos!


Barcelona – Panathinaikos

      Pedazo de eliminatoria. Dos trasatlánticos frente a frente. Ambos con una historia reciente “escandalosa”, ambos con un presente alentador que les coloca la etiqueta de “candidatos a todo”. El Barça afronta la cita en su mejor momento de la temporada. Campeón de la Copa del Rey, con un Tomic decisivo, con Lorbek creciendo y con Navarro mimado como un tesoro para los partidos de verdad. Ojo a la ausencia de Mickeal, cuyo talento, oficio y carácter ganador echará de menos el cuadro de Xavi Pascual. El Panathinaikos ha suplido la ausencia de Obradovic con el mando de Diamantidis, jefe en la cancha y entrenador  “in pectore”. Él marcará el ritmo de los partidos, un gran hándicap para el Barcelona. De la regularidad de Ukic y el físico de “Baby Shaq” dependerán las opciones verdes. Una serie emocionante, colosal, brutal para los que amamos este bendito deporte llamado baloncesto.

Pronóstico: Barcelona 3 – Panathinaikos 1 
Jugador decisivo: Ante Tomic


Real Madrid – Maccabi Tel Aviv
                 
            Cruce con sabor a baloncesto añejo, a recuerdos de infancia, a vídeos lejanos al moderno HD. Por primera vez en muchas ediciones, el Madrid se planta ante los hebreos con el cartel de favorito en la solapa. Bueno, quizás debamos rebajarlo a “minifavorito”. Los blancos han ido de más a menos en la competición, pero comparecen en cuartos con el ADN revitalizado tras una gran actuación frente al Efes. Laso necesitará tirar de la explosividad de Llull, el talento de Rudy, la muñeca de Mirotic y la defensa de Slaughter para estrenarse en una Final Four. El Maccabi, de menos a más en la Euroliga, cuenta con un gran estratega (David Blatt), buenísimos jugadores y una hinchada que va a hacer de la serie contra el Real un modo de vida. Ojo a Ricky Hickman, un hasta ahora secundario en Europa que de amarillo las enchufa de todos los colores. Mi debilidad es Eliyahu, grandioso jugador peleado a partes iguales con la irregularidad y las lesiones. Un clásico de Europa para gozar como siempre… y como nunca.

Pronóstico: Real Madrid 3 – Maccabi 2
Jugador decisivo: Rudy Fernández




CSKA Moscú – Caja Laboral
               
       A priori, la eliminatoria más descompensada de las cuatro. Pero no cometeremos el error de menospreciar el “gen Baskonia”, un equipo que en el año 2005 precisamente en Moscú protagonizó una de las grandes hazañas del basket moderno. El “roster” de Messina es interminable, casi inabordable. El asesino malhumorado Teodosic, el martilleo desde 5 metros de Weems, la calidad del mejor 3 de Europa (Khryapa), las eternas doble figuras de Krstic… y así hasta una decena de jugadores que desafían al resto desde la cima del talento. Messina es muy bueno. Messina al mando del equipo del Ejército Ruso es sencillamente estelar. Los vitorianos acuden al cruce con un Lampe sensacional, con un Nocioni que ha de trasladar a Europa su tarjeta doméstica y con el “un día sí, otro no” de los básicos San Emeterio y Nemanja Bjelica. En el calor ambiental ganarán los “baskonistas” por paliza.

Pronóstico: CSKA Moscú 3 – Caja Laboral 1
Jugador decisivo: Viktor Khryapa


Olympiacos – Anadolu Efes
               
         El actual campeón de Europa contra un equipo alejado últimamente de los grandes desafíos. Sin embargo, aquí se esconde para mí la gran sorpresa de los cuartos. Ojo a los otomanos, un equipo tan raro que ni siquiera cuenta con la ventaja de una afición caliente. Equipazo a disposición del eterno Mahmuti. Tremendo Farmar, un paso por delante de todos los demás. Junto a él, la infinita calidad de Savanovic, la zurda de Lucas, las rachas de “Sharapovo”  Vujacic y las torres de la pintura Erden, Barac y Gonlum. Los rojiblancos del Pireo lo fían todo al mito barbado Spanoulis y al hombre con el nombre más griego de la historia, Kostas Papanikolau, un tipo que hoy por hoy marca las diferencias contra quien sea. Acie Law ha crecido en los últimos dos meses, Shermadini valora mucho en pocos minutos y Printezis ha recuperado en su patria esa regularidad perdida. Me la juego con la sorpresa, qué demonios.

