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lunes, 1 de diciembre de 2014

HASTA EL PRÓXIMO MUERTO



     El factor diferencial es el muerto. Cuando hay un muerto llueven los comunicados oficiales, se agitan las hipócritas conciencias y se convocan reuniones urgentes que ya se produjeron cuando el penúltimo muerto. El muerto marca la agenda de los balones fuera y los deseos de que jamás haya otro muerto. Sin muerto, nadie se habría reunido, nadie se habría sobresaltado, quizás nadie se hubiera enterado de que 2 centenares de delincuentes se habían citado en plena calle, armados hasta los sobacos, para darse de hostias.

     El muerto es el único que nos recuerda que los que sentimos el fútbol como una parte importante de nuestras vidas tenemos un problema grave. Y muertos ha habido pocos, muy pocos para el clima bélico que rodea los partidos y hasta la cotidianeidad de este hobby llamado fútbol. 11 muertos en los últimos 32 años no me parece una cifra exagerada para la ingente cantidad de escoria que se abraza al entorno de este negocio con forma de deporte. El origen de la corrupción está probablemente en la tendencia que tiene el ciudadano a engañar, una desviación que exhibe el alcalde poderoso pero también el español anónimo que no maneja dinero público. Con el fútbol es lo mismo, el germen de la violencia se sitúa en cada hueco de cada grada de los estadios españoles. Detrás de un apuñalamiento está la tibieza con la que asistimos a un insulto o una obscenidad.





     Siempre he defendido con convicción y vehemencia que los que formamos, de una u otra manera, parte del fútbol somos demasiado tibios. Me rebelo ante los que asumen que el fútbol ha de ser un contenedor de mierda, de actitudes que serían censuradas al instante en cualquier otro ámbito de nuestra sociedad. Soy un enemigo acérrimo de la violencia física, por supuesto, pero también de la violencia verbal. Es como si las gradas de un estadio fueran un microclima que acogiera con simpatía barbaridades que jamás serían aceptadas en la cola del supermercado, en un autobús, en el andén del Metro, en los baños de un cine, en la recepción de un hotel o en la sala de reuniones de una multinacional. En los estadios de fútbol se escuchan los “hijos de puta”, “me cago en tu puta madre”, “moro de mierda”, “maricón bastardo” y una amplia colección de obras poéticas como ruido de fondo que ya no nos afecta. He discutido muchas veces con compañeros de profesión que valoran esta violencia verbal como un lugar común. “Es el fútbol”, como si el fútbol tuviera la obligación de acoger toda la porquería que se intente agarrar a él. Debajo de un gran árbol siempre hay una semilla. Y de una semilla pueden nacer centenares de ramas podridas.

     Afirmar y, lo que es peor, convencerse de que sucesos como el de Madrid Río son ajenos al fútbol es una barbaridad. Porque estos delincuentes, muchos de ellos con antecedentes penales a sus espaldas, encuentran cobijo en el fútbol. Ya somos mayores para chuparnos el dedo. Son radicales con nombres y apellidos, la mayoría identificados y fichados. Son  rostros conocidos por las autoridades y por los clubes de fútbol, que en muchas ocasiones les financian viajes, les acomodan en aviones oficiales y hasta les regalan entradas con las que luego hacen negocio. Esto es más viejo que la tos, por eso es delirante la hipocresía con la que los “corbatas” comparecen delante de un micrófono con el cadáver del muerto aún caliente. Sobran los comunicados y faltan los hechos. Con muertos y sin muertos.




     En Argentina la delincuencia se apropió de las gradas de los estadios y de las oficinas de las entidades. En España una supuesta ideología marca la agenda de barbaridades de los grupos ultras. Una sinrazón que acoge incluso a cuarentones padres de familia que dejan a 600 kilómetros a un niño de 4 años para venir a Madrid a darse de palos. Con 16, 17, 18, 20 ó 22 años puedes equivocarte, incluso hacer cosas de las que quizás te arrepientas toda tu vida. Con 40, 45 ó 50 algo muy grave ha fallado en la cadena de la evolución para desayunar entre bates de beisbol y navajas. Es muy duro que muera un hombre joven que se metió en una pelea. Pero lo más sangrante es que eso ya le ha ocurrido (y le puede volver a ocurrir) a cualquier hincha pacífico cuyo único delito es acudir con ilusión a un partido de fútbol.

     Hagamos autocrítica. Hemos llegado a un punto en el que en el fútbol siempre vende más la confrontación que la armonía. A pequeña escala, como puede ser una encendida tertulia periodística, o a mayor escala, como una reyerta multitudinaria entre radicales que agreden en nombre de no sé qué ni quién. Venden más las hostias que los abrazos, molan más los insultos que los piques sanos. Hemos asumido que no llevamos a un muchacho a ver un partido de fútbol porque es peligroso, porque tenemos miedo. Eso es gravísimo, supone una gran derrota colectiva a la que contribuyen la tibieza de los hinchas y la hipocresía de los dirigentes. Lo peor de todo es que cierro este artículo con la convicción de que quizás en 2030 siga teniendo vigencia. Hasta el próximo muerto.