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martes, 16 de julio de 2013

LA GRAN CHORIZADA


     Son las 2.17 de la madrugada. Habitualmente me acuesto tarde, pero no tanto. De hecho, hace 5 minutos estaba ya en la cama tumbado tratando de entrar en esa dulce terapia que es “soñar con cosas bonitas”.  Pero desoyendo los consejos de mi novia, me he levantado, he encendido el ordenador y me he puesto a escribir. Lo hago como ciudadano, no como periodista. Qué suerte contar con este blog para hacerlo. Qué suerte tenerte a ti, querido lector, ahí detrás para poder compartir los sentimientos de un tipo extremadamente cabreado, yo.

     El otro día, en una tertulia de sobremesa, un compañero me dijo que en la práctica España ya no dista nada de lo que habitualmente llamamos “repúblicas bananeras”. La reflexión de mi compañero se acerca mucho a la realidad. Nos engañan, nos estafan, nos roban, nos mean, se ríen de nosotros, nos joden la vida. Hasta el punto de que un gran número de ciudadanos, muchos más de lo que sería natural, asumen con toneladas de resignación que muchos políticos de este país se abrazan a la corrupción. Hace un rato una mujer veterana con valores, orgullo, valentía y bondad me ha llegado a decir que lo que más le indigna es que ni siquiera Rajoy dé la cara aunque sea para mentir. Ojo a este comentario, para mí desde luego no es baladí. Lo que le asusta de verdad a esta señora no es que le “roben”, sino que el Gobierno no gestione bien la crisis y llegue la revolución a las calles.

     Mi país navega en la zozobra entre sobres, recibís, “pelotazos” subvencionados en el Congreso, incomprensibles dietas por alojamiento, “golfos”, mentirosos y “chorizos”. Gobierna un tipo que ha incumplido la inmensa mayoría de sus promesas electorales  y que pertenece a un partido que ha mantenido un idilio continuado con la corrupción y el tráfico de influencias. Como cabeza visible de la oposición una formación que quiso utilizar dinero público para contratar a abogados para su defensa en el vomitivo caso de los ERE en Andalucía. Superávit de políticos incapaces de ir más allá del “y tú más” y del “caca, culo, pedo, pis”. Sirva como ejemplo simbólico a modo de viñeta de humor que personajes como Pepe Blanco o Cristóbal Montoro, sin formación, sin oratoria, sin nada, gozarán de un sueldo vitalicio del Estado por el disparate de haber sido nombrados ministros. Haceros una pregunta: ¿Quién ganaría ahora unas hipotéticas elecciones? Sí, este bipartidismo es una lacra insoportable… e irremediable.
 
 
     Y en el fondo de esta agresión social se encuentra el ciudadano: tú, yo, nosotros. Sin más elección que un voto en blanco (un votante en blanco como yo se plantea ya seriamente si merece la pena ir apoyar una democracia falsa) o la apuesta por un partido político minoritario con la sospecha (¿o certeza?) lícita de que hará lo mismo en el caso de que algún día llegue a ostentar algún tipo de poder. Mientras políticos, empresarios, constructores top y bancos disfrutan de esa riqueza ilegal, ilícita e inmoral, los “pringaos” asistimos a recortes del recorte y a la aparición de toda la mierda en una superficie en la que ya no cabe más porquería. Mientras tanto cientos de miles de hogares españoles no ingresan ni un solo euro, algo que a un ser humano con bocas que alimentar le acabará llevando a cualquier acción que yo seré incapaz de reprochar.

     Insisto, escribo estas líneas como ciudadano. Aunque me permito la licencia de gritar y patalear con la impotencia que me provoca ver que también los periodistas son comprados, algunos con sobres, otros con palabras y unos cuantos con esa lacra llamada autocensura. Portadas e informaciones intoxicadas de intereses, personajes televisivos que defienden a “su equipo” por encima de la verdad y de cualquier resquicio para la honestidad. Sé que no he aportado casi nada con este artículo, pero me estrangulaba la necesidad de desahogarme. Me voy a la cama. Estoy rabioso. Mañana será otro día… otro día para seguir asistiendo a la gran “chorizada” en la que algunos han convertido España.

               
                           

miércoles, 10 de julio de 2013

LAS RAZONES DE MIROTIC

      Habitualmente utilizo este blog para opinar, para sacar lo que llevo dentro, para compartir con todos vosotros inquietudes, sensaciones y alguna que otra certeza. Estas líneas van a ser una excepción. Mi deseo es que no estén sazonadas con ninguna dosis de opinión, o al menos que los hechos (carne) se impongan a las opiniones (salsa). Quizás hoy recurro a mi blog para explicar el “caso Mirotic” sólo porque el lugar en el que trabajo ya ni siquiera acoge espacios de deportes en los que poder compartir este tipo de historias.