Pronóstico: Olympiacos 2 – Anadolu Efes 3
Jugador decisivo: Jordan Farmar

martes, 12 de marzo de 2013

1000 OBSTÁCULOS PARA UN SOÑADOR


     El deporte siempre reserva un hueco para los románticos. En el baloncesto encontramos a uno a 3000 kilómetros de España, allá donde el baloncesto es una religión, allí donde la historia de la cesta guarda un lugar privilegiado para el club Zalgiris. Joan Plaza disfruta en el este de Europa de otra aventura vital, una de esas aventuras que Joan narra cuando coge su ordenador para dar forma y contenido a sus novelas. Una aventura incluso demasiado compleja para un tipo tan soñador como nuestro entrenador. 

     Porque el "coach" Plaza está lidiando con 1000 obstáculos para poder ser moderadamente feliz en su periplo lituano. Ha logrado lo más difícil, darle estabilidad deportiva a un equipo que durante la última década ha engullido a todo entrenador que osaba sentarse en el banquillo verde. Líder en las dos competiciones domésticas, la nacional y la internacional (aquí el Zalgiris se cita con rivales como el CSKA de Moscú o el Khimki) y recorrido notable en la Copa de Europa, en la que tras una primera fase brillante parece que los lituanos no van a poder alcanzar los cuartos de final. Gran mérito el del entrenador español, que en las últimas semanas ha visto como su aventura se contaminaba de episodios surrealistas.



     Joan aún no ha cobrado ni un sólo euro (o lita, moneda oficial de Lituania) de su contrato. Nada. Su honestidad y su compromiso con el proyecto le llevaron a abrir su cuenta en el banco que patrocina al Zalgiris. Ahora esa entidad se ha declarado en bancarrota, por lo que nuestro entrenador tiene su dinero "bloqueado" a la espera de un "desatascador" que no se espera llegue a corto plazo. Algunos de sus jugadores fueron más listos y sacaron la "pasta" antes del cruel desenlace. El Zalgiris es un club endeudado que no es capaz de cumplir ni con las condiciones básicas del contrato de un técnico. Hace unos días Joan se quedó sin calefacción, sin luz y sin Internet en su hogar porque su club no había abonado las cantidades acordadas para cubrir esos servicios básicos. Una situación casi desesperada para un tipo al que ni siquiera le fue posible desahogarse con su familia y amigos a través de Skype. "A pesar de todo lo que está ocurriendo trato de disfrutar esta experiencia al máximo", confesaba hace unos días en la Cope.

     Un escenario terriblemente injusto para un hombre que se ha dejado el alma para consolidar su adaptación al Zalgiris y a la vida en Lituania. "Al principio pensaba que no duraría aquí ni dos meses". Se acostumbró a descorrer cada mañana la cortina y no ver el sol, a abrigarse hasta el alma antes de salir de casa, a echar de menos su España querida hasta el punto de emocionarse al comprar un diario "El País" en Moscú o encontrar aceite español a miles de kilómetros de la piel de toro. Cuando había conseguido interiorizar Kaunas como parte de su corazón, se ha topado con un sinsentido institucional que ya no le permite pedirle a sus muchachos que lo dejen todo por la sagrada camiseta verde. 

     Joan Plaza. Un tipo que hace de la sensibilidad una bandera. Un hombre capaz de fotografiar la baldosa que pisaba en el momento en el que el Real Madrid le llamó para ofrecerle el cargo de entrenador. Allí, de vacaciones en Escocia, se tomó junto a su mujer el primer whisky de su vida para celebrar su salto a esa élite que todavía le acoge. Un tío que se levanta de madrugada para anotar en un folio una idea o un concepto nuevo de su pizarra baloncestística. Un señor de los pies a la cabeza que cuando abandonó el Madrid citó a los periodistas más cercanos para compartir vinos, tapas y emociones. Su novela "Las mantas de Angelina" ha sido recientemente publicada en lituano, un idioma "imposible" con el que a Joan le cuesta familiarizarse. Cuando estuve allí aprendí una palabra que sirve para bendecir la llegada de un soñador al baloncesto de primer nivel. ACÍU (Gracias).