      Mirotic ha rechazado la invitación para estar con España en el Europeo de Eslovenia. Su decisión estaba tomada desde hace algún tiempo. La realidad es que él se siente “traicionado”, o si queremos rechazar un adjetivo tan severo, considera que es un “segundo plato”. Quienes conocen a “Muñequita de seda” saben que es un deportista comprometido con su profesión y, sobre todo, un tipo comprometido con sus valores. Una frase que puede sonar hueca hasta que se traduce en decenas de ejemplos cotidianos. Mirotic anhela ser el mejor, llegar a lo más alto, y para eso se va en verano a las montañas de Montenegro para aislarse y “matarse” a entrenar con su técnico de toda la vida. O le pide al utillero del Real Madrid las llaves del pabellón del Valle de las Cañas después del primer partido de la final ACB para, con nocturnidad, lanzar a canasta durante dos horas. O se mantiene fiel a los amigos que le han ayudado en España desde que era un imberbe. Tiene compromiso con el baloncesto y con la vida, eso es innegociable.

     Pero Mirotic, como buen balcánico, es muy orgulloso. Mucho. El orgullo lleva al ser humano a equivocarse muchas veces, pero también a abrazar la etiqueta de ganador para intentar siempre llegar a la cima de la montaña más alta. El montenegrino-español sueña despierto cada día con ser el número 1, con seguir mejorando, con alcanzar el tope de su potencial, que muchos no sabemos cuán lejos puede estar. ¿Es eso ser un ganador? Yo creo que sí. Su principal reto no es defender la camiseta de un país en un gran evento, sino triunfar a lo grande con un club al que ama con pasión de aficionado, el Real Madrid.

    
     Él estaba preparado e ilusionado con participar con España en los Juegos Olímpicos de Londres. Absorbió la seguridad que le transmitió durante meses la Federación de que contaban con él para esa cita. Tenía decidido elegir la camiseta de la Selección Española, cerrar el debate, arrancar su camino como internacional en el verano de 2012. Pero la irrupción de Ibaka y, sobre todo, la imposibilidad de contar con ambos por mor de las leyes, propició el descarte del jugador del Real Madrid. Aquí aparece el orgullo… y la rabia. No quiere ser “segundo plato”, no le agrada que “este año sí porque Ibaka anda tocado y el año que viene en el Mundial 2014, no”, no soporta ser tenido en cuenta sólo cuando las bajas asolan al combinado nacional. Orgullo. Convicciones. Decisiones. Ni siquiera es una cuestión de elegir entre España y Montenegro, una escuadra que, por cierto, muchas veces es tratada como una ruina y para mí es (y será) un equipazo, sobre todo por dentro. Mirotic tenía (y tiene) clara su renuncia al equipo balcánico porque su deseo, más allá de patrias e himnos, era (y creo que sigue siendo) competir con España. Su dedicación en las inferiores siempre ha sido máxima, incluso arriesgando su tobillo en algún campeonato en contra de la opinión de su club. Pero tiene el sentimiento de que la Federación no ha apostado por él, que no ha sido fiel con los mensajes que durante meses le transmitieron. Esa es la clave, el núcleo de una decisión muy trascendente.

     Estas son las razones de Mirotic. Más allá de opiniones, iniciativas populares de hinchas en las redes sociales, filias y fobias, filtraciones y presiones, que las ha habido y muchas durante los últimos días, incluso de despacho top federativo a despacho top de club. Nikola Mirotic está por encima de eso. Volvemos al orgullo. Su decisión estaba tomada y nadie la iba a cambiar. Por eso le ha dicho “no” a la Federación Española de Baloncesto.    
               

                

viernes, 5 de julio de 2013

APUESTA LIGHT POR PABLO LASO


      El Real Madrid no ha renovado a Pablo Laso, al que sólo le resta una temporada de contrato. Ni piensa renovarlo, al menos de momento.  El club esgrime “motivos económicos” para no abordar de inmediato la continuidad de un entrenador que no goza precisamente de un sueldo top. El Madrid se aferra al famoso “ajuste” presupuestario de la sección de baloncesto para no ampliar la vinculación del técnico vitoriano, un argumento que desde fuera se antoja peregrino. ¿Es light, sin cafeína y sin burbujas la apuesta del Real Madrid por Laso?

      Pablo Laso anda con la mosca detrás de la oreja. Sabe cómo funciona este negocio y que afrontar la temporada sin red contractual puede llegar a convertirse en un suplicio. Siente que merece un refuerzo del club para consolidar su posición como entrenador del Real Madrid. En 2 años ha ganado 2 títulos grandes y una Supercopa. Además, ha llevado a su equipo a una final de la Copa de Europa, algo que no había acontecido desde 1995. De hecho, desde ese año, el palmarés de la sección de baloncesto, antes de la llegada de Laso, se reduce a 3 Ligas y 1 Copa ULEB. Una cosecha ridícula en casi dos décadas de baloncesto. El dato demoledor e incontestable es que Pablo Laso ha conquistado en 2 cursos los mismos títulos que Florentino Pérez en 10 años: Tres. Algunos olvidan siempre que el Madrid de basket posee una historia tan incomparable como lamentable es su pasado más reciente.

     La gente que sigue al Real Madrid de baloncesto ha comido mucha “mierda” durante mucho tiempo. Por momentos se ha desesperado con una sección que bordeaba el ridículo y que era incapaz de competir ni siquiera en el segundo o tercer escalón continental. Considero que muchos de los aficionados al baloncesto merengue tienen un punto más de conocimiento del juego que los “futboleros”. Acuden al pabellón, como todos, para ver ganar a su equipo, pero agradecen ese componente de diversión, de ocio, de alegría que uno busca cuando ve un partido de baloncesto. Por eso la infinita mayoría de ellos están encantados con Pablo Laso, un entrenador que ha logrado hacer real esa máxima cada vez más quimérica en el deporte moderno: GANAR Y ENAMORAR. 
 
  

      Laso llegó al Madrid en medio de un terremoto. El hincha estaba asqueado tras el “gatillazo” de la era Messina y casi nadie contemplaba como una opción sería la irrupción de un entrenador con escasa experiencia y con un perfil demasiado bajo. El vitoriano y su cuerpo técnico navegaban desde el principio en medio de un océano con una piragua rodeada de tiburones. El Madrid había devorado incluso a uno de los mejores, así que Laso se antojaba como un simple aperitivo para la sabuesa crítica. Desde la normalidad y una apuesta convencida por el buen basket Pablo Laso fue calando en la parroquia madridista. Su Real Madrid ha ganado finales, ha perdido finales y también ha caído en cuartos de final. Pero Laso ha ganado más títulos que cualquier otro y ha sido capaz de llevar al Palacio a miles de hinchas que disfrutan con la propuesta y el juego del Real Madrid.

      El proyecto “Pablo Laso” no es conservador. Ha tomado decisiones antipopulares como prescindir de Tomic o fichar a Slaughter, un jugador capital esta temporada y que seguramente no tendría un papel estelar en ningún equipo de Europa. Es mérito de este cuerpo técnico encajar ese tipo de piezas en su puzle alegre y colorista. Como la apuesta de Laso por Mirza Begic, cuya renovación es una prioridad y no se va a ejecutar por 200.000 euros que la Dirección ha dicho que no se ponen. Otro ejemplo evidente de que la apuesta por el entrenador no es incondicional. La libreta de Juan Carlos Sánchez no tiene escritas las palabras “Pablo Laso” con letras grandes. Todo lo contrario que Alberto Herreros, desde siempre el gran valedor del trabajo del técnico.

      Laso se la juega esta temporada. Depende más que nunca de los resultados. No tiene colchón, no hay red debajo. Tampoco hay dinero. La sección reduce en más de 2 millones su presupuesto invadida por las rémoras del papá fútbol , y se queda a 10 “kilos” de diferencia con el Barcelona. Él cree que merece algo más, mi opinión es que tiene razón. Gana mucho menos dinero que cualquier entrenador importante en Europa y ha ganado muchos más títulos que cualquier entrenador en el Madrid. Y ojo, este verano se ha quedado a pesar de recibir ofertas importantes de Turquía y Rusia. Creedme que su salida unilateral del club merengue le costaría poco más que unas monedas sueltas para pagar unas “cañas”. Pablo Laso ha hecho feliz a una gente ganadora a la que se le había olvidado ganar. Por eso la apuesta del club por él se antoja demasiado “light”.


 

jueves, 27 de junio de 2013

AQUELLA ZAMARRA DE INIESTA

     Hace poco menos de un año este que escribe caminaba sin prisa y sin reloj por el parque Izmailovski de Moscú. De charla y risas con mi inmejorable compañía, disfrutando de unas vacaciones inolvidables. Hasta nosotros llegaba el griterío inconfundible de un grupo de niños jugando un partido de fútbol. Fijé mi mirada en uno de ellos, un “rubiajo” con cara de susto que no intervenía mucho en el desarrollo del juego. Me acerqué a él para preguntarle por qué lucía esa preciosa camiseta. La comunicación fue difícil, él no hablaba ni pizca de inglés y yo no hablo ni “papa” de ruso. Pero no hizo falta mucho diálogo, su  “Españaaaaaaaaaa, Iniestaaaaaaaaaa” me dejó inmensamente tranquilo, feliz, orgulloso.

    Aquel niño ruso se compró una camiseta de la Selección Española. Quizás se la pidió a sus padres, quizás ni siquiera era verdadera, pero eso es lo de menos. El muchacho la lucía con devoción. Como cientos de niños en diferentes lugares del mundo. Para todos ellos esa zamarra es un tesoro porque es la camiseta de los mejores, de los que han ganado dos Eurocopas y un Mundial, de los que habitualmente enamoran al público con su manera de jugar al fútbol. Esos niños ni se paran a pensar que esta Selección pueda ser la mejor escuadra de la historia, pero para ellos esos futbolistas son simplemente los mejores.

     Yo mismo me enfundo la casaca de España siempre que abordamos un partido importante. Siempre lo he hecho, ahora que ganamos y también cuando llorábamos un minuto después del choque de cuartos de final. Me rebelo contra aquellos que defienden que ponerse la camiseta de tu país es una “paletada”. Muchas veces son los mismos que se visten las elásticas de Italia, Brasil o Alemania, actitud para ellos de modernidad, progreso y vanguardismo. Por mi parte me siento muy orgulloso de ser un “paleto”. Quizás ya sólo desde el “paletismo” se pueda disfrutar del fútbol de siempre. A lo que iba. Que multitud de chavales luzcan la camiseta de la Selección Española de fútbol a lo largo y ancho de todo el planeta es un acontecimiento histórico, la clara muestra de que esta generación está haciendo historia, protagonizando una película que dentro de no mucho será una escapatoria para digerir las derrotas que seguro llegarán otra vez.


     Estamos muy cerca de una final Brasil – España en Maracaná. Con prudencia, sin soberbia, como se encarga de recordar siempre nuestro comandante Vicente del Bosque. No es el Mundial, pero sería un Brasil – España en Maracaná, uno de los grandes templos futbolísticos del mundo. Y aunque parezca un sueño, una ficción, un alucine, una locura, en esa hipotética final nosotros seríamos los buenos, los admirados por millones de terceros imparciales que verán el choque a través de la televisión. Los rojos tratarán de crear fútbol, la “verdeamarelha” querrá contener y aprovechar su pegada arriba. Si alcanzamos la final de la Copa Confederaciones asistiremos a un guión impensable hace unos años. Jugamos como jugó la gran Brasil y somos el modelo para la Italia que siempre nos ganaba. Impensable.  Ganaremos o perderemos, pero poder exhibir  esa etiqueta de magia y de buen fútbol no tiene precio. Es y será impagable.


     Mientras decenas de niños brasileños visten con ilusión la zamarra de nuestra Selección antes que la de su país, la España de los clubes, de las fobias y de los insoportables extremismos seguirá escupiendo bilis y deseando el resbalón de una generación de actores irrepetible. Siempre digo que afortunadamente para los que vibramos con este equipo, los insaciables resultadistas ni siquiera se pueden abrazar a los datos para orinar encima de esta Selección. Un equipo representado por la magia de Iniesta, la raza de Ramos, las paradas de Iker, el timón de Xavi, los números de Torres, el oficio de Arbeloa, el duende de Fábregas el ilusionismo de Silva o la elegancia y excelente gestión de Vicente del Bosque. Qué más da que jueguen en el Barça, en el Madrid, en el Mirandés o en la Balompédica Conquense. Se juntan para hacernos inmensamente felices. Fidelidad eterna a esta gente que ha sido capaz de convencer a un niño ruso para que se enfunde la camiseta de España.



lunes, 24 de junio de 2013

LA LEYENDA DE MADARIAGA


     Siempre he sentido una incontrolable debilidad por Amaya Valdemoro. Siempre. Quizás porque si hubiera podido ser deportista (¡qué frustración ser tan malo, joder!) me hubiera gustado competir como ella. Admiro su carrera deportiva, su tenacidad, su coraje, sus valores, su forma de jugar al baloncesto y, sobre todo, su manera de transmitir baloncesto. En estos tiempos en los que políticos y “soplagaitas” varios se orinan sin pudor sobre la famosa “marca España”, me resulta difícil encontrar una persona que represente mejor que Amaya esa marca.

     Amaya es una leyenda desde hace tiempo. Un mito viviente, un mito aún en activo. Una de las mejores deportistas de la historia de este país. Acumulainfinidad de títulos y logros con varios clubes y con España. Triunfos en los mejores equipos de la Península y viaje exitoso a través de los sueños en la liga americana (WNBA), en la que la madrileña enseñó a las mejores que ella, desde Alcobendas, también era una de las buenas. Pero lo material se queda muy corto para definir a una mujer valiente, ambiciosa, vehemente, sufridora hasta los últimos límites físicos sólo para poder seguir haciendo lo que más le gusta. Remueve las entrañas escuchar la voz de Amaya relatando cómo durante meses ha estado casi sin poder caminar por culpa de las rodillas, o cómo tras romperse las dos muñecas en una caída la tenían que ayudar hasta para poder cumplir con sus necesidades vitales más básicas, o cómo el tratamiento diario con su “fisio” era poco menos que una tortura insoportable. Esa es Amaya Valdemoro, la chica más corajuda (y cojonuda) del mundo.


     Su leyenda no estaciona, sino que sigue recorriendo kilómetros, anotando cestas y pulverizando récords. Suma 255 partidos con España, 18 años de servicio que incluyen 2 Juegos Olímpicos, 5 Mundiales y 6 Europeos. Podría llegar a la cifra de 258 partidos con la Selección si el destino le premia con una medalla en el Eurobasket de Francia, su última gran aventura como jugadora profesional de baloncesto. Para darnos cuenta de su inmenso bagaje con el equipo nacional, Amaya suma ya 16 internacionalidades más que Epi, el hombre que más veces se ha enfundado la casaca española. Una trayectoria sencillamente brutal, escandalosa, seguramente irrepetible. “Me duele todo menos porque me lo paso bien jugando con España”, afirma desde Lille inmersa de lleno en el objetivo de ganar otra presea con la Selección.

     Valdemoro es mucho más que partidos, cifras, récords y canastas. Valdemoro es la emoción que provoca su cinta rojigualda en el pelo, la energía que transmite su puño cerrado después de una buena cesta o una defensa brillante, su sufrimiento incontrolable cuando le toca animar desde el banquillo, sus lágrimas cuando siente que ha fracasado, sus lágrimas cuando celebra una nueva hazaña. Amaya es tan especial que se convirtió en Madariaga (apellido materno) para sentir el calor de su madre, fallecida por culpa de un maldito cáncer. Un gesto que impresionó a su padre Álvaro y a su hermana Virginia y que seguro que emocionó a su mamá en el cielo. Esa es Amaya Valdemoro, una chica siempre dispuesta a atender a los periodistas, a fotografiarse con los aficionados y a compartir sus proezas con la gente de basket. No ha nacido ni nacerá otra como ella. A sus casi 37 años su baloncesto se apaga, pero su leyenda quedará para siempre en los anales del deporte español. Esa leyenda, la leyenda de Madariaga, ya es eterna.     


     

domingo, 9 de junio de 2013

LA JUGADA


     Cuando he mirado el reloj marcaba las 17.08 horas. Habían transcurrido 2 horas y 36 minutos desde LA JUGADA. En ese tiempo he bajado a los vestuarios para recabar declaraciones, he cogido el coche para recorrer el trayecto Palacio de los Deportes – Ciudad de la Imagen, me he metido en una cabina para extraer los sonidos indispensables para nuestros oyentes y me he puesto delante del ordenador para ver con máxima atención todas las imágenes, tomas y repeticiones de LA JUGADA. Absorbido por la pasión periodística de momentos como este, he caído en la cuenta de que se me había olvidado comer. Joder con LA JUGADA.

     En directo, desde la cabina 13 del Palacio, me ha parecido una personal como una “catedral”. Tras repasar las imágenes concluyo que no hay falta de Sergio Rodríguez, que Llull toca la pelota y que la posesión debería haber sido desde de fondo para el Barcelona con 2,3 segundos en el reloj y un punto abajo. Sergio Rodríguez dice que pudo hacer falta, Llull que él toca la bola, Sada que ha visto la acción en su teléfono móvil y ha comprobado que Llull le hace falta, Laso que a Sada se le escapa el balón y Navarro que el arbitraje global ha sido “escandaloso”. Las redes sociales, en estas ocasiones tan útiles como propagadoras de delirios, amplían el espectro de posibilidades a unos posibles pasos del base del Barça antes de cualquier acción punible. Vaya con LA JUGADA.
 
 
     Huí, huyo e huiré de aquellos fanatismos que ensucian el baloncesto y el periodismo. Quienes siguen el basket a menudo saben que en muchas ocasiones la primera impresión de una acción resulta ser errónea. Esto vale para los que están viendo el partido, in situ o a través de la tele, y también para los propios actores de la escena.  Arbitrar es muy difícil, arbitrar un Madrid-Barça es difícil al cuadrado y arbitrar un Madrid-Barça por un título es difícil a la enésima. Por eso, un día más asisto con rabia al “bufandeo” de informadores que siempre observan la realidad con el cristal del mismo color. En ocasiones ni siquiera les gusta el baloncesto, simplemente aprovechan el morbo reinante para engordar esa cansina e insoportable guerra futbolera. Forofos con pluma o micrófono que vociferan que lo de esta mañana ha sido un atraco o que la ACB es más culé que Navarro. Ya sabéis, según el color del famoso cristal. Debe de ser que el populismo da seguidores en Twitter, debe de ser que está más de moda decir lo que se quiere oír que lo que se piensa de verdad. LA JUGADA ha sido una excusa perfecta para armar el cañón y disparar.

     A mí lo que me encanta es que se hable de baloncesto. Un Real Madrid – Barcelona es una pasada, un duelo con infinidad de alicientes y rivalidades. La polémica arbitral es un ingrediente más para una deliciosa ensalada repleta de manjares y aderezada con todos los aliños del mundo.  Demos la bienvenida a LA JUGADA porque nos va a regalar una semana de baloncesto inefable, pero no golpeemos con saña la vieja brújula porque si no demasiada gente terminará perdiendo de vista cualquier punto cardinal. Por cierto, ¿cómo habéis visto vosotros LA JUGADA?
               

viernes, 7 de junio de 2013

LA GRAN OBSESIÓN


     Hace no mucho tiempo el Real Madrid de baloncesto “liquidaba” las temporadas en la eliminatoria de semifinales. Acudía a Vitoria, por poner un ejemplo, con la convicción interna y la sensación del exterior de que los que iban de blanco serían derrotados antes de salir al parqué. El Madrid tenía un buen equipo con buenos jugadores, pero la mayoría de las veces peores jugadores y peor equipo que el rival. En aquellos tiempos, el basket merengue se presentaba en el Palau Blaugrana como ese animal con orgullo que sabía que iba a morir. Sacaba su orgullo, sí, pero siempre perecía. “Yo he comido mucha mierda, tío, pero mucha”, me dice de vez en cuando una persona ligada desde hace más de una década a la sección. Entre medias, un triple milagroso de Herreros en el Buesa Arena y una gran Liga de Joan Plaza culminada en Barcelona otorgaron a los fieles aficionados madridistas un par de dosis de felicidad. Oasis en el desierto. Al siguiente curso, la vida seguía igual. Lo mismo ocurría en Europa, donde alcanzar unos cuartos de final frente a Olympiacos o Maccabi ya se “vendía” como un éxito. No había para más. En historia el Madrid vapuleaba a todos, pero en baloncesto casi siempre era peor que el enemigo.

     Cuento esto desde el privilegio de haber disfrutado desde el micrófono de multitud de viajes, partidos y aventuras junto al Real Madrid durante los últimos tres lustros. Trabajo (de momento) en Onda Madrid, una emisora que hace suyos los éxitos del Madrid, del Estudiantes y del Fuenlabrada. La obligación de un locutor de radio es transmitir emociones a sus oyentes, que en este caso son mayoritariamente madridistas, colegiales y azulones. Muchas veces me preguntan de qué equipo soy. Yo soy (de momento) de Onda Madrid. Le debo emociones a nuestros oyentes, ese es mi compromiso aquí, ese sería mi compromiso desde Radio Nou, Catalunya Radio, Aragón Radio, la COPE, la SER o Radio Marca. El periodista es simplemente un vehículo, no nos creamos más importantes. A lo que iba. El haber seguido al Madrid durante tanto tiempo me hace ser plenamente consciente de que he contado muchas más decepciones que alegrías a los admirables hinchas del baloncesto blanco.
 
 
     La película ha cambiado. El Real Madrid luce un equipo potente, un proyecto trabajado, unos jugadores que se abrazan al top 5 continental. Los de Laso son respetados por los rivales y etiquetados como favoritos por la inmensa mayoría de los “especialistas”. Comparece en el cuadro final de los torneos con la convicción interna y la sensación del exterior de que pueden ganar, de que van a ganar. Ayudan a reforzar esta tesis el espectáculo, los mates, los contraataques celéricos, las virguerías del “Chacho”, la elegancia sin parangón de Mirotic o las canastas imposibles de Rudy. Pero una Copa del Rey y una Supercopa se antoja poco bagaje para un rendimiento tan notable. La final de la Copa de Europa sembró dudas, desasosiego, una infinita tristeza.
     Por eso esta Liga se ha convertido en una obsesión para jugadores, técnicos, empleados y aficionados del Real Madrid de baloncesto. El blanco o negro de este club aparecerá sin ambages dentro de 10 días. El título doméstico completaría un curso sobresaliente. La derrota en la Final contra el Barça supondría un fiasco de dimensiones siderales. No es la opinión del que les escribe, es la firme convicción de los que cada día trabajan por y para el basket madridista. Jamás percibí una obsesión, una necesidad, un sentimiento de deber tan grande en la sección de baloncesto del Real Madrid. Es un equipo ganador que sólo aceptaría levantar la Liga número 31. Es, sin duda, la gran obsesión.


miércoles, 29 de mayo de 2013

LA INEXPLICABLE NECESIDAD DE REBOZARSE EN LA MIERDA


     Hace unos meses, sentado a la mesa de un restaurante, un tipo al que yo quiero mucho que conoce a la perfección los entresijos del baloncesto, me dijo una frase categórica: “Hay gente que critica por decreto, ocurra lo que ocurra, todo lo que tiene que ver con el baloncesto”. Una gran verdad que ahora me sirve de gancho para escribir este artículo.

     Porque esa frase es una verdad como un templo. Como periodista, me impongo la obligación y siento la necesidad (no es lo mismo) de censurar aquello que considero que se está haciendo mal y aplaudir eso que creo que se está haciendo bien. A poder ser sin pontificar, ese mal del periodismo y de la vida que por momentos se vuelve insoportable. Algo que así escrito del tirón parece sencillo, y que sin embargo por momentos se convierte en quimérico, en un ejercicio de malabarismo y funambulismo a la vez. Pertenezco a ese reducido (o no) grupo de personas a las que le gusta informar sobre baloncesto, ver baloncesto, contar baloncesto, leer sobre baloncesto, escuchar a otros hablar de baloncesto, opinar sobre baloncesto, sentir el baloncesto. El baloncesto forma parte de mi vida. El baloncesto es una parte muy importante de mi vida.

     Trabajo (de momento) en un medio de comunicación que antes de “asesinar” su proyecto de deportes se volcó con el baloncesto. Creo en ese producto, creo en el baloncesto. Como deporte, como ocio… y también como elemento para transmitir emociones a los demás. Como amante del baloncesto no acierto a entender cómo es posible que un partido de semifinales de la Liga Endesa se programe un día laborable a las 18.15 horas, no me gusta que a la Copa de Europa vayan los novenos de una Liga y se queden con cara de gilipollas los cuartos, alucino con las huelgas de paripé que nunca se hacen, no me agrada el modelo “iluminado” del mandamás de la Euroliga, me parece una falta de respeto que el hincha del Real Madrid tenga que elegir entre ir al fútbol o al basket…  y así, como todos vosotros, podría enumerar decenas de detalles que, humildemente, pienso que los encargados de “vender” este maravilloso deporte están haciendo mal. Hasta ahí correcto y, sobre todo, muy necesario.
                                              
 
 
     Pero me enerva la gente que vive para criticarlo todo. Personas que supuestamente trabajan por y/o para el baloncesto. En mis conversaciones privadas con ellos no recibo ni una sola inyección de optimismo y cuando leo sus medios es imposible encontrar una buena noticia o una crítica positiva. Por no hablar de las redes sociales, en las que sus cuentas “escupen” palos, azotes y golpes contra todo y contra todos. No les gusta nada. Todos los clubes están gestionados mal, la ACB lo hace todo de manera penosa, la Euroliga es una vergüenza, cada minuto de realización televisiva es una basura, las audiencias son bochornosas, cada comentarista o narrador de basket es insoportable, el fichaje de Rudy por el Madrid es incomprensible, todos los horarios de todos los partidos de todas las eliminatorias del mundo mundial son un error… y así podría rellenar folios y folios de “zascas” contra todo y contra todos. Me pregunto si la explicación es que rebozarse en la mierda da más notoriedad que intentar buscar el equilibrio.     

     El baloncesto (y lo que le rodea) nos ofrece muchísimas cosas buenas. Sin ir más lejos,  el playoff 2013 nos está regalando momentos para la historia, como las tres prórrogas en el Príncipe Felipe o la hazaña heroica del Gran Canaria. Este deporte es tan mágico que Javi Beirán ha mudado en apenas 5 días de la culpabilidad extrema por fallar dos tiros libres claves a la máxima euforia por “profanar” el Buesa con una victoria antológica. Me niego a pensar que todo sea una ruina. Y me rebelo contra aquellos que manejan la convicción de que lo malo siempre “vende” más, una mentira que a fuerza de repetirla se ha convertido en verdad para demasiada gente de este país. Lo siento, pero yo me bajo del barco en el que navegan aquellos que tienen la inexplicable necesidad de rebozarse en la mierda.
    

miércoles, 8 de mayo de 2013

MI FINAL FOUR

     No voy a escribir sobre la Final Four. Voy a escribir sobre mi Final Four. Lo deportivo lo dejo a un lado, ya sabéis que yo siento el basket como vosotros y esta cita es uno de los momentos más emocionantes del año. Cuatro equipazos, tres días apasionantes, el cetro continental en juego. Bestial, un privilegio para los jugadores, técnicos, hinchas, periodistas y amantes de este bendito deporte en general. Pero repito, en estas líneas sólo quiero hablar de mi Final Four. Joder, esto suena casi como el famoso “Vengo a hablar de mi libro” de Francisco Umbral.
     Mi Final Four no son cuatro partidos de baloncesto, unas horas de radio, un viaje en avión o unas cuantas entrevistas en el hotel de los jugadores. Mi Final Four es una mochila llena de recuerdos, de momentos mágicos de radio, de viajes, de compañeros, de amigos, de agobios, de reuniones, de abrazos, de discusiones, de previsiones, de triples, de mates, de huevos, de proyectos, de milagros, de pasión. Los que me seguís a través de este blog o de las redes sociales ya conocéis de sobra cuál es mi opinión sobre lo que ha sucedido con los Deportes de Onda Madrid. Ahora no es el momento de actualizar la película, ya habrá tiempo (creedme, lo habrá) para escribir el penúltimo capítulo de la aventura protagonizada por unos locos valientes. Porque lo que pretendo en este humilde artículo es hacer partícipes de mi Final Four a mis compañeros, mis amigos, nuestros patrocinadores, nuestros oyentes, nuestra gente.
     El “Proyecto Baloncesto” en Onda Madrid ha sido una bendita locura, la bendita locura de un grupo de “chalaos” a los que les enamora el baloncesto y la radio, una combinación que es maravillosa, mágica, súper especial. Un hermoso edificio de sensaciones, emociones, partidos, competiciones y viajes que algunos irresponsables han querido enterrar. Cada minuto, cada partido, cada momento de radio, cada reflexión autocrítica en la solitaria habitación de un hotel londinense, cada éxito, cada fracaso, cada cesta, cada tri tri triple, cada mate, cada show, cada “Viva la radio” lo voy a sentir en el fondo de mi corazón junto a mis compañeros, junto a mis amigos que me han enseñado a amar la radio y que me han ayudado a mejorar como narrador de baloncesto.

                                                                



      Mi Final Four va para los cafés con Poblador pergeñando un nuevo proyecto o una nueva locura, para las llamadas de Margot a las 16 horas para saber si a su “Blasito” le iba bien en éste o aquél punto de Europa, para las horas de conversación con Rosita preparando entrevistas, programas especiales, minutos, horas de baloncesto en la radio de la Comunidad de Madrid, para las felicitaciones cariñosas de Delfa después de una emocionante transmisión, para la báscula, los “ñiki ñiki”, los “yoyós” y los “Tomac” de esa bestia radiofónica llamada Bernardo, para aquel inolvidable café en el hogar de Mr Aener, para la inversión romántica y económica del Señor Pizza Jardín, para los torreznos y las fotos de los “segovianos” en la cabina número 13 del Palacio de los Deportes, para las narraciones de radio “vieja” de Nacho Serrano desde el culo del mundo con el Fuenlabrada o el Estudiantes, para las entrevistas a pie de obra de Rosa Vara de Rey, tantas y tantas veces llevando a los oyentes ese servicio público que nadie más les ofrecía, a los interminables viajes en metro en Moscú para ahorrar dinero y poder hacer más cosas en el futuro, a la señora rusa que me dio de comer en el pabellón del Khimki después de 8 horas luchando por conseguir una línea digital, a mi “hermano“ Nacho Jouve (Real Madrid Televisión) por su apoyo incondicional, a las conversaciones por preescucha con el genio de la técnica Machuca, a las discusiones a gritos con los taxistas turcos que le querían “robar” dinero a todos los madrileños, a los interminables atascos de Atenas, al “gusanillo” incontrolable cada vez que montaba mi “chiringuito” en ese pabellón mítico con el que había soñado en mis sueños radiofónicos de adolescencia, a las prisas por bajar al vestuario visitante de cualquier pabellón europeo con Margot al teléfono controlándolo todo, al aluvión de mensajes que recibimos en aquel Partizan – Real Madrid en la Pionir en un partido que sólo dio la radio, a los gritos al unísono y locos con los triples de los equipos madrileños, a los días en Lituania en los que uno dormía 3 horas cada noche para poder llevar en cada mano los micrófonos de Onda Madrid y Telemadrid, a los inolvidables programas con público en el Pizza Jardín de la Calle Duque de Sesto, a las conversaciones con mi madre a 4000 kilómetros de distancia para recibir su cariño, a las movidas con los policías israelíes para llegar a tiempo a los controles del aeropuerto, a la infinita satisfacción que tenemos por haber cuidado con mimo, cariño, amor, dedicación y cojones el ba-lon-ces-to.
     Esa será mi Final Four. Dopado anímicamente durante cada transmisión para honrar a lo más importante que hemos tenido, tenemos y tendremos: vosotros, los oyentes, los que habéis acogido este proyecto con pasión, devoción y una infinita fidelidad. Necesito que vosotros, nuestros benditos oyentes, y mis compañeros, mis amigos de #DeportesOndaMadridForever sepan que cada instante de mi Final Four va para ellos, para nosotros, para todos. COMO TODA LA VIDA.

jueves, 2 de mayo de 2013

HINCHAS SIN CÓDIGOS


     Os he contado más de una vez que presumo de ser un romántico del fútbol, un romántico del deporte. Me fijo mucho en los escenarios que acogen partidos, en la estética de las camisetas de los equipos, en los detalles que perpetúan la grandeza de un club deportivo y, por supuesto, en el comportamiento de las hinchadas. Quizás por eso me cabrea, me enerva, me ofusca, me molesta, me enrabieta y me solivianta que un hincha, sea del equipo que sea, sea en el partido que sea, abandone un estadio de fútbol antes del pitido final del árbitro.
      Desde que tengo uso de razón (si es que de verdad lo tengo)  he visto como en España la gente se “pira” en el minuto 89, 85, 80… ¡incluso en el 75! Es más, en alguna ocasión he presenciado con mis propios ojos como algún aficionado desfilaba en plena primera mitad de un encuentro simplemente porque su equipo perdía 0-3. ¿Os parece normal? Mi trabajo (y mis locuras) me han regalado el privilegio de poder viajar mucho y asistir a eventos deportivos en muchos países de Europa. En pocos lugares me he encontrado con comportamientos similares. Inglaterra y Alemania son dos buenos ejemplos de lo que estoy escribiendo. Allí los hinchas respetan sin fisuras códigos que yo considero inviolables.
      ¿Por qué un hincha abandona su localidad y su estadio antes del final? Los culpables del “delito” esgrimen todo tipo de razones, de excusas, de “es ques…”. Que si quieren evitar el atasco, que si no cogen el Metro, que si el autobús urbano se llena, que si tienen que comer, cenar o merendar con la novia/novio, que si mi equipo es una mierda, que si me mareo a la salida con tanta gente caminando a mi lado, que si hace frío, que si estoy sudando del calor, que si llueve, que si mi paraguas tiene una varilla rota, que si mi chubasquero no es impermeable, que si mi vecino de asiento me ahoga con el puro, que si el bocata de jamón me ha sentado mal, que si la abuela fuma… Lo dicho. “Es ques” que se pueden llegar a contar por centenares.
                             
     Lo de esta semana europea ha sido de traca. Real Madrid – Dortmund y Barcelona – Bayern. Dos partidazos colosales en un contexto colosal, el de una posible remontada. Vamos, la situación en la que un equipo de fútbol necesita más el apoyo, el hálito, el empujón de su hinchada. El Madrid creyó, su afición apretó y al final casi lo logra. El Barça jamás confió, su afición se mostró fría y los azulgranas cayeron eliminados de manera inapelable. Pero en ambos estadios vimos con un buen número de aficionados abandonaban la grada en pleno partido. Lamentable. Lo escribo con respeto, pero dos veces. LAMENTABLE. Hasta el punto de que algunos abonados del Madrid se “largaron” en el minuto 70, escucharon dos alaridos seguidos de camino al coche y se dieron la vuelta para intentar entrar otra vez al Bernabéu. Ridículo. Lo escribo con respeto, pero dos veces. RIDÍCULO.
      Estos hinchas pisotean los códigos sagrados del fútbol. Supongo que el dinero que se gastan en el abono o entrada les da derecho a animar o censurar, según estimen oportuno. Pero considero inaceptable la tendencia de muchos aficionados a abandonar su localidad, dejar tirado a su equipo y orinarse en el espectáculo, porque al fin y al cabo un partido de fútbol es un gran espectáculo de ocio. Como una obra de teatro o un concierto de música. Especialmente esta semana, en la que creo que los futbolistas del Madrid se merecían una enorme ovación (la tributaron los presentes) tras un enorme esfuerzo y 13 minutos para la historia de la Copa de Europa. Y en la que los jugadores del Barça necesitaban el apoyo de esa hinchada a la que le han regalado títulos, sueños, espectáculo y alegrías. Los que no se  quedan hasta el final son hinchas sin códigos, sin respeto por el romanticismo que nos ofrece algo tan hermoso como el fútbol. Lo que me jode de verdad es la cantidad de gente que no se puede permitir asistir a un partido de fútbol y que desde el salón de su casa respetan esos códigos sagrados que hacen del deporte una bendita locura.